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Foros CIENCIA => Cuidando la Naturaleza => Mensaje iniciado por: petrusdoa en Abril 24, 2020, 01:43:09 pm
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Dice la Biblia que Dios colocó al primer hombre, Adán, en el Paraíso Terrenal, " para que lo cultivase y guardase", ( Genesis, 2,15). He ahí la primera ocupación humana y una descripción sencilla pero completa de su tarea, o al menos una de sus tareas, en la vida. Lo que ocurrió a continuación es muy conocido por todos. Adán incumplió sus obligaciones con Dios, y a consecuencia de ello, dejó a sus descendientes comprometidos con una Tierra que, de pronto, y por su pecado, dejó de ser un Paraíso para convertirse en algo muy diferente. Lo que probablemente debía haber sido una ocupación placentera y gratificante, se convirtió en esfuerzo, sudor y, a veces, lágrimas, cuando la lluvia, el granizo, el viento o la sequía arruinaron los esfuerzos de quienes la cultivan. Afortunadamente, las cosas no han sido ni son tan dramáticas para la mayoría de las gentes. Unos porque sus obligaciones o sus intereses los mantienen alejados del contacto y el trabajo con la tierra, y otros porque, la que a menudo llamamos aún Madre Tierra, ha conservado algunos flecos del encanto y la fecundidad que tuvo en su inicio, allá en el propio Paraíso.
Quien más, quien menos, casi todo el mundo tiene, a lo largo de su vida, ocasión para relacionarse con la tierra y sus labores, bien a sueldo de otros o como administrador , dueño y trabajador por cuenta propia de algún terreno o parcela agrícola. Y es entonces, en el quehacer diario, cuando surgen ocasiones mil para revivir, en carne propia, algunos sentimientos y experiencias que acaban imprimiendo carácter en el alma , el cuerpo y las costumbres del hombre que trabaja la tierra. Y este diario, que deseamos siempre inacabado, está pensado para traer aquí, a lo largo de sus mensajes, los testimonios de quienes deseen plasmar, junto al protagonista del diario, sus experiencias y sus impresiones, nacidas del contacto con esta tierra madre que, por mandato divino, hemos de cuidar.
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Me crié, de niño, en la misma zona donde tengo ahora un huerto, que riega un canal por el que casi siempre baja agua, procedente de varios orígenes. En mi infancia era un río de riego o acequia, de un par de metros de anchura, flanqueado a tramos por cañas y otras hierbas. Había cangrejos ( autóctonos), peces, ratas y culebras de agua y hasta unas grandes almejas de color marrón. Cuando dejaba de fluir el agua, quedaban grandes balsones y recodos inundados donde se refugiaban sus habitantes. De vez en cuando, para impresionarme, mi abuelo echaba al río un haz de leña o de sarmientos ( ramas secas de la vid) y a los pocos días recogíamos, enredados en ellas, una abundante cosecha de cangrejos, con sus amenazantes pinzas abiertas ...
Más tarde, el río natural, de cañas y barro, se convirtió en canal , con su fuerte estructura de hormigón armado y se sustituyeron con planchas de hierro las tomas de agua laterales. Cuando, por alguna razón, se suspendía el suministro de agua, aunque fuera solo unas horas, ya no había balsas donde refugiarse los animales. El cauce se secaba y todos sus habitantes perecieron. Apenas quedaron vivas algunas sanguijuelas y pequeños caracoles de agua negros y viscosos.
Ayer, ahora es Abril, sin embargo, de pronto, una familia de patitos pasó por delante de mí, pateando furiosamente corriente arriba, en busca de comida, mientras en un riachuelo que se surte de sus aguas, oí que croaban las ranas de nuevo.
Ahora bajan también , de vez en cuando, bolsas de basura y algún bote vacío (o eso creo) de herbicida o insecticida, los restos multicolores de la limpieza de una lata de gas oil, o una alfombra de recortes de hierba de un cortacesped... Pero a veces, y parece un milagro, vuelvo a oir croar ranas y nadar algún patito. Es un retorno ( o un espejismo) de los viejos tiempos.
Eso es, al menos, lo que quiero creer. Que poco a poco algo está cambiando.
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Cenando con unos amigos la noche del sábado pasado, comentábamos la desaparición de toda vida en muchos de los ríos y canales de riego que surcan nuestra región, en el valle del río Ebro, España.
Tras su buen rato de intensa, casi acalorada, discusión, encontramos dos posibles motivos que juzgamos esenciales:
Uno es la contaminación por pesticidas, insecticidas, abonos químicos, herbicidas, etc. Sabemos que , si queremos producir rentablemente, hemos de luchar contra los parásitos y competidores, llámense ratas y ratones, pulgones, trips, o mariposas de la col. Y eso no puede hacerse manualmente, artesanalmente, dijo uno, más que en el jardín de nuestra casa, los que lo tengan.
Hay que eliminarlos con productos que lleguen al suelo o a toda la planta y sean eficaces, bien incorporándolos al agua de riego o, más a menudo, en forma de aerosol. Luego sucede que el agua de lluvia, si llueve, y el viento, los arrastran hasta el desagüe natural, el subsuelo, y de nuevo al río, unos kilómetros más abajo. Siempre los cauces como transportadores finales.
Otro es la modificación de los cauces para hacerlos "más eficaces". Y eso consiste en canalizarlos con hormigón en algunos casos, en otros dragar los cauces, eliminar la vegetación de sus orillas, recodos y balsas temporales con lo cual quedarán absolutamente secos durante largos períodos de tiempo.
Desaparecen así los lugares de refugio y acogida de la fauna acuática y la muerte es el resultado. Y así están hoy las cosas.
Curiosamente, nadie alegó como causa de la degradación el furtivismo. Primero porque hoy es escaso, gracias, sobre todo, al Seprona ( Organismo policial de vigilancia de la naturaleza) y, además o tal vez , porque en un ambiente relativamente natural , es difícil agotar la capacidad regeneradora de la Naturaleza.
Sea como fuere, lo que hoy queda es apenas un remedo de la exuberante naturaleza de hace años, y si fuéramos realistas, ni siquiera puede aspirar a llamarse remedo. La palabra más adecuada, aceptada unánimemente por los presentes, fue ruina.
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Estos días, por fin, está lloviendo. Después de meses sin apenas lluvias, las nubes han vuelto a visitar nuestra tierra y llueve a ratos acompasadamente, a ratos con violencia. En las sierras de donde vienen las aguas de mi acequia, nieva hoy con esas nieves de primavera que duran solo unas horas en los terrenos bajos, pero que dan al paisaje un tono invernal fugaz. Los verdes olvidados asoman de nuevo bajo la capa de hierbas ocres de invierno y todo se prepara para la gran explosión de vida primaveral. Mi acequia baja hoy exultante, plena de aguas de crecida, veladas de barros y algas arrancadas de fondos lejanos , rumorosa y feliz.
Pero mi pobre amiga tiene un mal vecindario. Desde su nacimiento en el río principal, unos seis kilómetros más arriba, el terreno está poblado de fincas de recreo, casitas de huerta y lugares de descanso. Casi todos tienen su toma de agua, pero no de salida, ¿ Dónde tiran sus desperdicios?. ¿ Solo al compost?
Tal vez muchos lo hagan pero basta perder unos minutos observando qué arrastran las aguas y la lista es, por lo menos, curiosa: a veces se ven cosas como una lata de sardinas vacía, un frasco de conserva, de cristal, una tapa metálica, circular, de otro bote, pétalos de rosa , ramitas recién cortadas de una poda , un trozo de placa ondulada, un hueso roído, un gran arbusto seco que va tropezando en todas las curvas estorbando el fluir del agua... un poco de todo.
Y de vez en cuando, tal vez una o dos veces al año, el olor extraño del agua te avisa de que algo peor, siniestro y malévolo baja con las aguas. Nunca he sabido qué sea pero inmediatamente suspendo el riego porque el olor químico y desagradable avisa por sí solo. Espero que no sean restos de herbicida o insecticida y solo sea un inocente vertido cualquiera.
Pero ni se te ocurra decirlo en voz alta. Nadie tira esas cosas. ¿ O sí ?.¿ Se caerán ellas por su cuenta a la acequia ?
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Desde hace unos días, la acequia está seca, supongo que para operaciones de dragado y limpieza. Aunque no padezco problemas de sequía, me pregunto qué soluciones "desesperadas" podrían adoptarse para salvar un árbol ( una cosecha me parece demasiado), si la sequía lo pusiera en peligro.
Expongo aquí una reflexión sobre este tema ...
El agua es necesaria, por lo menos, para que el árbol elabore la savia, para que ésta circule y para absorber las sustancias nutritivas del suelo. Pero en cierta ocasión leí que la planta es capaz de absorber nutrientes del suelo aunque este suelo esté seco, si ella posee humedad en la raiz... algo así como la lengua es capaz de tomar azúcar seca si ella está húmeda.
Me gustaría que alguien experto me lo confirmara o desmintiera porque, si es cierto, me bastaría con humedecer, al atardecer, las hojas, de manera que mi árbol estuviera en disposición de tomar del suelo seco, durante la noche, su alimento... u otras soluciones alternativas de emergencia.
Creo que voy a someter a esta prueba a alguna de mis plantas de cierto porte ( no me fío de hacérselo a un árbol, todavía), y estudiar sus resultados.
También nosotros, visitantes, podemos hacer pruebas con una planta de maceta, en el balcón de nuestra casa. No todo está descubierto, aunque en estos tiempos de millones de investigadores en casi todos los campos, cada vez es más difícil encontrar soluciones sencillas a problemas complicados.
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El boom de la construcción está llegando a mi huerto. Una tras otra, las parcelas colindantes empiezan a caer bajo el dominio del cemento y el ladrillo. Tierras feraces, que nos han dado de comer durante siglos son , ya hoy, casas, garajes, aceras y viales... Temo por la mía. La veo como un ser indefenso, amenazado de muerte por fuerzas que no conoce ni puede imaginar, lista para ser sacrificada en cuanto su dueño sucumba a la oferta inmobiliaria.
Lo peor es que la construcción se extiende precisamente por las áreas más fértiles, más "bonitas", mejor regadas, y más próximas a los lugares habitados. Dentro de unos años, a este paso, solo quedarán libres las zonas más secas y los suelos más pobres.
Y mi acequia, probablemente, lo sufrirá. Será cegada, cubierta y tal vez sustituída por las conducciones urbanas típicas: colectores de aguas residuales y tuberías de agua potable. Se terminará así cualquier procupación sobre su fauna, su flora acuática, por pequeña que fuera, su suave murmullo en el silencio de la noche y hasta su ensayo de rugido cuando baja pletórica después de una tormenta estival.
La infeliz existe ( iba a escribir "vive" ) en un país que invierte sus ahorros actuales y los que espera obtener en los próximos treinta años, en ladrillos. Cuando hayan convertido el país en un inmenso ladrillar, y todos los ahorros estén en poder de los bancos, mi acequia y yo, si aún seguimos aquí, intentaremos paliar, yo el hambre y ella la sed, como podamos.
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El erizo de agua. No es una nueva especie. Hace un tiempo encontré un erizo en la acequia. Bajaba poco caudal, cosa que le salvó la vida , y el bichejo chapoteaba en medio palmo de agua hundiendo sus patitas en el barro y levantando la cabeza para respirar. Para ser erizo, era grande, más de veinte centímetros de longitud y estaba relativamente limpio a pesar del baño en barro que se estaba tomando. Como las paredes de la acequia son de hormigón de casi un metro de altura, sin salidas naturales apenas, el animal tenía pocas posibilidades de sobrevivir en cuanto subiera el caudal, cosa que ocurre un poco al azar, cada día varias veces. Decidí que, siguiendo el principio de " Si puedes hacer un favor, hazlo", era mejor salvarlo que abandonarlo a su suerte, aun sabiendo que su suerte iba a ser la desgracia de muchos escarabajos, lombrices, saltamontes y sus familias, pero ¿ Qué quieren que les diga, dónde iba yo a encontrar otro insecticida tan ecológico como "mi" erizo de agua ?
De modo que lo saqué del agua y lo dejé un rato bajo la media sombra de un viejo peral, hecho un ovillo pero, resultaba gracioso, dejando libre un ojito con el que me observaba atentamente...
Pasó media hora y casi seco, se levantó y, con ese medio trote porcino que usan, se fue a descansar a la sombra de una gran maceta, con la cara, eso sí, vuelta hacia mí, que pasaba y repasaba cerca de él sin que se inmutara. Supongo que, una vez que decidió que yo no debía ser carnívoro ( me tomé un par de hojas de peral ante él para demostrárselo), se movió hacia una gran mata de yedra que cubre lo que queda de un viejo tocón de melocotonero. Allí se ocultó y no quise molestarle más.
No sé qué fue de él, ni he recibido ninguna muestra de agradecimiento pero, a veces, cuando he regado, a la mañana siguiente veo, en el barro fresco, huellas de patitas que bien pudieran ser las suyas. Espero que me haya adoptado y cuide mi huerto desde su nueva casa de sombra y yedra. Allí me lo imagino, mientras descanso en mi hamaca, vigilándome, por si alguna vez soy yo el que se cae a la acequia. Favor con favor se paga, también en lenguaje de erizo.
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En mi huerto hay una pequeña construcción, una casita de una sola planta y terraza con cubierta de placa ondulada de plástico que el viento amenaza con llevarse cuando sopla irritado.
Apenas unos metros para un sitio donde merendar con algunos amigos y protegerse de la lluvia y el frío en invierno y de los rayos (espero) y tormentas de verano.
Pero en esa casita hay una mina. No está debajo, en túneles o excavaciones. Está en el tejado, y es una mina de agua. La de lluvia, la que cae lentamente los días de invierno y con furia en las tormentas estivales .
Cuatrocientos o quinientos litros de agua limpia por metro cuadrado que, multiplicados por la superficie de la terraza ( unos veinte metros cuadrados), arrojan la impresionante cifra de hasta diez mil litros de agua cada año , diez metros cúbicos de agua limpia, casi destilada y, sobre todo, gratuita. Y solo con un tejadillo de 20m2.
¿ Que qué se puede hacer con tanta agua? Lo primero, disponer de un depósito o depósitos donde almacenarla. Luego, servirá para regar hortalizas, flores, algún arbolito con problemas, disponer de agua para sulfatadoras, lavarse las manos, etc etc. Con el permiso y la colaboración de la acequia, hoy un poco celosa por falta de protagonismo.
Y puestos en lo peor, si llega un momento de sequía total en que peligre la vida del huerto, allí estará el agua de mi mina, para un riego de socorro que le permita sobrevivir hasta la próxima tormenta.
Se podría expresar un : Teorema de mi mina de agua.
Para toda parcela de 100m2 donde la lluvia anual es de 500 l/m2, cada m2 que se destine a recogida de agua de lluvia para riego de socorro, permitirá otro riego de 5.05 l / m2 en los 99 m2 restantes.
Demostración: Agua recogida 500 l. Superficie a regar 99 m2. Lluvia equivalente 500/99= 5.05 l/m2.
Si reservo 2 m2 cada 100 de parcela, el riego de socorro será de 10 l/m2, que ya es un riego significativo, con solo el 2% de superficie reservada..
E imagino mi país, poco lluvioso aquí, con pequeños retazos en cada parcela destinados a recoger agua de lluvia todo el año. Cuando una primavera llegue seca y desabrida, esas aguas reservadas pueden ser el riego que permita salvar una cosecha o redimir unos árboles.
El problema estará en el precio de los depósitos pero el contenido es gratuito y, por ahora, de calidad garantizada, salvo que haya cerca una industria contaminadora sin filtros.....
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La acequia está en el paro primaveral , su paro anual, el de mantenimiento obligado, para limpieza y reparaciones. Por supuesto, no la he inscrito en las oficinas de paro correspondientes , tan abundantes para los humanos en este país y esta época, aunque creo que, si esto sigue así, la pandemia y sus repercusiones acabarán afectando hasta a las acequias. Lo que suele ocurrir en estos casos es que el período de descanso dura poco, un mes o dos como mucho, que se emplea en dragar los fondos, eliminar barro y depósitos de arena y, a veces, solo a veces, mejorar estructuras y tapar fugas. Y este año, además, ocurre que llueve generosamente y las aguas nuevas, aun innecesarias, se pierden río abajo hasta el embalse que las termina recogiendo. Estos días la he visto serena y tranquila, adornada con las burbujas de la lluvia fuerte de esta primavera, ofreciendo el don de sus aguas a una tierra fresca y húmeda que no las necesita. Pero esta situación pasará. Los soles de Junio , y si no, los de Julio, terminarán imponiendo su ley, se acabará el paro y tornará a su diario quehacer de repartir agua y vida a su alrededor, como hizo siempre. Como deberíamos hacer los humanos.
Ayer llovió abundantemente. Una fuerte tormenta primaveral acreció las aguas, que durante varias horas bajaron teñidas de sienas, ocres y verdes de algas y hierbas arrancadas. Hoy, hacia mediodía, mientras hago mi visita diaria a la acequia, por comprobar , rutinariamente, su estado y caudal, me sorprende una escena poco habitual: en medio de la suave y ya limpia corriente , anclada a un pedrusco que reposa en el centro del cauce, se balancea, como un bote en el puerto , una vieja puerta lacada en blanco, con su marco, sin el cristal que seguramente llevó durante años. Un poco más arriba, a unos quince metros, también varado, algo oscuro, geométrico, recio y fuerte como una viga. Es en efecto un trozo de viga de madera, de dimensiones aproximadas 40 x 40 x100 cm. Un verdadero coloso. El agua rodea su cintura pero es incapaz de moverlo. Alguien ha aprovechado la oscuridad de la noche, aguas arriba, para dejar en la acequia, como si de un vertedero se tratara, los trastos y residuos que le estorbaban…
No voy a criticar al que lo haya hecho. Bastante tiene con ser capaz de hacerlo. Pero sí debiera criticar a quienes alardean de amor a la naturaleza, se erigen en nuestros representantes para defenderla, cobran de ello y después , en resumen, permiten que casi todo siga igual, y se ensucien los cauces de ríos y acequias, los ribazos y los caminos, y florezcan, es un decir, pequeños vertederos en cada rincón ... y poco o nada cambie o se arregle hasta que, eso sí, de pronto, casi milagrosamente, cambian de talante, se preocupan por todo y de todos y hacen renacer nuestras esperanzas… hasta que descubrimos, de nuevo, que las esperanzas solo se nutren del hecho de que se aproximan las siguientes elecciones. Entonces, como en una nueva primavera, florecen otra vez las viejas promesas y los emocionados discursos y loas a la madre Naturaleza y a la belleza de nuestros hermosos países, belleza que prometen, muy seriamente, defender, desde hermosos despachos y mullidos sillones. Esas falsas primaveras son siempre cuatrienales, o sea, cuatrianuales .
Pero hoy no era el caso.
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Por desgracia, confirmando sucesos como los que comentaba en el mensaje anterior, ese tipo de cosas se sabe que ocurren en todas partes. Hace años, en los alrededores de mi pueblo brotaban varias fuentes, que daban origen a pequeños arroyos, con sus peces y todo. Eran los años 80. Llegó la ola de modernidad y se hicieron pozos y tomas de agua potable para atender a aldeas y caseríos y, si se terciaba, a urbanizaciones o viviendas aisladas. Una tras otra, todas las fuentes se secaron. Los pozos sobraban, sin duda, pero en un país seco como España, ante todo hay que dar de comer al personal y el agua es indispensable, y en cantidades increíbles sobre todo al ritmo de vida actual. Se llenaban piscinas, se organizaban preciosos jardines, y se disfrutaba del agua, sobre todo en las segundas viviendas , en las grandes mansiones, para el ocio y los fines de semana... sobre todo por parte de las gentes con gran poder adquisitivo. Por desgracia, como ha sucedido a menudo ( por evitar el absolutismo del siempre), el pobre e incluso el ciudadano medio no suele ni puede permitirse demasiados jardines, tan solo algunas macetas, ni piscinas privadas, un grifo y un buen barreño las pueden suplir, y ni siquiera, a veces, un bonito paisaje tras la ventana. Pero incluso sin fuentes ni arroyos, lo que sí puede y debe permitírsele al pobre es que sus vecinos no le estropeen lo poco que aun le queda, aunque solo sea la visión y el disfrute de las aguas modestas de riego, viajeras perpetuas en sus viejos cajones de cemento, profanándolos con colchones y somieres viejos, latas de conservas, botellas vacías y restos de todo tipo y condición.
Se supone que existen autoridades para poner orden y fomentar buenas costumbres pero, si no se enseña esto en la familia y en la escuela, no se aprende de los libros y menos aún de las sanciones. Yo vi una vez a un pescador beberse una botella de cerveza y tirar la botella vacía directamente a las aguas del río que le daba la pesca. Y esa persona, además, se dedicaba, profesionalmente, se suponía, a educar. Hechos como éste deberían conocerse. Hacer una fotos, ahora que todos portamos una cámara en el celular, es algo sencillo que antes no se podía hacer. Publicarlas en la web del ayuntamiento de la localidad donde ocurren causa sensación, y ayudan a mejorar las conductas, aunque los culpables no estén al día en esos asuntos informáticos. Pero a lo mejor el alcalde sí lo está, y le entra un poquito de vergüenza. Yo suelo llamar a la Policía local en cuanto observo algo irregular en la acequia sobre estos tema, y aseguro que siempre vienen y se mueven y dicen que buscan ... tal vez los que amamos la naturaleza nos callamos demasiado y demasiadas veces. Y los guardas y policías no pueden acudir donde se les necesita si los que presenciamos el desaguisado no les ponemos sobre aviso. Y sí, termino confesándolo, también es cierto que resulta difícil criticar duramente al pescador de la cerveza cuando en el fondo del río sé que descansa algo que fue mío y no debería estar ahí...
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Hay, enfrente de mi valla, en el lado de acá de la acequia, un muro de hormigón de mis vecinos que alcanza casi tres metros desde el fondo de la acequia hasta su coronación. Es un muro ilegalmente construido. Deberían haber dejado un espacio libre de un metro como servidumbre de paso junto al río pero, ya se sabe, en algunos lugares cada quisque ( modismo) hace lo que le da la gana. El hecho es que a esos tres metros de altura, en el borde del risco, ha nacido una yedra verde amarillenta que, por lo visto, pasa sed. Y digo que la pasa porque ayer observé que ha enviado, como un mensajero , un largo tallo, sin hojas ni nudos, casi un simple tubo, hasta el agua, tres metros más abajo. Allí, mojadas en la corriente, ha desarrollado un par de hojas nuevas que se bañan continuamente. Supongo que a lo largo del tallo de apenas tres milímetros de diámetro, sorberá el agua que necesita la planta madre en su atalaya. Maravillosos los trucos que la naturaleza va creando para resolver los problemas de sus habitantes. Ese pequeño tallotubo, luego he visto dos más, supongo que absorbe agua de la acequia por un procedimiento inventado probablemente hace millones de años, cuando ningún ser humano pisaba aún la tierra. Y aún sigue ahí. Cuando faltemos y todos nuestros inventos se pudran al sol poco a poco, estos tallotubos seguirán bombeando su agua como siempre se hizo, indiferentes a nuestra presencia y nuestra ilusa ciencia que, por conocer las leyes de la física, se cree capaz de dominarlas...
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Ayer, en mi huerto, y sin yo enterarme hasta bien tarde, se celebró el día del pájaro. Todo parecía ir bien para mirlos, gorriones, currucas y verdecillas, pero cerca del mediodía, algo se desquició en el mundo de los pájaros. No cayó ninguno a la acequia, que yo sepa, pero un par de ellos rozaron la tragedia. Afortunadamente rondaba yo por allí en mi día bondadoso ( un par de ellos al mes, no vayan a creer otra cosa), y eso los salvó.
El primero, la primera si soy exacto, fue una hembra de jilguero, que quedó atrapada en una red antipájaros con la que pretendo proteger de su apetito una fila de lechugas y otras delicatessen ...
Allí estaba, bien ensartada en los hilos de la red. Al principio intentó picotearme pero creo que pronto se dió cuenta, a su manera, de que no me la iba a comer, y se dejó hacer. Tuve que romper cuidadosamente varios hilos con mi tijera de usos varios y la solté. Desagradecida como todos sus hermanos voladores, salió disparada sin un sencillo "gracias" que me hubiera colmado de felicidad. Solo mi pequeña conciencia me las dió en su nombre, y eso me bastó.
El segundo fue un pollo de verdecilla, cuyo nido se mece sobre una parra que agita demasiado el viento de la tarde. Lo encontré hacia las tres de la tarde. Implume aún, despatarrado y aliabierto, luchaba por desprenderse de una cuadrilla de hormigas que se disponían a prepararlo para su transporte al hormiguero. Cuando lo volví a colocar en su nido me dí cuenta de la cruel sabiduría de mamá naturaleza. El nido, escorado treinta grados a estribor ( según lo veía) albergaba ya a dos hermanitos pollo que, sabiamente, se aplastaban en el fondo para no caer de su bote de hilachas y hierba al proceloso mar de tierra lleno de hormigas, escarabajos y gusanos que se abría tres metros más abajo. No había sitio seguro para tres. Mi ahijado era el tercero. Lo alojé lo mejor que pude y hoy estaré al tanto por si hay que rescatarlo de nuevo. En realidad no tengo muchas esperanzas de salvarlo de nuevo, si cae. Ayer tuvo suerte, pero ocurre que mi amigo Michu, el gato de mis vecinos, no suele andar lejos de cualquier tragedia pajaril, más que nada por ayudarse a sí mismo. Y hoy está sospechosamente cariñoso...
Afortunadamente para mis, es un decir, pájaros, ayer debía ser el día del pájaro.
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Yo creía que las aguas de mi acequia venían todas de fuentes y cauces naturales... Como en otras muchas,siempre demasiadas, ocasiones, estaba equivocado. Tiene por lo menos una fuente artificial. Me pareció tan artificial que hasta la he fotografiado para tener constancia de su realidad.
Estaba yo pacíficamente sentado descansando de mis trabajos ( algún nombre he de poner a mis tareas en el huerto ) cuando oí el ruido de una cascada cayendo en la acequia. Tiene que ser un milagro, pensé, sentado en mi hamaca, a treinta grados, bajo un peral, en la tarde soleada de Julio.
Pero allí estaba. Uno de los tubos misteriosos , ojos ciegos en el muro de la yedra sedienta, cuya finalidad nunca he descubierto, desaguaba a la acequia un pequeño caudal de líquido, tal vez un litro cada cuatro ó cinco segundos, procedente, al parecer, de la finca situada detrás del muro citado , con su casa y su jardín...
En el agua de la acequia quedaba un reguero de blanca espuma, cuya belleza me fue en aquellos momentos, y me es ahora, difícil de apreciar...
La bonita cascada duró casi un cuarto de hora y se agotó bruscamente. y pensé en el vaciado de una lavadora, un lavavajillas, una piscina para niños, sitios menos limpios, ¡ quién sabe !
Lo curioso del caso es que este fenómeno se repite a menudo, y varias veces al día, casi al azar, sobre todo sábados y domingos. Lo siento por quienes más adelante riegan sus lechugas, sus pimientos y tomates, confiados en la pureza y la salubridad de las aguas. Espero que los microbios o virus que aporten mueran al caer o no sepan nadar, porque la primera toma de riego está a menos de diez metros, sobre una finca donde crecen , por lo visto con abono suplementario, hortalizas variadas ....
Espero publicar mi foto y mi denuncia en la web de la prensa local. Y luego a esperar días, meses, decenios, probablemente siglos, a que el azar, la sequía final o algún probo funcionario lo remedien. Que todo puede ocurrir.
Y ahora, haciendo números, en los más o menos seis kilómetros que tiene la acequia, y calculando un tubo misterioso cada cincuenta metros ( que habrá más), y suponiendo que uno de cada diez realice este tipo de aportaciones extraordinarias y gratuitas, resultan:
120 tubos misteriosos
12 tubos vertedores de líquidos de naturaleza desconocida.
Pobre acequia y pobres los que regamos de ella.
Desde luego, solo puedo darles un consejo: si algún día me ven vendiendo mis productos, no los compren o, si lo hacen, mándenlos analizar antes de consumirlos, y si han de consumirlos crudos, lávenlos, porque es probable que al menos doce cerdhumanos ( especie con características híbridas) los hayan contaminado previamente.
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Ayer, al abrir la tapa de la arqueta que guarda la llave de paso del agua de riego ( como de dos pulgadas de diámetro), observé en el fondo seco, y tapando en gran parte la propia llave de paso, una especie de amplio nido de hojas curiosamente simétrico. Mirando con más atención, observé que en el centro, semiocultos entre ellas, se movían unos cuerpecillos rosados de apenas cinco o seis centímetros. En el extremo de sus patitas, lucían unas para ellos descomunales uñas blancas que me hicieron sospechar una camada de topillos...
Pero no, no eran topillos, eran sencillamente ratitas. Lo sé porque mamá rata apareció de pronto y, al verme, de un salto, desapareció por el agujero que le había permitido violar mi arqueta.
Actué como suele hacerse en estos casos. Volví a cerrar la tapa despacio y dediqué unos segundos, no demasiados, a decidir qué hacer con la nidada. La rata, en efecto, es considerada en casi todo el mundo como un animal peligroso para la salud y la economía, y perseguida por todos los medios. Al fin y al cabo, una rata es un vecino poco deseable, que suele comerse nuestras reservas alimenticias y, en pago, nos deja lo más florido y variado del mundo bacteriano...
Cuando decidí retirar el nido , me puse los guantes, lo recogí y lo revisé para examinar de cerca las crías pero, sorpresa, no había ninguna. No sé de qué manera se arregló la madre, pero consiguió ponerlas a salvo aprovechando los breves momentos que tuvo entre mi descubrimiento y las maniobras de retirada del nido...
Solo saqué hojas.
Nunca pude saber a dónde llevó sus crías, a pesar de que las posibles ubicaciones alternativas eran muy escasas. Una rata muy diligente. No sé si es la misma que cada año roe dos o tres prendas de ropa de trabajo, la que este pasado invierno devoró varios kilos de nueces de mi despensa y medio cajón de madera vieja que contuvo pan. Si es así, ya está acostumbrada a mi presencia y manejos y, seguramente, volveremos a vernos. Al fin y al cabo, es una vecina más de la huerta. Aunque sea, por circunstancias de la vida, la menos apreciada. Para ser honesto y no darle ventaja, no le contaré esta aventura al gato del vecino que suele deambular por la huerta. Aunque tal vez no sea necesario. Cuando, tumbado junto a mí, se queda mirándome fijamente durante minutos sin pestañear ( creo que ni pestañea), a veces tengo la impresión de que está leyendo mis pensamientos... Y cuando al fin lo ha conseguido, se levanta indolente y, sin dirigirme una última mirada, se marcha lentamente camino de cualquier parte.
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Hace unos días leía en algún foro que desde los años 90 hasta hoy se ha perdido un importante porcentaje de especies vivas. De mi experiencia puedo decir que en "mi" acequia vivían hace años, en mi infancia, que recuerde , abundante cangrejo de río autóctono, nubes de madrillas, algún barbo, lamprehuelas, sanguijuelas, ranas, alguna rata rojiza de río, sin cola, y al menos una especie de almeja marrón, de tamaño medio... Hoy solo suelen verse renacuajos inmaduros en primavera, sanguijuelas a finales del verano, y a veces algún cangrejo, siempre rojo, invasor, o un pececillo inmaduro y despistado. Al comentar con unos amigos estos hechos, uno de ellos me hizo notar que entonces, antes de la generalización de los abonos químicos, los insecticidas y los herbicidas que cargan con la sospecha de la culpa mayor, las aguas tenían, además, la temperatura correspondiente a la estación, frías en invierno, tibias en verano, frescas en primavera y otoño. Ahora, reguladas las aguas por grandes embalses en la cabecera del río madre, casi siempre a más de 1500m de altitud, las aguas de verano bajan frías, procedentes del fondo del embalse, posiblemente a menos de diez grados., tal vez cerca de los cuatro grados de máxima densidad... Tal vez por todas esas razones, en estos momentos , en el río madre que alimenta mi acequia solo prosperan abundantes las truchas, y eso porque las autoridades repueblan cada año sus aguas para disfrute de la cohorte de pescadores urbanos que pagan por ello. El resto, empieza a ser testimonial.
Ayer, despues de la gran tormenta del martes, la acequia bajaba repleta, turbia y adusta, casi amenazante, llevándose con ella hojarasca, ramas y frutos , flores ajadas y pétalos de algún lejano rosal. Y una inocente pequeña golondrina ahogada
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El verano (boreal) se ha ido y con él los soles agobiantes , las tormentas de polvo y el canto obsesivo de las cigarras en los secarrales. Y con el otoño han llegado las uvas, los rojos pimientos dulces o picantes, las hermosas manzanas vestidas de mil colores. Tendidas en el suelo donde nacieron, duermen las orondas calabazas a la espera de la ya próxima recolección. Todo el huerto respira quietud y plenitud.
Allá arriba, en la cabecera de los ríos, entre peñascos y pinares, han cerrado ya las compuertas de los embalses y las aguas han vuelto a su estado natural. Por mi acequia discurre ahora, que apenas se riega, un agua limpia, suave y tierna, como recién creada. Hermosa, aunque triste. Triste, porque sigue sin vida, brillando en las noches bajo la luna, susurrando sus viejas canciones de solo un par de notas reiteradas y profundas, acariciando los muros y arrastrando leves nubecillas de arena por los fondos, pero ausentes las pequeñas luciérnagas de sus orillas, los tímidos luciones paticortos, las ranas croadoras, sus pececillos de plata, todos los viejos amigos que tuvo y ya no están...
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Se termina el ciclo. Estos días alguien ha eliminado todas las hierbas y hierbajos de las orillas de mi acequia mediante el expeditivo método del herbicida, supongo, dada la radical limpieza efectuada. Esto de los herbicidas, como los insecticidas, es bastante curioso. Si acudes a una tienda especializada en productos para el agricultor, encontramos toda una batería de ellos, cada uno enemigo mortal de una o varias especies de animalillos o plantas parásitos , tan eficaces y silenciosos como letales. Cargado con mi máquina pulverizadora, reumático y bajito , debo parecerles un gigante relativo y relativista que imparte vida y muerte ( excepto la suya propia ), casi a voluntad.
En cierta ocasión cayó en mis manos un manual con un estudio pormenorizado de los efectos y los riesgos de los productos fitosanitarios más utilizados. El panorama era tan lúgubre que, de pronto, caí en la cuenta de que el estante de mi pequeño almacén huertano, visto a la escala de sus potenciales víctimas, debería parecerles un inmenso arsenal que guardaba muerte en potencia para miles, millones de pequeños ciudadanos de mi huerto.
Tanto fue así que, desde entonces, solo los utilizo en casos extremos. Ayer mismo, por la tarde, bajo una fina lluvia, vi a algunas de mis queridas judías verdes ( lo que queda de ellas en Octubre ), ahora casi negras, cargadas con millares de pequeños pulgones oscuros, cebándose en las más delicadas, las hojas aún tiernas y las pequeñas vainas. Y tengo que elegir. O la planta que me alimenta o el pequeño insecto que se alimenta, como yo mismo , de ella. Aún no lo tengo claro pero cada vez me inclino más a utilizar medios más inocuos. Estoy pensando en experimentar con un fuerte chorro de agua que los expulse de la planta, aunque, bien mirado, viene a ser casi lo mismo : para comer unos, deben morir otros. Maravilloso perro mundo.
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Hoy he descubierto, inesperadamente, la influencia que también tiene en mi huerto el muy próximo, verdadero y nunca discutido efecto invernadero. Y creo que es porque he recordado que una vez, siendo niño, nuestro profesor nos contó que , si la tierra fuera del tamaño de un huevo de gallina, los seres vivos habitábamos sobre la parte sólida, proporcionalmente tan gruesa o delgada , según se mire, como su cáscara. Debajo, todo era fuego. La semejanza me dio un poco de miedo durante unos días pero, visto que todo seguía igual, me tranquilicé y llegué a olvidarlo. Hoy he recordado y comprobado que esos fuegos internos, aunque lejanos para nuestro modo de valorar distancias, están presentes de algún modo.
Esta mañana , bien avanzado el otoño, he echado un vistazo, una vez más, a mi pequeño invernadero, un habitáculo autoconstruido con perfiles cuadrados de hierro de 12 mm y plásticos, donde germinan mis semillas más delicadas y cuido, como en un pequeño hospital, a las plantas más hermosas, a las recién llegadas y, en definitiva, a las más necesitadas.
Encima, sobre la placa ondulada que suele intentar el vuelo siempre que el viento se muestra implacable, parte de la lluvia de ayer estaba atrapada en preciosos cristales de hielo matinal que he tenido que desalojar previamente. Aunque ahora mi invernadero está casi vacío, tengo dentro, al abrigo del viento del noroeste que sopla desabrido y a ráfagas desde el mar Cantábrico , unas habas germinando y, recogidos en pequeñas cajas, durmiendo su ancianidad, unas cuantas docenas de tomates, verdes o amarillos, que maduran lentamente; hoy he recogido tres o cuatro ya enrojecidos, listos para cocinar. Y no me explico cómo pueden hacerlo mientras sobre ellos desfilan cada día, en el otoño gélido y sin sol de este año, borrascas y vientos, heladas y, por esta vez, hasta las primeras nieves. Tiene que ser el tenue calor que sube desde el interior de la tierra el que cada día y cada noche mantiene mi invernadero, con o sin sol, bien aislado del exterior, latiendo lentamente, pero vivo. Del mismo modo, las bodegas que rodean mi huerto, donde guardan los vinos mis vecinos, mantienen invariables sus diez o doce grados, sin que los modifiquen visiblemente las variaciones estacionales, que en el exterior pueden ser desde los diez grados centígrados bajo cero a los cuarenta, en lo más florido del verano.
Y es que, si conseguimos aislarnos de la turbulenta superficie de nuestro mundo y nos refugiamos en la cáscara de este huevo cósmico que habitamos, casi todo se vuelve relativo, el frío y el calor, la tormenta y la calma. De las entrañas ardientes de la madre tierra sube hasta nuestras bodegas y hasta mis tomates parte de su enorme calor y mantiene el invernadero, si no caliente, sí lo suficientemente templado como para permitir que la vida continúe. Por eso, casi escondidas en su rincón, las pequeñas habas también han despuntado mostrando al aire, eso sí, con cierta timidez, sus hojuelas. Y otros miles de semillas que no alcanzo a ver dormitarán también en él, esperando al sol de la primavera, agradecidas, cómo no, a este sencillo, discreto y siempre presente, efecto invernadero.
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Hoy, por razones que no vienen al caso, he tenido que ir a hacer unas labores en un viejo olivar, o al menos eso es lo que parecen anunciar muchos de sus árboles.. No hay en él acequias ni ríos, tan solo, en un lateral, hacia el este, una gran charca profunda y oscura , casi un pozo, donde mana un agua fría, gris e inmóvil, casi muerta. En primavera se atreve a adornarse, coqueta, con un par de escuálidas ranas y alguna libélula tornasolada y, durante todo el año sirve, práctica y benevolente, para saciar la sed de los rebaños de ovejas y algunas cabras que deambulan por la zona..
Hay en ese olivar casi noventa hermosos árboles, de todas las edades, la mayoría de más de cien años, algunos probablemente con más de quinientos, como lo anuncian sus troncos nudosos, gruesos y retorcidos y su enorme copa, preñada de pequeños frutos madurando al escaso sol otoñal.
No se riegan, beben de las lluvias y de la humedad que encuentran sus largas raíces muchos metros bajo tierra , allí donde fluye en secreto el agua de la charca antes de nacer a la luz. Los hay generosos de fruto y de sombra y , como entre los humanos, otros, remisos a dar otra cosa que trabajo y esperanzas.
A alguno que tiene el tronco muy dañado, apenas una corteza en torno a la nada del hueco central, le estoy permitiendo desarrollar un nuevo vástago. En cuatro o cinco años, ese hijo de sí mismo, clon de clon, lo sustituirá. El viejo tronco, como una ropa usada, desaparecerá en las entrañas de cualquier estufa de salón mientras de sus mismas raíces brotará su nueva forma vital, un joven olivo con otros cinco siglos de expectativa de vida. Maravillosa inmortalidad la de este árbol . Conoció a mis antepasados cuando ya era un olivo viejo y en su forma renacida podrá conocer a mis descendientes cuando ya ni siquiera exista memoria de mí. Aunque tal vez, en algún gen perdido en sus células, una pequeña secuencia recite un recuerdo agradecido a Petrus, el bípedo que muchos años atrás le permitió sobrevivirse a sí mismo.
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Una nevada inesperada ha cubierto mi huerto con su precioso manto blanco, poético para los humanos pero peligroso para los animalitos, que suelen hacer del mimetismo y la ocultación su principal seguro de vida.
A lo largo y ancho del huerto, descubro rastros de patitas y colas, colas y patitas, de aves y pequeños mamíferos, ratones, algún conejo y mi omnipresente gato. Como durante el día no se les ve, supongo que esta noche pasada todo habrá sido un incesante ir y venir, subir y bajar, oler, correr y resoplar, un interminable juego mortal del te veo y no me ves o el jaque mate del te pillé, por fin, y te como.
Así las cosas, he subido yo temprano a mi pequeña terraza por las empinadas escaleras cubiertas de nieve impoluta, si no fuera por unas pequeñas marcas, únicas, escalón tras escalón, que denunciaban la subida, a saltos, de un roedor, cuatro hoyuelos de apoyo y, en el centro, detrás, una delgada línea para la cola.
Y así hasta arriba. Y en efecto, allí estaba otra vez , mi amiga la ratita de campo, ligera de cuerpo y rojiza de manto, medio oculta tras la portezuela del armario de venenos y similares, royendo estrepitosamente la última nuez que acababa de robarme de la caja aparentemente inviolable donde las guardo. Era tal el ruido que hacían sus dientes tratando de violar la dura cubierta de la nuez que no me oyó ni me vió hasta que yo la había visto, apenas quince centímetros de hocico a cola, los ojos vivos, apenas entrevistos antes de , con un salto, desaparecer en dirección desconocida, pasando por resquicios por los que, razonablemente, no debería poder pasar.
Varias veces he tratado ya de cazarla, empleando mis mejores recursos, sin fortuna, y sé que sigue por aquí, porque de vez en cuando, al subir, oigo sus carreras entre las cajas y los cartones almacenados. Como ya no tiene apenas nueces a mano y los maíces de hacer palomitas los he colocado bien altos, colgados en bolsas que antes tuvieron naranjas, supongo que acabará probando mi oferta definitiva: un delicioso queso, de exquisita finura, aunque, confieso, puede resultarle algo indigesto. Ya les contaré algún detalle más , si tal cosa ocurre, aunque sospecho que la partida va a terminar en tablas, como en otras ocasiones. Al fin y al cabo, ella siempre ha vivido aquí.
Al margen de estas pequeñas aventuras y desventuras, la acequia sigue hibernando como una serpiente negroazulada, bien encajada en su lecho y respirando apenas un hilo de agua que me recuerda que sigue allí, fiel, a la espera de que su vecino y amigo el almendro le señale con su semáforo de flores blancas, que es hora de desperezarse y revivir otra primavera.
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En efecto. La partida ha quedado en tablas. Otra vez tablas. Yo había preparado mi peón, un hermoso trocito de queso maduro, blanco y oloroso, y mi torre, una preciosa jaulita de puerta de muelle, estratégicamente colocada de modo que la reina enemiga, mi querida ratita huertana, esbelta y hocicuda, nerviosa e inteligente, entrara al cebo, se cerrara la puerta y cayera en mi red.
Cuando volví, al día siguiente, mi peón de queso había desaparecido y la jaula torre, con la puerta misteriosamente cerrada, seguía allí, inerte y vacía. La reina ratonil escapó de nuevo. No sé cómo pudo hacerlo, entrar, coger el queso, salir y cerrar la puerta, supongo que educadamente. No la he vuelto a ver pero imagino su sonrisa cada vez que me vea, desde cualquiera de sus refugios, afanarme entre cañas, sarmientos y barro. Pero que no se fíe. Un día de estos reanudaremos la partida.
Mientras tanto, y después del huracán del último fin de semana , aunque modesto, pero huracán, me entretengo en reponer las cosas más o menos donde estuvieron. La fila de jóvenes piceas que me sirve de seto marca ahora una ligera pero evidente reverencia, mientras un pino, de cinco o seis metros de altura, se ha escorado casi cuarenta y cinco grados hacia el Este y ahí se quedará, como testigo de que la Naturaleza es más fuerte de lo que parece. Los demás árboles han resistido aceptablemente, rama más o rama menos, e incluso el invernadero, con ese aire de saltamontes metálico que siempre ha tenido , sigue con sus seis patas bien clavadas al suelo. Tal vez tenga que reconocer, siendo escéptico en el tema, que el calentamiento de la atmósfera, su incremento de energía al fin, se empieza a manifestar de una forma contundente. En efecto, el vendaval pasó durante horas, envuelto en un trueno continuo, como en una pesadilla, doblando torres de conducción eléctrica como si fueran de plastilina, arrancando árboles, desgajando tejados y derribando muros. Una exhibición de poder. Lo nunca visto por estas latitudes, cerca del paralelo 43º N.
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Hay en mi casa en la ciudad ( la única que tengo ), una serie de trasteros en la última planta del edificio , que usamos los vecinos para almacenar las cosas que se utilizan poco o las que no nos caben en los armarios. Tengo la suerte de que el mío es el que da salida al tejado y sus servidumbres, a través de una pequeña terraza de unos diez metros cuadrados, abierta en su soledad y aislamiento a todas las luces, al sol y al viento , sobre los tejados de la ciudad, con hermosas vistas a las montañas del entorno.
Aunque ahora mi huerto absorbe casi todas mis horas libres, hubo un tiempo en que esa terraza fue su sucedáneo. Descubrí la hidroponía ( cultivo en agua) y me aficioné a ella. En unos tubos de PVC convenientemente dispuestos, con agua y sales adecuadamente dosificadas, cultivé lechugas, habas y tomates, hice experimentos de todo tipo e ideé docenas de pequeños artilugios para mejorar el rendimiento, siempre escaso, de mi huerto artificial. Allí pasé muchas horas cultivando, observando y aprendiendo cómo la vida es capaz de salir adelante en ambientes tan poco adecuados como un recipiente de plástico y una disolución de sales más o menos conseguida. Y leyendo, largos ratos, esos humildes libros que pueblan los trasteros, casi olvidados desde que fueran leídos por primera vez, años antes, pero conservando, como una fruta anciana pero milagrosamente fresca, todas las esencias que los hicieron hermosos y útiles.
Y ahora, en este largo y crudo otoño, de lluvia diaria y alguna que otra nevada incipiente que no me ha permitido sembrar ni siquiera los ajos o las humildes habas , en el que la tierra es solo un amasijo de barro en el que se hunden las pisadas sin remisión, he recordado mi humilde huerto hidropónico, todo él ciencia y artificio, afición y cuidados continuos, con la sospecha de que, tal vez andando el tiempo, los achaques me obligarán de nuevo a recluirme en él y reanudar aficiones casi olvidadas.
Recuperaré así ese diminuto trozo de paraíso urbano, con las montañas, los tejados y mis plantas como entorno, una hamaca a la escasa sombra de la chimenea o el alero, y todos los viejos libros del trastero a mi disposición... ¿ Qué más puedo pedir ?
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Tengo un nuevo vecino, o nuevo inquilino, o parásito, ya se irá viendo . Desde hace unos días, tal vez un mes, mi acequia tiene un nuevo vecino. Es un personaje que ya algunas veces se dejó ver por esta zona, más bien de manera esporádica, solo o en pareja, pero que nunca echó raíces, ni pagó rentas ni pechó con impuestos...
Hace unos años, tres o cuatro a lo sumo, una pareja se instaló en mi huerta, que visitaba puntualmente cada mañana. Se daban una vuelta por mis cebollas, nunca me robaron ninguna, mis acelgas y sobre todo los frutales. Como son más bien pequeños y no llegan ni a las primeras ramas, aprovechan más bien los frutos que caen y los restos que de una u otra forma van quedando a su alcance. En un par de meses desaparecieron sin dejar rastro lo que, tratándose de ellos, es un buen síntoma.
El recién llegado, ahora lo se, se ha cebado estas últimas semanas en dos filas de zanahorias que iba desenterrando yo pacientemente. Al tiempo que se secaban al sol, él repasaba concienzudamente las mejores, dejándome, eso sí, siempre, una parte para que yo pudiera deleitarme también con su exquisito sabor dulzón con un toque exótico de amargor y aroma floral.
Ayer, por fin, se dejó ver. Era ya el atardecer y apareció de pronto a la vera de los plásticos de un pequeño vivero al borde de la acequia. Se quedó mirándome y como me vió inmóvil debió creer que era parte del paisaje. Fue y vino, subió y bajó, con ese aire a menudo caótico e indeciso de los animales, siempre vigilante, enhiestas las orejas, listo para huir a la carrera al menor atisbo de peligro.
Parecía sano y joven. Parece que, por fin, según dicen, van venciendo a la terrible mixomatosis que los diezmó.
Mi nuevo vecino, el conejo, con permiso de los hurones y los perros del vecindario, tiene el mío para rondar por mi huerta siempre que no cometa excesos. Sabe que le puedo sacar tarjeta amarilla. En cuanto a la roja, tiene la ventaja de que la ley de caza le protege, al menos por ahora. Si se porta bien, le dejaremos vivir tranquilo en su cuevecilla del talud de la acequia, poco acogedora, con humedades, sin calefacción pero, eso sí, pagando un módico alquiler, en especie, en forma de abono , tan escaso en estos tiempos de crisis pero que suele dejarme, aquí y allí, en pequeñas bolitas , al pie de las plantas que visita. Bienvenido, hermano conejo.
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El melolonta es una plaga que daña las raíces de algunos cultivos y los brotes más tiernos de los frutales , muy difícil de eliminar. Pero su discreta vida lo hace casi invisible para los humanos y eso le ha permitido sobrevivir sin problemas hasta hoy. El melolonta es un escarabajo, de unos tres centímetros de longitud, de tacto aterciopelado, color marrón claro, casi tan grueso como largo, que surge misteriosamente del suelo a partir del mes de abril. En las solitarias horas del atardecer en los campos , cuando está casi oscuro, se le oye zumbar entre la hierba, ensayando su primer vuelo apenas unos segundos, mientras busca un hueco por donde elevarse. Al cabo de unos días, cuando se termina la eclosión, cientos de pequeños agujeros en el suelo, de un par de centímetros de diámetro, dan fe de su salida de la madre tierra.
Hoy he vaciado mi montón de compost anual, antes de comenzar las labores de primavera. En un rincón apartado, amontono pacientemente todos los restos orgánicos que pueden volver al huerto como abono natural, hierba del cortacesped, restos de calabazas, fruta estropeada, hojas de puerros, cebollas, acelgas, todo , en fin, lo que puede proporcionar a la tierra un poco de abono orgánico. Este año se ha añadido la producción de una pequeña máquina cortadora que trocea los restos de poda y permite añadirlos al compost, con el valioso aporte del rico carbono de la celulosa.
Al final ha sido un hermoso montón de más de cien kilos de material oscuro, esponjoso, indefinidamente vegetal, con un olor recio pero agradable a mohos y tierra fresca, a naturaleza muerta y, a la vez, llena de vida.
Y allí estaba el melolonta, esperando a abril, enroscado sobre sí mismo, en una letra ce perfecta, una hermosa y robusta larva de casi cinco centímetros de longitud por uno de diámetro, marrón clara desde la cabeza hasta la mitad del cuerpo y blanco el abdomen protuberante, repleto de alimento. Uno, dos, tres, hasta quince o veinte vivían su apacible vida larvaria en mi montón de compost. Una carga de proteína animal nada despreciable, si fueran comestibles, que tal vez lo sean y solo cuestión de tener suficiente hambre, supongo.
Luego, en las tardes de mayo, cuando la suave brisa del anochecer invita al descanso bajo los árboles, los melolontas se reunirán, como todos los años, en bandadas, como tenues nubecillas oscuras, sobre las cimas de los chopos cercanos, hasta que la noche los oculte. Entonces se les oirá bajar y revolotear en la oscuridad con un vuelo pesado y rumoroso, tropezando con las hojas y las ramas de los frutales, aquí y allá , como duendecillos asustados, o como ladronzuelos cogidos in fraganti. Al día siguiente, y durante un par de semanas, las hojas más tiernas de los brotes terminales aparecerán mordisqueadas o comidas...
Yo tengo mi huerto desde hace unos años, y antes fue de mi madre y mis abuelos y ..., pero seguro que ellos estaban aquí antes de que nosotros, los humanos, decidiéramos que la tierra era nuestra. Estoy seguro de que el melolonta no se ha enterado todavía y cree que mi huerto es suyo.
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Allá por el ya lejano marzo, el almendro encendió, por fin, los semáforos de sus flores y, de pronto, los demás habitantes de mi huerto se apresuraron a despertar.
Las yemas de los perales, los nectarinos, los melocotoneros, los ciruelos y los cerezos, incapaces de soportar la presión de la savia primaveral, explotaron en una apoteosis floral que vistió de blanco y rosa todos los rincones de mi huerto.
Solo uno, un humilde y desconocido arbolito de poco más de un metro de altura y tres o cuatro años de edad, indiferente a la alegría y el brillante colorido de la primavera, se vistió una vez más y humildemente de verde sin adornarse siquiera de una flor. Había nacido a la vera de un macizo de yedras y parrales, como una presencia inesperada, como un pariente que llega sin ser invitado ni deseado.
Nunca llegué a conocer su origen ni su especie. Tal vez fuera un guindo, de pequeños frutos rojos y ácidos, por la forma de sus hojas y el color de sus ramas , pero, a falta de frutos y flores, su filiación no consta en los anales del huerto. Será como uno de esos infantes no nacidos en cuyo registro no consta nombre ni filiación, como si jamás hubieran sido concebidos. Nació para morir apenas nacido, tal vez por haberlo hecho en un tiempo y lugar cuando y donde el rendimiento en fruto es condición indispensable para obtener el derecho a vivir.
Lo arranqué hace unas semanas y hoy su leña, escasa, se seca al sol otoñal, cuando se digna brillar, esperando la estufa del próximo invierno. Sentí pena por él, esa pena indefinible que nos produce la muerte de un ser inocente cuyo único delito pareciera ser , a menudo, haber nacido o vivido en el sitio equivocado.
Si existe un cielo para ellos , espero que mi arbolito haya recuperado allí el derecho a vivir que en esta tierra se le ha negado, y tal vez más adelante, el dueño del huerto pueda explicarle entonces su tristeza
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Era realmente una guerra. No declarada formalmente, pero guerra. Como mi enemigo era y es y parece diminuto pensé al principio que podría acabar con él y sus desaguisados en pocos días, pero llevaba ya un par de semanas de batallas continuas y no estaba muy seguro del desenlace. Las primeras escaramuzas empezaron en un par de filas de habas de las que me surto en primavera a falta de otros productos más apetitosos. Un buen día, con los frutos verde claro apuntando desde el fondo de las flores, aparecieron algunos diminutos pulgoncillos negros, estratégicamente colocados en los brotes terminales, dos ahí y dos algo más abajo... nada especial en apariencia. Total, cuatro pulgones a un miligramo por docena, poco daño pueden hacer, y como todo el mundo tienen derecho a comer... Me sentía como un diosecillo agrario, benévolo y protector, pastoreando su pequeño rebaño de seres indefensos y amables.
De pronto, a los dos días, ya no eran dos, sino doscientos en cada brote. ¿ De dónde habían salido ?. Y no solo en los brotes, ahora se habían instalado en los troncos tiernos y ¡ esto es ya intolerable ! , en las mismísimas pequeñas vainas que son mi alimento. Cuidadosamente alineados , se nutrían de los jugos de las plantas, mis plantas, sin haber sido convocados, invitados, sembrados, ni siquiera autorizados , sencillamente se comían mis habas sin remordimientos ni modales.
Y entonces empezaron las hostilidades. Pero como no creo eso de que en el amor y la guerra todo vale, establecí una norma límite: no usaría insecticidas sintéticos de los que se compran envasados sin saber muy bien qué oscuros demonios esconden.
Llevaba una semana de durísimos enfrentamientos. Las bajas cubrían el suelo y sus aliadas hormigas hacían lo posible y lo imposible por reorganizarlos después de cada combate. Había empleado mis fuerzas de choque ligeras, e incluso algún arma casera a base de zumo de ajo y otras hierbas... sin efectos decisivos. Cada mañana, los supervivientes y otros dos mil que se les unían durante la noche aparecían de nuevo perfectamente alineados en sus trincheras de los tallos, emboscados entre las hojitas terminales o a lo largo del dorso de las vainas, como si nada hubiera pasado.
Tenía y tengo armas químicas disponibles capaces de matarlos, a ellos y a mí, en una sola batalla, pero me resisto a usarlas en vista de la intrigante sabiduría con la que seres aparentemente indefensos se enfrentan a nuestra tecnología y nuestra supuesta inteligencia desde la resistencia pasiva y la insistencia, la capacidad reproductiva y la colaboración con otras especies. Y ahí reside el que aún creo mi gran descubrimiento: tal vez no se trata de una guerra contra los pulgones sino contra la Naturaleza, que se preocupa, por unos u otros medios , de que todos sus seres sobrevivan. Ellos y nosotros: los pulgones, las hormigas y los sapiens.
Por eso, me propuse, y aún lo mantengo de vez en cuando, mientras no me agotan la paciencia, , usar solamente las tres armas permitidas por la Convención de la Violencia Natural, la CVN de toda la vida : la fuerza física , la astucia y los productos naturales. Pero como soy un ser humano y además alguna vez infractor de normas, estoy planteándome otra alternativa : utilizar además esa otra arma secreta típicamente humana que es la más eficaz, barata, segura y adecuada para este tipo de situaciones casi límites : la paciencia . En lo de la más eficaz, a veces tengo dudas, lo confieso.
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En las orillas de la acequia de mi huerto crecen, todavía, muy diversos árboles y arbustos. Y a su sombra y bajo su protección, enjambres de pájaros desarrollan sus pequeñas y agitadas vidas, a menudo lejos de nuestra observación. Algunos destacan por la calidad de su canto, como el modesto, por su plumaje, ruiseñor, sin duda el rey del canto de nuestros campos. Cuando descanso, al caer la tarde, a la sombra del gran peral, en primavera, haciéndome el dormido bajo mi gran sombrero de paja, suele confiarse y a menudo busca su comida en el suelo de hierbas no demasiado lejos de mis zapatos, sin mostrar ningún temor por mi presencia. Luego, siempre oculto entre los arbustos de las orillas, nos obsequia , a su hembra y a mí, con una inacabable sinfonía de gorgeos y trinos, arpegios y silencios , ultrasónicos dicen, a menudo hasta bien entrada la noche. Delicioso.
Pero el otro día, apareció un rival. Sé cómo se llama, porque es un viejo conocido, pero hasta ahora se mantenía en un discreto segundo plano musical, como violín segundo, sin más aspiraciones. Esa mañana estaba yo como de costumbre, trabajando entre mis plantas y él, como hace a menudo, canturreaba sus trinos y silbidos en alguna rama próxima , aderezando cada cereza engullida , supongo, con un silbido de satisfacción...
De pronto, el pequeño milagro. Cantó, claras y distintas, las notas musicales de una pequeña melodía de procedencia ignota, tal vez aprendida en alguna fiesta nocturna que le desveló o por casualidad o, quién sabe, grabada desde eones en su código básico, algo así como su memoria ROM. Y allí estaba, clara y sencilla, con un aire un tanto extraño para nuestro gusto musical actual, algo misteriosa y campestre, como un tema de una sinfonía pastoral : sol do, sol do mi la sol, traducida a mi lenguaje humano. Exactamente con la relación de frecuencias de nuestra escala musical. Preciosa casualidad, pensé, pero ¿ solamente casualidad, azar, probabilidad, esas cosas que hacen posible lo improbable?.
Pero algo más tarde y desde un árbol más alejado, entre las otras melodías puramente pajariles de su repertorio, repitió, limpiamente su tema : sol do, sol do mi la sol. Y así durante todo el día más cerca o más lejos, repitió su mensaje, sin olvidar una nota ni repetirla, exacto.
La toco en mi teclado y queda bien, correcta, algo extraña, pero bien. Algo parecido a un toque de corneta militar llamando a formar...
Ayer o anteayer, también en mi huerto, volví a oírlo. Ahora la melodía seguía allí pero me pareció que se había añadido una nota más al comienzo, no estoy muy seguro, tal vez un mi… mi sol do sol do mi la sol .
He avisado al ruiseñor para que sepa que tiene un rival. Un rival mucho más robusto, de voz tal vez menos armoniosa pero impresionante. Lo mismo que él, no luce adornos ni hermosos colores, tan solo se permite un detalle elegante en su librea oscura, casi negra: un hermoso pico amarillo anaranjado, como si llevara siempre un precioso grano de maíz en él . Es un mirlo. Canta peor, pero ha añadido la proporción y la matemática a su canto ordinario , mezcla de trino y silbido . Y eso , a la larga, puede traer consecuencias inesperadas en el campo de la competencia sonora , amigo ruiseñor .
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Algo se mueve, aunque sea poco. Estaba yo ese día, hace unos meses, en el poco estresante trance de regar mis lechugas, una fila de ellas que comparto, quiera o no, con mis amigos los pájaros, los conejos, pulgones y demás familia, esa inmensa y desconsiderada tribu de aprovechados que come sin arrimar el hombro cuando hay que regar, escardar, binar , podar, sembrar, etc. Y he aquí que , de pronto, observo que el agua de mi querida acequia es rojiza, con un delicado fondo anaranjado, imposible de identificar a primera vista como algo inocuo y mucho menos potable o apto para el riego. De modo que opté por investigar de dónde procedía el colorante. Y en efecto, a unos treinta metros aguas arriba caía a la acequia un pequeño torrente rojo procedente de , tal vez, alguna herida de las muchas que recibe cada día ese desgraciado ser que se llama Medio Ambiente ( extraños nombre y apellido ). Como uno está un poco harto de aguantar estas cosas, llamé de inmediato a la policía municipal de mi pueblo, no con la esperanza, lo confieso, de que solucionaran el problema, sino con el avieso deseo de que se castigara al culpable... Y he aquí que, sin preámbulo alguno y sin el consabido " lo vamos a investigar y le llamamos luego ", la policía me informa inmediatamente del origen y naturaleza del vertido. Alguien había lavado a manguerazos los restos de arena roja en una obra cercana. Nada tóxico, pura arcilla, aunque llamativo. Y más que llamativo, en los tiempos que vivimos, es que los agentes supieran ya ( estos incidentes se producen, maduran y extinguen en pocos minutos ) lo que había ocurrido. ¿ Casualidad, eficacia ? Sea como sea, un diez a los policías municipales de mi pueblo . Hoy no diré su nombre, más que nada porque una vez puede ser casualidad, pero por algo se empieza. Algún policía se movió a tiempo y en la dirección correcta. Seguramente no pudo evitar que el agua corriera a su destino natural, la acequia, pero probablemente el infractor fue advertido o multado y tal vez se lo piense mejor la próxima vez, antes de ensuciar un cauce.
Y esta noche están ustedes invitados, virtualmente, a saborear una deliciosa ensalada de lechuga. Pero deben lavarla cuidadosamente, a ser posible añadiendo unas gotitas de lejía, porque tengan la seguridad de que ha sido ya probada por una caterva de pequeños sinvergüenzas con alas y sin ellas, y que jamás se han lavado el pico o los dientes.
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Hace unos meses se levantó, como suele hacerse, creo, a finales del verano, la veda, para poder cazar ciertas especies de aves que en esa estación pueblan nuestros campos y bosques.
Algunos de mis vecinos, aficionados a ese deporte, sin apenas adversarios , tuvieron unos días para desahogar su afición mientras llega la temporada invernal, que se dedica a piezas de más calado.
Yo, que no soy cazador, me enteré por casualidad, y eran los días en que andaba embobado con las habilidades musicales de un mirlo de los del vecindario de mi huerto. Aquel pájaro que entonaba siete notas perfectamente diferenciadas aprendidas quién sabe dónde...
Pues bien, el hecho es que, a partir de aquellos días, el silencio se abatió sobre mi huerto.
Cesaron sus gorjeos armoniosos de árbol en árbol, su ir y venir, sus planeos en torno a mi casita, llenos de vida y alegría. Durante al menos un mes no volví a ver ni un solo ejemplar.
Pero un sábado cualquiera , al llegar al huerto, uno de ellos, un mirlo, salió volando de debajo de una cepa ( vid) con ese grito tan característico que expresa, supongo, alarma y huida. Luego, solo quedó el silencio .
Y desde entonces, solo se hizo visible cuando andaba, solitario y silencioso , entre mis cultivos, aprovechando lo que el otoño le ofrecía en abundancia: uvas sobre todo y algunas manzanas.
Me niego a creer que la caza hubiera exterminado al resto de la bandada, al menos media docena de hermosos ejemplares, que me rodeaba cada mañana al llegar y me rondaba durante el resto del día, tal vez vigilando mis pasos como ladronzuelos a la espera de asaltar mis frutales...
Prefiero imaginar que ahora aún recorren felices en los otoños las viñas interminables, repletas de uvas sin vendimiar, decenas de miles de kilos sabrosos y fragantes antes de las primeras heladas, en una orgía de alimento inagotable.
Y que tal vez más adelante, una mañana cualquiera o una tarde , volverán en bandada para saludarme como lo hicieron entonces , cada día , buscando temprano, entre los terrones recientes, algún insecto entumecido de frío, los restos de una manzana desechada o el sabor terroso de las huidizas lombrices , en las mañanas de otoño decoradas de rocíos.
Y aunque ya no vuelvan, siempre guardaré el recuerdo de aquella sencilla melodía estival, mi inolvidable canción alada de aquel verano : sol do sol do mi la sol. En do mayor. Sin letra, porque las aves no hablan. Solo pura música.
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Anoche, más bien ya de madrugada, heló. No han sido muchos grados bajo cero, tal vez solo dos o tres, pero suficientes para que, al llegar esta mañana al huerto, la desolación de los más débiles, siempre los primeros cuando toca sufrir, alterara mi tranquilidad matinal.
Allí donde hasta ayer prosperaba un hermoso rodal espontáneo de calabazas, nacidas de las semillas arrojadas a un pequeño montón abandonado de compost, casi un círculo perfecto , hoy se desplegaba un triste escenario de hojas oscuras, amarronadas, muertas, colgando fláccidas como banderas vencidas tras la batalla contra el frío. Solo se han salvado los frutos, supervivientes natos, casi ocultos bajo la maraña de hierbajos y tallos revueltos. Los hay amarillos, o amarilloverdosos , orondos, ya maduros, repletos de sabrosa pulpa rojiza y hermosas semillas y los hay jóvenes, verdes e inmaduros cuyo triste destino ha sellado la helada.
En esta su primera escaramuza, el frío ha dejado fuera de combate a estas plantas de calabazas, a otras de deliciosos tomates, ha ajado la belleza de las pocas rosas que aún quedaban, ha pintado de amarillo la hoja de los ciruelos y agrisado lo que aún quedaba del verdor de los manzanos . Por este año, tampoco ha podido dañar ni mis pimientos ni mis judías verdes , más que nada porque Petrus, el bípedo que las parasita benévolamente, las puso a buen recaudo antes de los primeros fríos, al modo humano de esta zona , o sea , mayormente, en conserva. Los botes ya lucen, limpios y alineados, en los estantes oscuros, bien protegidos de los fríos severos y de la luz. Y a lo largo del invierno, cuando se terminen los recursos frescos, las calabazas resistentes, las tiernas hojas de las verduras, cuando ya el frío pinte de blanco el huerto, ellos serán mi supermercado particular, un supermercado que tiene como norma básica mantener inamovibles los precios mientras quede un solo bote en las estanterías. El secreto de semejante estabilidad estriba, sospecho, en el bajo costes en mano de obra que soporta esta empresa. Creo que Petrus trabaja gratis, al menos por ahora.
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Cuando la gente llega a la edad que ahora se llama de la jubilación, supongo que por el júbilo que la palabra evoca, tiene que plantearse, forzosamente, qué va a hacer con el tiempo que , teóricamente, va a quedar a su disposición…
En las grandes ciudades suele haber una amplia oferta de posibles actividades. Muchas se dirigen a mantener a los jubilados activos, mediante cursillos, actividades sociales, como grupos de teatro, pintura, gimnasia, actividades en los centro de la tercera edad, voluntariados diversos, etc, pero en los pequeños núcleos de población esto suele ser puramente testimonial. En estos lugares, casi siempre de tradición agrícola, es donde el jubilado puede y suele retomar la actividad agraria , que fue la de sus mayores y a la que, intermitentemente, ha estado dedicando algunos ratos toda su vida. En efecto, muchos han simultaneado su actividad laboral, en fábricas u oficinas, con el cuidado de algunas parcelas familiares, casas de pueblo, a menudo con huerta anexa, y es entonces, al jubilarse, cuando llega el momento de recuperar esta actividad, siempre en la medida que las fuerzas de cada uno le permitan.
Una vez decidida y aceptada, esta actividad se transforma. Lo que parece, visto desde cierta distancia, una labor amable y distendida, se complica y se extiende hasta abarcar de nuevo toda o casi toda la actividad diaria. La agenda del labrador o del horticultor aficionado, llamémosle así, es densa y exigente. Incluso en lo más riguroso del invierno, allá por el mes de Enero, ahora mismo, las tareas se superponen: Las habas han tenido que sembrarse y estar nacidas, los ajos también; la pequeña viña anexa ha de ser podada, y recogidos los sarmientos , hay que empezar a preparar los terrenos donde van a plantarse las cebolla de primavera si aún no se ha hecho, podar los frutales, grandes y pequeños, cada uno a su tiempo, recoger los restos de poda, preparar los suelos, a menudo arrancar algún árbol muerto a lo largo del año que, para una persona mayor no es un trabajo menor y suele exigir un gran esfuerzo si el árbol no es pequeño, solicitar permisos para quemar los restos de poda o preparar los depósitos de compostaje necesarios, proteger y reforzar , si las hay, puertas, vallas, tejadillos, invernaderos, semilleros, etc. Queda revisar las semillas que van a sembrarse en dos o tres meses, limpiar los canalillos, regatos y tuberías por los que se van a regar las plantas, proteger del hielo las plantas delicadas, y, por terminar la lista, limpiar y engrasar las herramientas y pequeña maquinaria que suele guardarse en alguna casita o pequeño edificio anexo. Lo de pequeña maquinaria empieza a ser un eufemismo en los tiempos actuales, tan derrochadores de energía. Hace unos días, tuve que plantearme renovar la motoazada, de más de treinta años, casi tan vieja como yo , de tres caballos de potencia y, sorpresa, una moderna del mismo porte luce ahora unos hermosos siete caballos… con un consumo igual o menor. Todavía lo estoy pensando, más que nada por el cariño que los treinta años de convivencia han debido crear entre hombre y máquina, supongo. Como vemos, el descanso del jubilado, si elige esta opción de ocupación de su tiempo, deja de ser lo que parecía. No obstante, es un trabajo sin jefe, sin horario impuesto y sin observadores críticos que no sean, aunque tampoco es poco, la familia y los amigos. Las satisfacciones son enormes: la salud mejora, el carácter se dulcifica, los malos ratos disminuyen y, como retorno, la fruta, las verduras y hasta algo de buen vino de cosecha propia ayudan a sobrellevar los calores del verano, los fríos del invierno y, en buena parte, a llenar la despensa a lo largo de todo el año. Y si además, le queda un sitio para criar gallinas o conejos, el júbilo del jubilado puede llegar a ser completo.
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A partir de ahora, a medias con el conejo que me parasita a mí durante todo el año , recolectaré lo que va quedando, ya muy poco, de las fragantes zanahorias , la fresca y desconocida borraja de tallos y hojas cubiertos de aguijones minúsculos, las grandes hojas de acelga amarillenta que no teme al frío y otras delicatessen que no nombraré para evitar ser prolijo.
Y este invierno también haré leña de uno de los árboles más viejos del huerto, un gran manzano de mocetas , manzanas medianas, de piel áspera verde grisáceo que recuerda algo a la del melocotón, un árbol que conocí ya tan grande como es hoy, con cinco o seis años míos . Los grandes gusanos de la carcoma han horadado con decenas de túneles sus ramas y hasta un feo hongo ha colonizado sus entrañas, floreciendo cada otoño en un enorme sombrero pardusco, asquerosamente viscoso, que me apresuro a destruir apenas nace...
Le diré adiós con la nostalgia que solo puede sentirse en el campo, entre criaturas absolutamente inocentes y benévolas, nacidas para servirnos de alimento , cobijo y calor y que jamás se niegan a cumplir su destino, hermosos árboles. Aunque se me van muriendo aparentemente , casi uno cada año, en mi corazón tengo un huerto abonado de afecto y agradables recuerdos , donde todos y cada uno de ellos, grandes y pequeños, tienen su lugar. Si vivo muchos años, acabará siendo un huerto amable, dilatado y hermoso, que regará una acequia parecida a la misma acequia de siempre y que me servirá de refugio cuando, por fin, también a mí me llegue la hora definitiva del descanso. En ese huerto descansan ya, acunados por mi memoria agradecida, un gran peral de Don Guindo, otros manzanos de variadas clases y el gran chopo que presidió desde siempre mis tardes del verano. Enhiesto y vigilante, solo se rindió cuando la erosión u otras causas que sospecho fueron minando sus raíces a la vez que se iba desmoronando el terraplén que separaba las dos fincas adyacentes. Este año han muerto dos higueras gemelas que, con sus troncos enlazados en un abrazo secular, han dado frutos hasta ahora desde tiempos que no puedo precisar. En las tardes de invierno, cortas y gélidas, mientras podo lo que debe ser podado y recojo los restos que deben ir al compost, aún imagino sus perfiles , sus frutos y algunas anécdotas que a lo largo de los años, cada uno de ellos protagonizó.
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Acabo de escribir un comentario en un diario local donde se informa que se ha puesto de moda en NY el cultivo de lechugas y otras especies comestibles en terrazas, azoteas y balcones...
Aunque supongo que el asunto es, en conjunto, como el chocolate del loro, y que tales cultivos no alterarán sensiblemente los balances de la gran ciudad, sí son una muestra más del incremento de la sensibilidad de la gente ante los problemas medioambientales. Al tiempo que animaba en mi comentario a los interesados en esta actividad, les recordaba que estos métodos son como tener una mascota que cuidas y atiendes y a la que le puedes sacar un filete de vez en cuando. La mascota perfecta.
Bajando de las terrazas y con los pies en la tierra, ayer por la mañana planté cuatro pinos piñoneros en un pequeña finca ( pieza llamamos aquí) que poseo a seis o siete kilómetros de mi casa. Proceden de una plantación de quince o veinte que realizó uno de mis hijos hace unos años y que han prosperado, mal que bien, en unos briks de leche hasta medir hoy entre treinta y cuarenta centímetros de altura...
Me quedan, por tanto, como una docena para los que necesito urgentemente encontrar acomodo en piezas, ribazos o baldíos propios. Esta es una actividad que he desarrollado permanentemente desde hace muchos años. Cuando mis hijos eran niños, muchos paseos matinales de domingo eran para recolectar bellotas de coscoja, encina o roble y ayudar a la madre naturaleza enterrándolas directamente en el humus del sitio que nos parecía más apropiado, generalmente cerca del árbol que los produjo. Supongo que a lo largo de esos años , cientos de pequeños seres vegetales habrán nacido y crecido como resultado de estas actividades. A algunos les seguí la pista y puedo asegurar que es una sensación deliciosa sentirse un poco " padre" de esos plantoncillos que solo tú conoces y que pugnan por sobrevivir a veces en ambientes secos o difíciles. De alguna forma te sientes uno con la naturaleza e incluso parte de su maquinaria vital.
Aquí queda la sugerencia para cuantos tenéis niños , salud, y la necesidad de encontrar algo interesante para las mañanas del domingo. Un millón de familias paseando por el campo podrían plantar unos cuantos arbolitos cada año si los ayuntamientos colaborasen preparando un poco los terrenos y aportando, en lo posible, aguas de riego para los primeros años del cultivo, hasta que las raíces penetraran en los suelos lo necesario para encontrar humedad...
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Como por estas latitudes ( 40ºN ) ya no hay mares demasiado calientes, las borrascas que nos cruzan son más bien tibias y bienhechoras... sólo de vez en cuando, como parecía ocurrir los dos meses anteriores, alguna se desmanda y nos obsequia con ráfagas de viento por encima de los cien kilómetros por hora, tal vez en algunos momentos los ciento cuarenta, pero no dejan de ser episodios muy aislados. Los diarios españoles bautizaron a alguna como la "tormenta perfecta" y otras palabrejas impresionantes, pero me temo que, como ocurre a menudo, estos fenómenos son lejanamente parecidos a los verdaderos ciclones y huracanes tropicales. Basta comparar las imágenes que nos sirven los medios de comunicación. No obstante, para mis pequeños amigos del huerto, estos episodios no dejan de ser inquietantes. Acostumbrados a la buena vida, al riego fácil y al abono, les falta entrenamiento, ese esfuerzo frecuente que hace que el músculo se mantenga fuerte y poderoso, en forma frente al desafío... No necesitan anclar sus raíces profundamente en el suelo en busca de anclaje, humedad y alimento, y sus ramas y brotes no han conocido más vientos que los que les trae alguna tormenta ocasional en el estío. Con un equipo así, bien alimentado, de hermoso y saludable aspecto pero rigurosamente desentrenado, va a ser difícil enfrentarse a una tormenta seria , aunque no sea del todo perfecta. La anterior, hace un par de años, me dejó un par de comprobantes, ambos en coníferas, que todavía siguen escoradas 45º a sotavento ( hacia el Este ) como testigos de la violencia que la madre naturaleza esconde a veces tras su tierna mirada azul. Esperemos que esta vez no nos mire demasiado airada. Lo digo porque esta mañana he plantado sesenta cebollitas compradas en el vivero, tiernas y jugosas, con un pequeño haz de raicillas blancas, una linda imagen de la fragilidad. Han quedado hincadas en los surcos, y regadas ligeramente para que se puedan adherir a la tierra e iniciar su desarrollo con más facilidad. No creo que el viento de la próxima madrugada las desarraigue, nunca lo ha hecho, pero aún han de soportar heladas nocturnas, amaneceres fríos y, probablemente, algunos días de sed por despiste de su dueño . A veces siento una enorme admiración por la ruda solidez de ciertas especies, como estas humildes cebollas, cuyo nombre no recuerdo haber leído en ninguna oda a la cebolla o en un verso, que sin belleza , sin color , sabor, sin olor agradables , más bien haciéndonos llorar, acaban presidiendo la mayoría de nuestros guisos. ¡ Honor, por tanto , y gloria a la cebolla, humilde y tierna, princesa de la olla !.
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Un serinus serinus ( mejor diría una ), verdecilla para los amigos, ha anidado esta primavera en los lugares de siempre, o sea cerca de los robustos setos de yedras, vides y otras ornamentales que crecen apiñadas formando gruesas paredes de verdor. Este año ha montado su nido, con cuatro huevecillos, a caballo del tallo principal de una parra que surge de uno de los setos para extenderse unos metros hasta enlazar con otro similar un poco más al Este. No le sobra estabilidad, porque el tronco de la vid se extiende horizontalmente enlazando ambos setos y es precisamente en esa zona libre donde lo ha construido. Como los sarmientos de la parra siguen creciendo, cada día que pasa son más fuertes los efectos del viento y el nido parece un barquito endeble oscilando peligrosamente a cada embestida. El hecho curioso es que mamá verdecilla permanece inmutable en su sitio, asomada por el borde pero bien asentada en su nido, a menos de dos metros de altura, cuando paso por debajo, rozando las hojas y las ramas, a veces acompañado de una motoazada escandalosamente ruidosa, varias veces al día. Cada vez que paso me paro unos segundos y la miro, allí arriba, cuarenta centímetros escasos de pico a nariz , sin que de muestra alguna de inquietud, más bien parece intrigada por mi conducta mientras su único ojo visible me examina y, supongo, identifica y reconoce. Eso sí, de vez en cuando abandona la tarea, supongo que para repostar, al menos hasta hoy, a despecho de un par de sospechosos cernícalos que suele deambular por la zona con las peores intenciones.
Ya he reforzado la estructura de sostén del pequeño nido con un par de apoyos , no sea que el cierzo desbarate alguna tarde todo el proyecto vital del pequeño inquilino del parral. Y tengo para mí que este pajarillo tan confiado no puede ser otro que el polluelo sin plumas que rescaté del suelo, cercado ya de hormigas asesinas, y que volví a colocar en su nido, escorado treinta grados , y solo a unos metros de donde hoy cuidaría su puesta... Supongo que, si lo es, como parece, en su código pajaril de identificaciones me señalará como su particular equipo de rescate o, como decimos los humanos, el voluntario de Protección Civil que lo sacó del apuro..
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Mamá Naturaleza puede ser un ama de casa eficaz pero no es una madre corriente, más bien creo que no es ni siquiera mamá de nada ni de nadie. Nos gusta darle ese tierno apelativo, supongo que para ganarnos su supuesta amable protección, pero mucho me temo que las cosas vayan en otra dirección, ya que la realidad nos ofrece a menudo una perspectiva muy distinta, inesperada en ocasiones, a veces irónica e incluso cruel.
Cuando el otro día vinieron a visitarme a mi huerto unos parientes con niños, me encantó enseñar a los pequeños un nido de verdecillas con su trío de pequeños habitantes, emplumados ya, aunque todavía no voladores. Pero al hacerlo, uno de ellos , asustado, se lanzó al vacío, cayendo en la espesura de yedras y plantas del seto. Decidí dejar el asunto en paz y solo al caer la tarde asomó el fugitivo por debajo del seto corriendo desalado sobre la tierra limpia en busca de otro refugio. Previendo el peligro que supone la omnipresencia de mi gato, me apresuré a rescatarlo y devolverlo al nido, pero ¡ horror !, al intentarlo, los tres polluelos se fugaron al unísono ocultándose en la espesura del seto.
Supe que seguían allí al día siguiente porque se oía su piar, e incluso advertí cómo uno de ellos corría acompañado de uno de los padres en busca de otro refugio, pero me temo que alguno haya caído en manos, más bien en garras, de mi gato Mochi, que a veces está encantado con ciertas costumbres de mamá Naturaleza. Me queda, con todo, un regusto de culpa por haber intervenido, con buena voluntad pero en exceso, en un proceso, el de la cría de esos pajarillos que, de otro modo, hubiera terminado mejor. Estoy seguro que el próximo nido estará a cuatro metros de altura, a cien metros de mi huerto y en lo más recóndito de cualquier espeso matorral. Es lo que yo haría, queridas verdecillas. Afortunadamente, pasado el tiempo, hoy puedo afirmar que varias parejas de esas mis queridas verdecillas siguen anidando en el huerto y en las mismas zonas e incluso en los mismos setos y en los mismos árboles donde lo han venido haciendo desde siempre, a pesar de mis interferencias, siempre bienintencionadas...
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Salí, como muchos otros, de las fiestas de Navidad, con unos kilos de más y el firme propósito de remediarlo sin tardanza, que me está costando mucho lograr . Y me topo de pronto por ahí con un artículo que preconiza la dieta de insectos para un futuro más viable y dichoso. Ciertamente los tengo un poco olvidados. Llevo bastantes días sin verlos ni sentirlos, seguramente latentes bajo unos centímetros de tierra u ocultos en las grietas de los troncos o en las cajas de fruta que duermen apiladas en mi pequeño almacén. Ni de lejos barruntan que los humanos anden planeando convertirlos en microfiletes, hamburguesas de insecto o nutritivos aditivos para nuestros calditos invernales... asunto, por otra parte, técnicamente complicado, dado su tamaño habitual. Eso creen los infelices, porque no tienen ni idea de nuestra capacidad científica y nuestro conocimiento de los entresijos de la vida. Y ni pueden imaginar una ingeniería genética modificando, por ejemplo, al esbelto saltamontes para dotarlo de un par de hermosos muslos, mejor de cuatro o seis, cada uno con 250gr. de apetitosa proteína digestiva y saludable. Será el futuro pollo de las masas , el saltapollo, que con el grillopollo y media docena más de especímenes novedosos remediarán definitivamente el hambre de un mundo con treinta mil millones de habitantes...
A menos, claro está, que de una vez por todas aparezca, por fin, un depredador eficaz que nos mantenga a los humanos en los justos límites de población. Y no hace falta que sea muy grande. Estos meses ronda por aquí un ensayo en forma de virus, bastante eficaz, pero espero que sea otro ensayo fallido. Y me alegro por los insectos, porque en el fondo se que me necesitan. Sin mí y mis labores de escarda, siembra y poda, no podrían disfrutar de las delicadezas de la cereza, el aroma de las fresas, el vigor de las habas, el sabor de las manzanas, las ciruelas, los melocotones, las uvas... que comparten conmigo más o menos amistosamente. Que descansen tranquilos en sus precarios refugios hasta mediados de Abril. Entonces, evaporadas las locas ideas que provocaron el champán y las uvas de final de año, y recuperadas las temperaturas primaverales, retomaremos nuestra vieja, relativa, pero necesaria, amistad.
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Sumergido, más bien ahogado en el mar confuso del cambio climático, mi huerto se debatía, hace solo un par de meses, en un frío intenso, dentro, por supuesto, de la relatividad del frío, ese concepto de algo inexistente al que hace posible la existencia del calor. No fueron más que algunos grados bajo cero ( centígrados) pero insistentes a lo largo de los días, producto de los vientos que llegan o del atlántico norte o de centroeuropa y, más allá, de las románticas estepas rusas, que dicen nuestros hombres y mujeres del tiempo. El caso es que por esos días había yo podado trabajosamente un par de hileras de coníferas ornamentales que crecieron demasiado, y había decidido quemarlas, previo permiso legal, desde luego. Y aquella mañana helada, todavía verdes y frescas, las ramas se resistían al fuego con inusitada energía. Al principio, de la pira brotaba un humo blanco, espeso, casi sólido, de un acre olor a incienso, sin llama, pero constante. Solo al cabo de un buen rato y de varios intentos fallidos logré que el fuego se materializase en algunas llamaradas rojizas que, por desgracia, insistieron varias veces en autoextinguirse ahogadas en la espesa columna de humo. Estoy seguro que su místico olor a incienso perfumó esa mañana la vida de muchas gentes lejanas y penetró bajo las puertas de ermitas e iglesias de la comarca que celebraron ese día la festividad del fuego sin saber por qué. A mediodía, después de varias horas de labor, todavía quedaba un hermoso montón de brasas mezcladas con hojarasca renegrida y ramas a medio quemar. Opté por cubrirlas de tierra, ahogando así la combustión y convirtiendo los restos en rico carbón vegetal. Pero he ahí el problema. De pronto supe lo que significa tener el terreno helado. No había tierra suelta disponible, ni siquiera agua líquida para apagar los rescoldos. Todo lo que en la vida cotidiana, el ochenta o el noventa por ciento del tiempo, consideramos evidente y disponible se había volatilizado. Mi huerto helado era un huerto distinto al habitual, no entendía mi lenguaje ni respondía a mis actos. Era el amigo dormido que no responde a nuestra llamada urgente. Pero había, casi siempre la hay, una sencilla solución. Desplacé una zana de brasas a un lado y bajo ellas encontré la tierra caliente, ya sin hielo, incluso humeante, que necesitaba. Algunas, eso sí, bastantes, paladas de esa tierra tibia transformaron los restos en un precioso minivolcán, con sus laderas terrosas, sin vegetación, como de quinientos milímetros de altitud, que expresada en milímetros hasta parece un poquito imponente, rodeada su cumbre de humos y vapores, negro sobre blanco , calientes y hasta peligrosos , más que nada por aquello del monóxido de carbono. En la mañana siguiente seguía ahí, pero ya anulado por la nieve y la lluvia que regaron mi huerto. El suelo, embarrado a la vista, conservaba todavía a algunos centímetros de profundidad una dura capa de tierra helada, hosca e impenetrable que perduró, supongo, una semana o dos, hasta que las yemas del almendro declararon, al abrirse, que la primavera, mi fiel amiga, estabaa punto de llegar. Entonces derribé el volcán, y sus restos, como ocurre con los de verdad, fecundaron mi tierra y alimentarán nuevas vidas. Todavía queda, en la zona que soportó la hoguera, un rastro negruzco de tizones pequeños y trazas de polvo de carbón vegetal. Son los restos de mi volcán .
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Esta primavera no está siendo muy benévola conmigo. Varias incidencias de todo tipo, pandemia incluida, aunque no graves, me han impedido atender bien las labores del huerto. La hierba, sobre todo la hierba, la omnipresente y lozana hierba, se ha extendido como una plaga y dominado hasta los más escondidos rincones. Ha sepultado las borrajas, asfixiado los puerros, ahogado los jóvenes ajos y las cebollas, inundado los alcorques, los caminos y los setos vivos , las vides y los rosales, con su engañoso precioso manto de verdor.
Pero por fin, y después de días de trabajo duro, un montón de horas de cortacesped todoterreno y, lo confieso, veinte litros de mezcla herbicida aquí y allá , he conseguido recuperar una parte del orden que otros años solía reinar en mi parcela. Y mientras yo me afano en amortizar el tiempo y las opciones perdidas por el retraso en las labores, la primavera , sin problemas de salud, sigue su eterno programa, incansable y hermosa. Ayer, primer aviso, algunas nubes rodantes desfilaron haciendo sonar los tambores del trueno y dejaron caer las primeras gotas tibias de la temporada, veinte grados a la sombra. Y ayer también, casi en horas, los tres cerezos que sombrean la casita se cubrieron de un deslumbrante blanco vestido nupcial. Solo durará unos días, prudentemente, porque se haría insoportable admirar tanta belleza mucho tiempo. Y esta mañana, en el alboroto matinal de las aves, también se ha oído el canto melodioso del mirlo, tal vez el mismo mirlo músico que cada año me trae de no se qué lejanos lugares, una de esas melodías simples pero misteriosamente hermosa, a la que llamo canción de mi verano. Traducida al lenguaje musical humano, la de este año suena así: do re mi re do do la. Como no conozco el código en que se expresa ese lenguaje musical y florido, tan solo puedo intentar una respuesta amistosa a ese armonioso saludo de la naturaleza. Sería ésta: sol la si la sol sol do. En do mayor. Es lo que tiene ser aficionado a la música , que con el tiempo, todo, hasta el pensamiento abstracto, deja traslucir Mi La Do musical.
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Tengo la costumbre de utilizar varillas cuadradas de hierro de 12 ó de 14 mm de lado para señalizar el comienzo y el final de los surcos de cada cultivo, clavándolas fuertemente en el terreno . Teniendo en cuenta que el hierro es conductor y que en verano, con las debidas excepciones, las tormentas eléctricas son frecuentes en esta zona , me planteé la conveniencia de sustituir esas varas por otras de algún material no conductor... no fuera que , con el terreno húmedo, se transformaran en pequeños pararrayos que, en vez de pararlos, sirvieran para atraerlos y darme un buen disgusto. Sin embargo, ni la madera ni el plástico, los más accesibles, presentan la rigidez y resistencia del hierro o el acero, así que decidí mantener el hierro, porque, entre otras funciones, su resistencia es útil para tensar las guías que mantienen enhiestos algunos cultivos altos, como tomates , y otros más débiles frente al viento, como los pimientos . Sea como fuere, ahí estaban, desafiando la tormenta, mientras y, precavido, me refugiaba prontamente en la casita junto a la acequia, por si acaso...
Pero el hecho es que, un poco después de tomar esta decisión, leí en alguna parte que existen unos pararrayos digamos preventivos, basados en el funcionamiento de un condensador eléctrico, de modo que el aparato se estructura como uno de ellos. Cuando la nube cargada, digamos positivamente , sobrevuela el aparato, éste, o al menos su parte superior, en vez de emitir electrones para neutralizarla , creando de paso el canal de descarga potencial, quedaría cargado positivamente, de modo que se dificulta una descarga hacia el o desde el suelo... Mi sistema antirrayos práctico, llamado chapuza tecnológica por mis amigos, consiste en colocar sobre la punta de la vara metálica un cilindro aislante ( frasco de plástico sin el fondo ), y sobre él otro metálico ( bote metálico sin su tapa). De ese modo, las cargas quedarían así, en el ejemplo descrito: La nube ( zona baja) positiva induce cargas negativas en el suelo, pero estas cargas, en la punta de la varilla aislada por el frasco, inducen a su vez cargas positivas en el bote metálico que se enfrenta a la nube. Nada de canal guía para la descarga, supongo. Es un condensador de baja capacidad, eso sí, pero con sus tres componentes básicos, armadura suelo, aislante y armadura bote. Espero que no lleguéis a leer en lo sucesivo alguna noticia como ésta: " Un agricultor aficionado , también aficionado a la ciencia práctica, ha resultado alcanzado por el rayo mientras faenaba entre pararrayos caseros de su invención. Las autoridades han iniciado una investigación para saber si la infección, perdón, la afición, está extendida y hay otras personas en peligro." Como en este foro abundan el saber y la afición por la ciencia aplicada, además de la teórica, espero de la benevolencia de alguien que, si ando errado, me corrija cuanto antes, que no son éstos temas para jugar con ellos. Saludos.
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Hace un par de meses, con el huerto en pleno preparándose para la primavera inminente, compré una motoazada, que es máquina de gran utilidad, la que ayuda en las labores más duras, de arado, en los suelos. Hace unos años, cuando todavía la mano de obra no suponía un costo excesivo, era frecuente que la compra viniese unida a la visita de un técnico vendedor que la traía, la montaba, la ponía en marcha, y te hacía una prolija demostración de las bondades. Ahora, cuando la mano de obra supone una carga económica más importante, la mayoría de los productos comprados, sean sencillos o complejos, suelen venir perfectamente embalados en sus cajas, semimontados, casi como una sencilla mesa o una silla cualquiera. Puedes sentarte, abrir cuidadosamente la caja, en este caso todo un cajón, ir sacando los componentes, y siguiendo paso a paso el libro de instrucciones de montaje, en una hora, o dos, según tu experiencia, tal vez lo consigas. No medí el tiempo, pero lo conseguí; monté la máquina, le eché aceite al cárter, gasolina al depósito , revisé los tubos del combustible, el filtro del aire, y algún detalle más y, casi como en una botadura de yate barato, tiré de la cuerda del arranque…. y milagrosamente, arrancó. Hasta la probé un ratito arando unos metros cuadrados, y me pareció que sonaba bien, con ese chasquido de motor nuevo que corresponde en estos casos… Todo casi perfecto, pero… de pronto, casi sin querer, leo la pegatina que señala el cubicaje del motor: 79 centímetros cúbicos ( 79 cc), y ese número me pareció raro sin saber bien por qué. Miro la factura, que deambulaba por el suelo, removida por las rachas de viento de la tarde… y leo, 98 cc. De 79 a 98 hay una diferencia de 19 cc, algo así como un 20 por ciento. Y eso es mucho. Es como haber comprado un coche de cien caballos y llevarte a casa uno de ochenta. En mi caso puede suponer un caballo menos, que es cantidad notable y muy digna de tenerse en cuenta. Como, por otra parte, la horquilla de control me quedaba un poco alta, traté de ajustarla moviendo un tornillo de ajuste que llevaba al efecto. ¿ Que qué pasó ?. Pasó lo que, ya puestos, debía pasar. Que tenía tres posiciones posibles pero los agujeros no se correspondían y solo podía colocarse en una, precisamente, y hasta sospechosamente, en la que venía premontada. No les voy a aburrir con los problemas que siguieron a ese par de descubrimientos ni les voy a citar la marca y el fabricante Las máquinas que se llaman nuevas casi siempre tienen problemas: a menudo algunos pequeños, de vez en cuando alguno más serio y una vez al decenio, varios problemas serios a la vez. Como me ha tocado a mí, he caído en la tentación de contarlo aquí. La calidad asegurada, el buen hacer y la precisión no parecen virtudes humanas. Cuando no es la chapa, es la pintura, o el cable cortado, o una conexión floja, o un golpe en el transporte, o varias a la vez. Y es que, bien mirado , la probabilidad de que una máquina esté perfecta es el cociente entre los casos favorables, uno solo , y los casos posibles, al menos tantos como piezas, conexiones y montajes con posible defecto lleve incorporados. Entonces, amigo mío ¿ cómo voy a quejarme yo, que planto una fila, con 30 plantitas de tomate, que parece fácil tarea y, vistas de frente, no consigo alinear bien ni tres seguidas ? Qué horrible diferencia con esas otras maquinitas de precisión que tengo en el huerto , minúsculas pero perfectas , pintadas de todos los colores, con sus antenas diseñadas cuidadosamente, sus alas transparentes siempre dispuestas al vuelo, sus depósitos siempre llenos, sus, sus… y su precio, tan ridículo comparado con sus prestaciones. Si, lo han adivinado, se llaman insectos. Y todos de la misma marca. Casi divinos.
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Después de unos meses secos y extraños, con alternancias continuas de frío y calor, pero casi siempre sin lluvia, a veces un escuálido litro por metro cuadrado cada mes, por fin han caído las primeras gotas un poco gruesas, unos modestos quince litros por metro cuadrado que he medido en mi también modesto pluviómetro, un bote ya vacío, de melocotón en almíbar, cuidadosamente colocado en un lugar alejado de cualquier obstáculo que pudiera alterar su precisión. Venden en cualquier tienda del ramo preciosos medidores de lluvia en plástico de colores, con formas y diseños profesionales, y precios proporcionales al volumen de la cartera del diseñador, casi siempre desproporcionados a la sencillez del objeto. Usamos por estos lares decir, para significar lo simple de un artefacto: " tiene un mecanismo más sencillo que un sonajero", ya saben, una cavidad en la que se agitan unos granos de arroz o unas piedrecillas para distraer al bebé. También, e incluso con más propiedad podríamos decir que es más sencillo, cosa imposible, que un pluviómetro. Ya se que el mío debería prever las salpicaduras y la excesiva evaporación, pero para un usuario corriente, que solo pretende conocer cuánto ha llovido la noche anterior, por ejemplo, basta un diseño elemental. Lo que sí debe saber el usuario, y el libro de instrucciones así lo indica, es que el recipiente conviene que sea cilíndrico y colocado en lugar aislado y algo elevado para que no recoja, y nos engañe con ello, las salpicaduras que ocurran en su entorno. Respecto a cómo efectuar la medición, y ya que estamos en un foro a veces casi o del todo científico, dejaremos que lo descubra el lector. De todos modos, si pasados diez minutos de cálculo, para el que pueden usar calculadora manual, no han llegado a una solución, daremos una pista: cada milímetro de altura que alcance el agua recogida en el bote significa que ha llovido la cantidad de : palabras desde la vigésima cuarta de este post. Espero que no lo haya necesitado. Como en algunos lugares caen a veces hasta trescientos litros de una vez , queda claro que cada uno tiene que diseñar su medidor adecuándolo al clima de su zona. Para mi huerto, modesto en esto del llover, me basta un bote sencillo: ¿ a ver de dónde saco yo un bote de melocotón en almíbar de 300 mm de altura ?. Con semejante tamaño, y no es broma, tengo para casi todo el año, porque en mi huerto, sobre todo en verano, y a veces durante más tiempo, lo que abunda es la sed. Aunque no me quejo porque, gracias a Dios , cuento con la acequia que, en unos minutos, podría inundar mi huerto con más de medio metro de agua… Bien mirado, ¿para qué quiero yo un pluviómetro ?
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La primera tormenta seria aunque algo tardía de este año agrícola pasó sobre mi huerto en la tarde de ayer. Como yo andaba por la cocina fregando platos , no estuve al tanto de los preparativos, hasta que un primer trueno me avisó de su proximidad. En esta zona, suelen llegar desde el suroeste, disimuladas entre un laberinto de nubes con apariencia inocente hasta que, en pocos minutos, se define claramente la típica estructura tormentosa, oscura, extensa y amenazadora. Arriba, muy arriba, las cimas blancas del cúmulo madre, como yo lo llamo, derramándose en cirros helados y por debajo miles de metros de ominosa oscuridad creciente cruzada de rayos y truenos , una mezcla confusa de sienas, marrones y grises, cada vez más tintados de azules oscuros y negros, hasta definirse la oscura cortina que anuncia la llegada de la precipitación. Ayer, fue un repentino estruendo de granizo seco ( el que no está húmedo de agua ni mezclado con lluvia ) sobre la cubierta del porche y el tejado , un desconcierto brutal e inesperado que duró solo cuatro o cinco segundos. Luego, de pronto, otra vez silencio. Sensación de susto . En realidad, no había identificado el ruido cuando me asomé por la puerta al mundo exterior. Más bien lo había relacionado con el ruido de mil bolsas de plástico algo rígido manoseadas y estrujadas a la vez... Luego, unos cuantos segundos más tarde , volvió el granizo conocido, la lluvia violenta , el viento que tira las pequeñas frutillas sobrantes de mayo y nos ahorra el trabajo de eliminarlas, las cosas que caen, las que el viento se lleva, las que se mojan indebidamente, las ropas al sol que hay que recoger con urgencia , la ventana abierta que bate peligrosamente... Cuando la tormenta pasó, enseñándonos desde el nordeste los flancos de sus torres nubosas y las grises cortinas de lluvia y granizo que azotaban otros campo, era el momento de recoger el revoltijo de objetos arrastrados, desatascar el desagüe del tejadillo que aún chorreaba agua sobre el asador y admirar, una vez más, la belleza y la fuerza de la madre Naturaleza. Detrás de mí, al otro lado de la caseta de mi huerto, la acequia se volvía rojiza por momentos, drenando ya las torrenteras de las colinas, los tejados de las bodegas, los surcos anegados de las viñas...
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Ayer, en un periódico local español, apareció una noticia esperanzadora para el futuro de nuestros bosques, estos días cercanos al verano, cuando la sequía estival que ya asoma y algunos incendios forestales recurrentes vuelven a recordarnos que nuestros árboles viven " en libertad condicional". Más de cien personas, en una pequeña localidad cercana, han participado estos días en una plantación popular de árboles para recuperar un paraje deforestado. Noticias como ésta son una bocanada de aire fresco en este desolado panorama de incendios que nutre las portadas de nuestros diarios y los servicios informativos cada semana, provocados por pirómanos, rayos, descuidos de agricultores, hogueras abandonadas , barbacoas improvisadas o simples colillas de algún visitante despistado. Y se me ocurre que además de a pagar nuestros impuestos una vez al año, sería interesante que se nos pudiera obligar a cada ciudadano a plantar un árbol al año. En un país como España, con unos cuarenta millones de nuevos árboles anuales ( 40M) , y a veinticinco ( 5 x 5 ) metros cuadrados por árbol, tendríamos un total de 40M x 25 = 1000M de m2, o sea mil kilómetros cuadrados reforestados cada año... A ver si alguien nos anima a hacerlo.
Y volviendo al quehacer diario, esta vez de incendiario legalizado, estos días tengo que acudir a quemar los restos de poda de un olivar fronterizo con zonas de monte bajo. Además del permiso del Ayuntamiento local debo contar con el visto bueno del guarda forestal de la zona. A quienes no tienen que pelear con el fuego en estas circunstancias les será difícil imaginar cómo corren las llamas cuando alcanzan una zona de material combustible bien seco y polvoriento y la sensación de impotencia que parece imponerse ante la furia de ese elemento desatado o tan solo a la posibilidad de que se escape a nuestro control. Llevaremos agua y cuantos elementos nos sea posible. Luego, esperemos que el viento no se espante en alguna ráfaga traidora que arrastre las llamas más allá de nuestro olivar. Alguna vez ya lo hizo. Y allí no tengo el apoyo y la seguridad del caudal firme y poderoso de la acequia de mi huerto, que hoy nos envía sus saludos desde la tranquilidad soñolienta de una soleada tarde primaveral , a solo unos cien litros por segundo...
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Se acerca el verano. El verano es a menudo por estos lares meteorológicamente neutro, con pocas tormentas, escasos vientos, algunos rayos y truenos, pero bien dotado de calor, calor y más calor, tanto que a menudo queda tan solo una actividad a realizar sin falta: regar, regar y regar, para devolver a las plantas el agua que pierden , de pie al sol desde el amanecer al crepúsculo, en un tormento semejante al del reo sujeto a la estaca tostándose al sol en el patio de la prisión o en pleno desierto . Y en esta tarea incansable que solo ha terminado cuando el otoño ha traído las primeras lluvias, veo que las plantas, aún bien cuidadas y alimentadas con el agua de la acequia , decaen progresivamente hasta que un chubasco una tarde cualquiera les aporta unos litros de benéfica agua de la lluvia. Entonces, mejor al amanecer siguiente, se observa el milagro : los pimientos se enderezan, las hojas brillan con nuevo verdor, los frutos se esponjan y colorean, la hierba crece de nuevo sin medida... en una explosión de vida ligada siempre a la presencia del agua de lluvia de verano. Y he pensado, ya que este fenómeno se produce siempre, en la posibilidad de que el agua de riego, caliza casi siempre, obture, al igual que ocurre en las lavadoras y lavavajillas, con sus depósitos de cal, los finísimos poros por donde las raicillas absorben su alimento del suelo. Cuando el agua destilada de la lluvia los limpia , las funciones se recuperarían y empezaría un nuevo ciclo renovado.
Como tengo agua de lluvia recogida, pienso en experimentar directamente regando con ella algunas plantas para observar los resultados. Si alguien que lea esto lo hace, puede comparar resultados regando dos plantas iguales con agua caliza y con agua de lluvia. No se si funcionará tan radicalmente como lo presento, pero probemos...
Y para finalizar, dentro de la agenda de actos y actores en el festival de cada verano y sus visitrantes ilustres, citaré hoy al protagonista musical del estío, el inevitable mirlo cantor de melodías ignotas aprendidas a la luz de la luna, apuntaré la presencia en mi acequia de un hermoso lución gris, de casi treinta cm de longitud, caído en el barro del fondo y en peligro inminente de muerte por ahogamiento apenas las aguas crecieran un poco, y un lindo pajarillo oscuro, lo supongo una curruca juvenil, que aguantó mi presencia a escasos treinta centímetros de mi cara, mientras emitía su suave llamada doble ps ps , observándome cuidadosamente durante unos segundos que me parecieron interminables. Salvado el lución del ahogo, en apenas unos segundos lo pierdo de vista agazapado entre la hojarasca donde lo he depositado. Está aquí, me decía, pero es invisible, hasta que un ligero movimiento lo delata. Encontrar un lución, o una rana es para mí una buena señal, porque demuestra que aún son capaces de sobrevivir entre el hormigón, los pesticidas, los residuos vegetales arrojados al agua y la dejadez de algunos de los que cobran por impedir que desaparezcan del todo; y que un pajarillo se me acerque sin temor, casi un milagro.
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Hace unos días, un fuerte temporal de agua y viento acompañado de tormentas ha irrumpido en mi país, y de paso ha inundado varias veces mi huerto con más de cien litros por metro cuadrado. Al mismo tiempo, el granizo, de tamaño considerable, ha perforado hojas y frutos. Aunque son fenómenos siempre esperables de la meteorología terrestre, también son siempre temidos y lamentados por quienes conocen las tareas agrícolas y los esfuerzos necesarios para llevar a buen puerto los cultivos. Los efectos de la lluvia son muy diferentes en función de la forma en que se produce. No es lo mismo soportar 100 l/m2 en veinte minutos que si caen en 24 horas. En el primer caso, lo que sucede es que la tierra no puede drenar el agua y ésta se acumula en la superficie, se arrastra en busca de salida y con ello remueve los terrenos, inunda los caminos y los surcos, rebosa las acequias y a menudo entierra en el fango los tallos terminales de las plantas rastreras o jóvenes, que quedan así dañados, a menudo definitivamente. Ocurre, sin embargo, que el ciudadano corriente actual, ese que vive en las ciudades y solo ve el campo como un lugar de esparcimiento o deporte, carece de perspectivas reales, más allá de ese divertimento o de la estética que se le ofrece en los medios de comunicación. Cuando ocurre una tormenta violenta, el urbanita no suele percibir las pérdidas sufridas, los daños en las propiedades, las muertes de animales y plantas, quedándose a veces en la mera admiración del espectáculo que nubes inmensas, rayos y truenos suelen representar. Sea como sea, una vez más, queda por delante una semana al menos de trabajos de recuperación y saneamiento, de control de daños, tratamientos fitosanitarios, reparación de surcos y regatos, arado del terreno y otras tareas menores, incluido el replantado en sustitución de plantas muertas. Traducido al lenguaje urbanita más sencillo, las cebollas subirán de precio , así como los melones, las sandías y los frijoles, simplemente porque habrá menos producción y los urbanitas suelen, solemos, comer todos los días, y por una ley simple de economía, si la demanda se mantiene ( esa manía de comer todos los días) pero la oferta decae ( habrá menos producción ), el resultado es que los precios suben. Hasta mi acequia, que estos días baja rellena de aguas rojizas de tierras arrastradas , lo entiende. Y como no hay mal que por bien no venga, como dice el refranero, entre todo este batiburrillo de desgracias encontramos algunas ventajas: mis amigos los pulgones han desaparecido, las frutillas , aunque golpeadas, se han lavado, las hojas lucen ahora más verdes y brillantes y, cuando acabe de reparar todo, recuperaremos, sin duda, el encanto del verano, las noches estrelladas, la algarabía nocturna de los insectos del vecindario, y la delicada e ignota canción nocturna del mirlo, esa maravilla estival que, por ahora, a la espera del buen tiempo, aún no ha mostrado, pero que, como siempre, espero que sea noticia este verano.
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Y ahora llega el mes de julio, y con él el calor, que suele alcanzar por estas latitudes de los 40º Norte su máximo durante los próximos quince días, hasta cuarenta grados centígrados ó alguno más... Ya sabemos que los 35º húmedos son el límite de supervivencia para un humano normal, y para un anciano bastante antes. La razón es que en esas circunstancias el cuerpo humano no puede refrigerarse con el sudor y su temperatura se eleva forzosamente hasta morir. Es lo que se llama golpe de calor. En tal caso, no queda otro remedio que mojarse con agua fresca para que la evaporación refresque algo la piel, bañarse o ducharse y beber agua... Hoy los diarios publican que una ciudad pakistaní ha rebasado los 50ºC, al mismo tiempo que zonas canadienses de latitudes más altas que los 40º N superan con mucho los 40º centígrados,. exponiendo a sus poblaciones, poco preparadas para soportar calores, a incidencias de salud graves. Aunque las poblaciones de zonas cálidas y áridas suelen ser resistentes al calor, también suele ocurrir que su equipamiento para resistir valores extremos es débil e incluso a veces ni disponen de energía eléctrica...El asunto es demasiado serio como para que lo olvidemos, sobre todo si somos responsables de niños o personas mayores, cuyos reflejos a veces les impiden darse cuenta de que se están exponiendo al sol con exceso o no beben suficiente líquido.... Verano sí, vacaciones, los que puedan, si, pero siempre con mesura, serenidad y prudencia. Ya sabemos que no es lo que proclaman los medios en muchas ocasiones, que tienden a presentar el verano como época de fiestas, excesos, baile y excursiones, escaladas, playa y cerveza, al final todo ello negocio para el anunciante. Feliz verano, piem, a ti y a tus amigos del huerto. Que tu acequia baje a rebosar de agua limpia y fresca y la animen pececitos plateados, como seguramente ocurrió, se dice por ahí, hace muchos decenios.
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Este es un verano suave, por ahora, aunque, como corresponde, con algunos inesperados vendavales. La zona de mi huerto no es muy dada a estos excesos de la naturaleza. Situado en una extensa depresión natural de unos quinientos metros de altura media sobre el nivel del mar, cercada al norte y al sur por sendas cadenas montañosas de alturas medias de mil y dos mil metros respectivamente, los vientos fuertes y las lluvias copiosas tienen sus dificultades para llegar hasta aquí, de modo que en casi todo resulta mesurado y a veces hasta humilde . Recién llegado de ver una película de Tolkien, yo llamaría a esta zona una especie de Tierra Media, hogar de hombres desde hace milenios, mezcla de iberos, celtas, romanos, árabes y, sobre todo, vecinos repobladores, cada vez que las razias de unos u otros la despoblaron decenas de veces... en fin, un amasijo tal que hoy, los hombres que la habitan, son eso, sin más, y nada menos que, hombres. Afortunadamente, ni orcos ni trasgos, solo algún imitador, ni trolls, ni elfos ni hobbits, ( salvo uno, tal vez, disfrazado, las noches veraniegas de luna llena, de mirlo cantor ). Y sin noticias de Frodo, Gandalf o Gollum, sin datos de dragones, héroes ni villanos. Pero bien poblada, al menos en mi huerto y si no lo remedio a tiempo, de trips, gusanos de alambre, de psilas tan insidiosas como inocentes, de piojos de San José ( supongo que porque aparecerán hacia su fiesta, en marzo) expulsados de algún Belén milagrosamente la noche de Navidad, cada año, casi seguro, y que suelen aterrizar en primavera en mi huerto en hordas , en escuadrones innumerables, de variados pulgones, lepidópteros de belleza engañosa e infancia tenebrosamente viscosa, de dípteros , hemípteros, himenópteros, arquípteros , ortópteros, coleópteros, de todos aquellos seres que en mi infancia pertenecieron al mundo virtual de lo fantástico. Todos, sin falta, están hoy aquí, pasando revista ante mí, como un ejército en parada marcial, algunos amistosos , ¡ hola abejas !, enemigos casi todos los demás, y dispuestos al combate por la vida apenas el sol y el calor se lo permiten. Mientras tanto , yo debo afilar mis armas poderosas, encerradas en bolsitas y frascos cuyas etiquetas ellos no saben interpretar, aún, y ajusto mis máquinas portentosas cuyo funcionamiento se basa en las mismas leyes que a ellos los mantienen vivos. Maravilloso mundo , hecho de leyes intocables, pensarán, si piensan, pero gobernado, a su escala, por un enorme ser maligno que pasa su tiempo forjando y afilando sus armas para enfrentarse a ellos. Probablemente me llamarán El Malvado, pero no me importa. En realidad, según las últimas investigaciones de la Biología, solo soy su controlador, y el que ayuda a que sus especies mejoren, evolucionen y sobrevivan. Pero no me lo agradecen nunca esos desdichados... Tal vez por eso les persigo.
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También yo tengo un huerto, en realidad tengo dos : uno cerca de mi casa, al que llego por autobús, y otro a casi veinte kilómetros. Creo que no necesito explicar cual de ellos está bien cuidado y cuál está un poco abandonado. De este último debo decir que no tiene una acequia sino un canalillo de riego que, dada la escasez de agua y las severas normas de riego subsiguientes, solo puedo utilizar una hora a la semana. El resto del tiempo, haya agua o sequía, hay que conformarse con ver pasar el agua y esperar, aunque haya sed, a que llueva. Así que en este huerto solo tengo árboles , árboles que no necesitan apenas riego y que reciben algún cuidado de vez en cuando, tal vez una vez cada dos o tres meses al año, así que unos años, la mayoría, dan frutos pero, también de vez en cuando, como ocurrió el año pasado, sufrieron una grave acometida de hongos en las hojas y se cubrieron de manchas marrones... casi como si participaran a su manera de la pandemia del coronavirus que mantenía alejado y en vilo al amo del huerto. Como resultado, uno de ellos ha muerto y otro languidece amarillo en gran parte del follaje. Esto de tener un huerto y no poder cuidarlo es doloroso, porque de un modo u otro, los seres que lo pueblan, los árboles, son un poco como de la familia: No tienen nombre como un perro o un gato, pero sí un apodo: mis árboles se llaman cosas así: El Grande es eso, el más alto y productivo, con altas ramas entrando a saco en alguna terraza vecina; El Segundo es el que le sigue en posición y porte y que ahora languidece; El Birrioso es un tercero, el que ha muerto; y así sucesivamente: Conozco uno por uno cuándo se plantó, de qué vivero procede, la variedad y clase de fruto, y muchos más pormenores , que hacen de cada uno un ente vivo diferenciado, algo parecido, supongo, a lo que les ocurre a los pastores de ovejas, capaces de reconocer a cada una por su nombre y, a la vez, ser reconocido por ellas. Y me ocurre a menudo que, al acercarme a uno, percibo, o me imagino, su estado y sus necesidades y, no se lo cuenten a nadie, a veces también les dedico palabras de ánimo y afecto, como si ellos pudieran percibirlas. Hoy he leído una noticia en la que unos científicos han descubierto que el modesto tomate fruto avisa por vía eléctrica al resto de la planta que una oruga está atacándole. Y me pregunto: si yo puedo comunicarme con Dios mediante la oración ¿ existirá alguna forma ignota por la cual mis árboles estén conectados entre ellos ( o hasta conmigo) y se avisen unos a otros: " Ha llegado el amo, portaos bien " ?
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La vida en contacto con la naturaleza, se quiera o no, modifica sustancialmente algunos puntos de vista modernos sobre el mundo natural, sus especies y sus mutuas relaciones. Viví intensamente, durante los veranos de mi niñez, por estos pagos, en contacto constante con mis abuelos , cerca de sus animales de granja, su caballo de tiro, de nombre Noble pues lo era, su perra Canela, todo olfato y porte cazador, sus ovejas y cabras, conejos, gallinas ponedoras , cerdos, tierras y cultivos, herramientas y aperos . Cuando llegaban las fiestas, siempre había algún cabrito o cordero , siempre elegido y conocido, que animaba las comidas y las meriendas en las bodegas , amén de un par de gallinas cacareantes especialmente reservadas para tales eventos. Y en las vacaciones navideñas, casi siempre se celebraban las fiestas inacabables del lomo, la morcilla y el jamón. Recuerdo a mis abuelos en las necesarias, aunque incómodas tareas de preparar a los pobres animales para esas funciones alimenticias. No entraré en detalles, que son tan crueles como tiernos aunque parezca un contrasentido. Crueles en el destino, pero tiernos en el trato que hasta el final se dispensaba a la víctima. Pero para los niños de entonces, todo entraba en la normalidad de cada día y no había en eso ni trauma ni remordimiento. Existía una neta distinción entre la propia especie y las que nos servían, cariño en su vida diaria, pero firmeza sin arrumacos cuando se precisaba. Pero últimamente, después de media hora presenciando las aventuras y desventuras de la familia de ratitas Ratín y Ratán, tan expresivas y vivaces, tan humanas y solidarias, limpias y afectuosas, es casi imposible no sentir aversión por el raticida X o el plan de erradicación que dirige el concejal de turno de mi pueblo. Las ratas tienen nombres, los cerditos se emplean en servicios varios y hasta las esponjas del baño deambulan por la pantalla exhibiendo una humanidad fingida que los convierte en entrañables primos lejanos... Cuando al nieto de un amigo, pescador aficionado, se le llevó por primera vez de pesca, era incapaz de prender al pez sin sentir el mismo remordimiento que si hubiese capturado al ratoncito Mikey o su querida Minnie. ¿ Cómo salvar el escollo? Afortunadamente, mi amigo encontró pronto la idea frase salvadora, que el jovencito aceptó inmediatamente, para sorpresa de todos: Si es para comer, se puede. Escrita en inglés, seguramente resultaría mucho más elegante y actual, pero así, en el román paladino que aún habla nuestra gente, se entiende mejor. Y espero que este planteamiento sea legal porque de otro modo, pronto me veo encausado por el asesinato diario, premeditado y alevoso, de miles de minúsculos seres inocentes, verdes la mayoría, todos vegetarianos, a los que, en el fondo de mi humano corazón sin fondo, admiro y quiero, aunque solo sea un poquito. Pero como lo hago para comer, pues se podrá, digo yo...
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Ayer, mientras estaba en la casa y huerta de un conocido, norte de España, presencié un fabuloso espectáculo , protagonizado por seres minúsculos: la mudanza de un hormiguero en masa, miles de individuos, en tres caravanas paralelas sobre tierra y hierba, transportando, tal vez uno de cada diez, una larva o huevecillo hacia la nueva morada. Se trata de una especie de hormiga diminuta, de poco más de un par de milímetros, negra, capaz de perforar la piel con una diminuta pero ardiente picadura, y cuyo número, en los casos en que la he visto, es inmenso. Supongo que es una especie invasora, porque en los mismos terrenos en que la estoy viendo este año, han desaparecido las otras especies habituales, más grandes y bien conocidas. Ahora solo viven éstas, colonizando parcelas enteras. El desfile de ayer era de miles y miles, casi en formación, transportando, como dije, sus larvas o huevos, hacia un muro a lo largo del que se abrían numerosas bocas de hormiguero en las que ingresaban con su carga. Por desgracia, permanecí demasiado tiempo embobado mirando el desfiles y algunas se me subieron a los zapatos, luego al calcetín y finalmente me picaron. Me consta que pastan en casi todo tipo de plantas comestibles, incluyendo las flores de calabazas y calabacines, colonizan grietas de fruta, incluidos los melones y sandías , y en caso de grave sequía, las he descubierto colocando su vivienda allá donde un poco de verde o simplemente una raíz aún viva, les ofrece algún cobijo. No siendo experto en insectos, pero viviendo en contacto frecuente con ellos en terrenos de cultivo, me atrevería a pronosticar que este tipo de hormiga va a producir problemas y, sospecho, graves daños en el futuro. Sus hormigueros están tan poblados que no es posible ignorarlos. Y jamás las ví, podría estar equivocado, por estas tierras.
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Por estos campos, el invierno que ya se acerca es un tiempo generalmente calmado, neblinoso a menudo, algo triste, muy adecuado para tareas como la meditación , el ensoñamiento y la planificación, mientras el frío y la humedad de las tierras impiden cualquier otra labor más vigorizante y rentable a corto plazo. Tiempo para, al calor de la lumbre, repasar las herramientas averiadas, revisar las conservas dormidas en los armarios, remover los cestos de manzanas invernantes y otras tareas de esta guisa, incluido el obligado almuerzo matinal a las once. Hay también un pequeño estante con libros de asuntos agrícolas, amenidades del tipo El Libro de la Selva, alguna novela y otros textos más o menos modernos, más bien menos. Casi todos han sido leidos y releidos , pero recuerdo que una vez, debajo de otros, apareció uno muy interesante, sobre la historia de la comarca ( en minúsculas ), con un capítulo dedicado a las diversas ordenanzas agrarias dictadas mucho tiempo atrás, y otras curiosidades documentales desde el siglo XIV. Y tratándose de antigüedades, pienso que, de todos los elementos artificiales de mi huerto, la acequia es, sin duda, el más antiguo , que yo sepa, y hete aquí que en unas ordenanzas agrícolas ( 81 capítulos) dictadas en 1770, topé con diversos párrafos que hacían alusión a mi acequia, conocida ya entonces como Río Atayo, al parecer relacionado en el nombre de algún lugarejo o caserío por el que pasaba. Este canal de riego, como otros que recorren toda la comarca ( siempre escrita en minúsculas ) fue al parecer resultado de la estancia en ella de los musulmanes, moros en lenguaje popular, allá por los siglos IX y X . Si es así, tiene la friolera de un milenio de edad, empleado en transportar agua para alimentar a mis ascendientes y, Dios mediante, a alguno de mis sucesores en el cargo de horticultor. El capítulo 50 de dichas ordenanzas de 1770 , una especie de Partida de Nacimiento de mi acequia, empieza así: " Que las cajas de los Ríos Atayo, y siguen otros… se limpien todos los años por los dueños de las heredades confinantes, y en el término que para ello señalare la Justicia la cual, pasado dicho término, podrá nombrar personas que lo ejecuten de cuenta de los omisos....". Lo que transcribo literalmente, al efecto de dejar constancia escrita de la primera mención a la existencia y nombre de mi acequia. Para celebrarlo, pienso colocar un pequeño, aunque elegante, letrero, con su nombre completo, de modo que los paseantes y viajeros puedan reconocerla ahora y recordarla en los años venideros. No sé si podrá verse también desde Google Earth , pero ahora ya se pueden ver las berzas, los tomates y, me temo, hasta el color de la camisa de Petrus el día que el satélite lo sobrevoló sin él saberlo....
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Del cuaderno de bitácora de hace unos años... " Alguien ha dispuesto que el huerto disfrute de un año sabático. Supongo que, al fin, las peticiones de las asociaciones de mirlos y estorninos, las más ruidosas, las de pulgones, las más activas, los órganos colegiados de trips , los sindicatos de psylas y otras cuyo nombre no recuerdo, han obtenido respuesta afirmativa. Hace unos meses ya me llegó algún oficio desde las oficinas centrales informándome de ciertos problemas de salud cuya solución podría exigir algunas modificaciones del plan de trabajo anual, pero se fueron pasando los días y había olvidado el asunto. Hasta que, hace pocos meses, se me citaba para una inspección seria a la que debía acudir sin falta. Era el momento de colocar las redes antipájaros a los cerezos, proteger de pulgones los frutales, sembrar los fríjoles , judías verdes aquí, recoger las habas, volver a cortar, por enésima vez, la hierba de una primavera rebosante de lluvias ... y todo quedaba en el aire mientras no se resolviera en sentencia firme el contencioso. El inspector médico jefe me tiene, por ahora, a la espera del permiso para realizar todas esas tareas. Mientras tanto, me consta que los mirlos se están dando el gran banquete de cereza Celeste, jugosa, dulcísima y fresca, y ya han terminado con todas las precoces Burlat a las que apenas dejan madurar. También los pulgones, por miríadas, se han establecido en los brotes tiernos de los manzanos y perales absorbiendo la savia que estaba destinada a otros fines. La vida natural, en su estado puro, sin limitaciones ni orden ha vuelto a mi huerto y todos se felicitan, excepto, yo, por ello. Pero no saben los pobrecillos, sin Internet ni móvil , que la previsión del tiempo señala para la próxima quincena una agobiante ola de calor que secará la hierba y agostará los brotes sin remedio. Por fin se les acabará la abundancia primaveral , les llegará el hambre y sobre todo la sed, esa que solo mi acequia y yo, conjuntamente, podemos saciar en los largos veranos que amarillean las mieses y maduran las vides en estas tierras. Tal vez, cuando en las próximas semanas oiga cantar las cigarras en los árboles , me acordaré de ellos, pasando una sed interminable sin mi ayuda y, en el fondo, sentiré pena por no poder ayudarles. Y el año que viene, Dios mediante, me encontraré con un nuevo huerto, como un huerto virgen recién estrenado, libre por un año de insecticidas, herbicidas y todos los demás cidas ( del verbo latino occidere, matar, asesinar) que tan bien conocen mis supervivientes. A menos que el inspector médico me conceda, por fin, permiso para reanudar las labores agrícolas ... La única duda que tengo es si mis amigos del huerto preferirán pasar sed en libertad o volver a verme. Yo, en su caso, la tendría." Sigue fecha ilegible.
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Mientras permanezco alejado, por prescripción facultativa por supuesto, de mis quehaceres casi diarios en la huerta, suelo pasear con algunos de mis congéneres matando el tiempo y arreglando el mundo, que son tareas muy adecuadas a mi estado y edad. Ayer se suscitó el tema de las mascotas, al hilo de cierto suceso de crueldad con los animales que aireó la prensa estos días. Alguien me preguntó entonces si tenía alguna , porque soy hombre al que no se le conocen estas aficiones, que yo sepa, y que no ha tenido ni tiene perro que pasear ni gato que alimentar , que son las mascotas que se llevan hoy mayormente y que dan al dueño un cierto aire de bondad y, si el perro lo merece, hasta de poder y señorío. Y es que, reconozcámoslo, las gentes ligadas o aficionadas a la tierra solemos ser, en esto, un poco raras. Las que conozco no suelen tenerlas, salvo algún perro de caza bien cuidado y lustroso y, si viven en el campo o en el pueblo, el indispensable gato del que nunca se sabe si la mascota es él o el que se dice su amo. Como no tengo ni uno ni otro, al principio no supe qué contestar a mi amigo y contertulio y me quedé pensativo; ¿ será posible que no dedique nada de mi tiempo y de mis recursos a favorecer la vida de ningún animalito ? Ya se que mis labores agrícolas van a menudo en otra dirección pero no me veo dedicado solo al exterminio sistemático de plagas como un Terminator químico de penúltima generación. Repasé frenéticamente la lista de seres vivos con los que tengo relación y tardé unos minutos en encontrarla. Allí podía estar mi candidato a mascota. Apuesto unas líneas a que, por ser una mascota atípica, aunque no exótica, pero sí escuálida y frígida, solo recibe atenciones de quienes la conocemos bien. Come poco y solo de las sobras de lo que tiramos, no ladra por las noches, ni maúlla, ni hay que sacarla a pasear. No tiene dientes afilados ni veneno, ni precisa, por ahora, de veterinarios ni vacunas. Puede vivir en una humilde maceta con unos puñados de tierra, no suele escaparse y , en sus ratos libres, me ayuda en la huerta. Se que este último dato ya ha aclarado quién es, pero, por si acaso, añadiré que es uno de los pocos animalitos a los que suministro alimento y bebida regularmente, arreglo su cama y tengo cuidado en no dañar en mis andanzas agrícolas. Y tengo cientos, miles tal vez. Claro que, como casi todo en este mundo, tiene algunos defectos: es poco cariñoso, excesivamente tímido, y tolera mal las caricias y el sol, la sequía y los pájaros. Queridos amigos, un ser tan humilde como útil, he aquí a... la lombriz de tierra.
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Llevo unos días observando, cuando llego por las mañanas a mi huerto, que un perro se dedica a corretear por él sin control pisando y removiendo sembraduras y empalizadas, y agrandando cada día el agujero de la valla por la que debe entrar. Como esta situación ocurre de vez en cuando, y los paseantes con perro en el camino de acceso aumentan cada día, tendré que tomar alguna medida al respecto. Y es que , en estos tiempos en los que una ciudad de cien mil habitantes humanos se comparte con más de 10000 perros, es necesario asegurar que estos ciudadanos de cuatro patas renuncian a su ocupación favorita que es la depredación y la caza para dedicarse a las tareas propias de una mascota alegre e inteligente. Ocurre sin embargo, y cada día es noticia que, bien sea por la naturaleza del can, por desidia del amo o la mala educación que recibe, se producen accidentes o incidentes en los que vuelve el perro a su instinto y ataca al ser humano como podría atacar a una rata, un conejo o una liebre. A veces el ataque resulta mortal o de graves consecuencias y eso debiera hacer pensar a los responsables en algún procedimiento que evitaran estas situaciones. Hoy he leído en un diario que los perros son capaces de aprender una serie de nombres y obedecer una serie que mandatos si se sabe enseñarlos adecuadamente. Pues bien, de igual modo que se obliga a los vehículos a cumplir ciertas condiciones para seguir circulando, de modo que se eviten los accidentes, en lo posible, igualmente los canes y sus dueños deberían pasar inspecciones periódicas que garantizaran que el chucho de turno, aparte de buena salud, es capaz de entender y cumplir sin fallos una pequeña serie de órdenes que deberían ser universales. Pongamos algunos ejemplos: ¡ Stop !, y el can se detiene y se sienta, podría ser la primera. ¡Ayuda!, hace que el can busque al dueño y lo lleve al lugar donde recibió la orden. ¡ Dueño ¡, y el perro se va a buscarlo, Y así dos o tres más, a lo sumo, que permitan al humano controlar situaciones de peligro e impidan ataques. Y el can que no las cumpla, a casa a por la correa y confinado hasta que las aprenda, y su dueño al banco a pagar la multa.
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Aquel verano, y desde hacía semanas, mi huerto tenía un problema. Había más gente de lo habitual en su entorno, más paseantes y visitas sin motivo aparente en busca, decían, de caracoles o flores y plantas medicinales y, lo más raro, ocurrían desapariciones repetidas: desaparecían tomates maduros, uvas recién maduradas, algún melón , dos pimientos aquí y cuatro peras allá, en un goteo diario poco explicable. Me costó resolverlo, pero hoy, por fin, treinta de agosto, he bajado unos cuatro kilos de hermosos tomates maduros de mi huerto y desde hace unos días, todas las uvas penden lozanas, sin novedad, en sus sarmientos. Los fantasmas ladrones, si eran tales, de estas semanas pasadas parece que me conceden un respiro y, por fin, los frutos maduran donde antes todo era tristeza y verde esperanza ( ese color parecido al del tomate inmaduro que no consigue llegar a plenitud ). Como escribí, la investigación parece haber dado sus frutos. Definitivamente, no parece que fueran corzos, jabalíes, pájaros o cualquier otro animalito más o menos simpático los autores de los desaguisados. Pero he de reconocer que sí ha intervenido un fantasma amistoso , al que tengo que presentar. Estaba yo el otro día cavilando sobre el asunto mientras iba y venía entre calabacines, calabazas y tomates cuando, de pronto, un lejano ladrido desvió mi vista hacia las casas del pueblo y, más allá, el cementerio, entre las colinas que cierran mi particular sky line, como se dice ahora, más prosaico que otros , pero muy querido para mí... y otro fantasma, éste amigo, entró sin avisar en mi mente. Recordé a mi abuelo, con el que compartía cada año las mañanas estivales de vacaciones en este mismo huerto y del que aún queda en pie algún árbol centenario. Mi querido abuelo tuvo, en su día, problemas parecidos en otro huerto mucho más próximo a las casas del pueblo, y me había contado cómo los resolvió. Ciertamente, en aquellos años, la naturaleza era mucho más rica y abundante en vida animal que hoy, requemada de herbicidas e insecticidas y abrumada de carreteras, vehículos, humos y contaminación, y los corzos, zorros, hurones, conejos, liebres, perdices y codornices ( por nombrar amigos y enemigos juntos ) campaban a sus anchas casi todo el año por huertas y sembrados, viñas y barbechos, sin más control que los eventuales disparos de media docena de cazadores empedernidos. El huerto de mi abuelo contaba, además, con otros peligrosos enemigos reconocidos, la mayoría convictos y confesos, que éramos la media docena de primos de entonces, dedicados, en verano, a recorrer calles y campos volcados en todo tipo de actividades lúdicas y campestres que no fueran trabajar o hacer algo útil . Y los muchachos ( los llaman mocetes por estos lares ) comen muchísimo, casi tanto como se mueven. Pues bien , algunos años más tarde, en un momento de cariñosa franqueza, mi ingenioso abuelo me reveló , sentados de noche a la fresca en la puerta de la calle, cómo consiguió en su día ahuyentar los fantasmas juveniles o no tanto de sus huertos. Era un método sencillo, elemental, que acabo de utilizar y hoy, por fin, mi huerto está defendido de la misma forma ( no puedo desvelarla si mi abuelo no me lo permite ) y todo , o casi todo, ha vuelto a la normalidad. A sus medidas de defensa secretas he añadido, por mi cuenta, una puerta de fuertes ramas de conífera, bien atadas con alambre, justo en el punto por el que los fantasmas podían entrar con cierta libertad. Me queda la duda de si los fantasmas depredadores vuelan, pero creo que, en general, los míos solo caminan y, es más, añadiría que sobre dos pies. Y ¿ quién sabe? A lo mejor la puerta ha sido suficiente para ahuyentarlos. Esto de las puertas ha sido siempre muy utilizado. Por algo será.
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Compren o hereden un terrenito, arréglenlo, planten algo comestible o simplemente bonito, y esperen... No me atreveré a pronosticar qué acontecimientos pueden esperar, pero últimamente me estoy convenciendo de que la naturaleza es tan productiva, imaginativa, volátil y hasta caótica que es imposible hacer previsiones al respecto. Casi me atrevo a pronosticar que lo que ocurra sobrepasará todas las expectativas. Como ejemplo, y si decide llover, en su terrenito puede llover suavemente o diluviar, pero finalmente, un día de pronto caerá barro, ranas o , si hay cerca un tornado, hasta la cabina de un camión. Pues bien, en mi querido huerto, una vez más, lo más inesperado se ha hecho realidad, seguramente para que mi vida y mis quehaceres no sean tan monótonos como cabría esperar. Andaba yo esta temporada preocupado por mis parásitos fantasmas vegetarianos que han ido comiendo a mis espaldas lo que yo trabajaba doblándolas dolorosamente, y ya tenía, iluso de mí, resueltas mis dudas y tomadas mis precauciones para evitar daños y hurtos , cuando la sorpresa me visitó de nuevo el lunes pasado, bien de mañana.
Estaba revisando alarmado las coles de invierno, mordisqueadas hasta el tallo, las cebollitas recién plantadas y ahora reducidas a la mínima expresión de dos o tres centímetros de hoja y algunas otras señales que señalaban a los habituales sospechosos, conejos o liebres, cuando apareció el presunto ( por ahora) culpable. Es inútil que hagan conjeturas, queridos lectores. El nombre y apellidos de este personaje ( P. cristatus) son inusuales, si no es en parques y zoológicos, donde viven y crían sin ser molestados pero sí admirados. El ser que paseaba tranquilamente por mi cesped sin inmutarse por mi presencia, más bien observándome más curioso que alarmado, era un pavo real macho, elegantemente revestido ( escribir vestido no es suficiente ), revestido de toda la pompa y majestad que la realeza de su nombre exige, pequeña cabeza coronada, cuello esbelto, librea azul y verde y, el colmo de la elegancia, su propio manto real con la cola desmesurada arrastrando por la hierba recién cortada. No supe qué hacer. No me apetecía espantarlo, la curiosidad me vencía , ni siquiera sé si es legal molestarle , tampoco me pareció oportuno ofrecerle ( más) comida y no me consta que sea un buen comestible aunque sea una gallinácea y se acerque la Navidad ... Por resolver la situación, llamé a la policía local para preguntar qué procedía hacer en estos casos y se me anunció que enviaban una patrulla ( que no apareció), de modo que firmamos una especie de tregua y uno y otro pasamos la mañana juntos pero no revueltos, cada uno en sus quehaceres, él buscando comida y yo protegiendo mis verduras con redes y alarmas varias. Al cabo de un rato, desapareció entre las yedras en las fincas vecinas. Pero eso es solo el final del capítulo primero. Ayer se repitió la escena. Probablemente ha escogido el rincón más protegido de mi huerto, allí donde la gran higuera se mezcla con los pinos y el laurel para crear un ambiente oscuro, aislado y sin viento, al borde de la zona de cesped, una especie de pequeño paraíso especialmente creado para uso de y disfrute de pavos reales... ayer, eran las diez de la mañana, hielo en los pequeños charcos, estaba de nuevo en el mismo lugar. Al verme, inesperadamente, voló, mucho más ágil y rápido de lo que su tamaño y envergadura de alas parecían indicar... Media hora más tarde, curioso, me acerqué a comprobar si andaba por el entorno y, premio, allí estaba, a unos veinte metros, apostado bajo las ramas de un nogal, un relámpago azul sobre los verdes amarillentos del tiempo frío, la cabeza levantada, inmóvil, vigilándome atentamente. Hasta que me fuí, a eso de las tres de la tarde, su cabeza alta , el cuello estirado, vuelto hacia mí, me señalaba como el objetivo a vigilar mientras mi sistema telepático repetía incesantemente " Cuándo te vas a ir, bípedo feo y pesado , para poder instalarme de nuevo en mi pequeño paraíso y comer algo, que ya son las tres y la tarde es corta ". Ni hoy ni mañana espero volver, y me lo imagino dueño y señor, curioseando todas mis pertenencias y , lo que es peor, probando todas mis delicatessen... Cuando termine este episodio, ya solo me queda que caiga alguna cabina(vacía, espero) de camión, que caerá, por pequeña que sea la probabilidad..
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Cuando, como es costumbre en España, escribí este año la carta a los Reyes Magos, que llegan cargados de regalos para los niños ( y no tan niños), puntualmente, cada seis de Enero, les pedí que me libraran de mi pavo parasitante, una belleza animal tan hermosa en los parques urbanos como inútil en los huertos familiares. Hoy es seis de Enero de 2014 y, con su delicadeza habitual, Sus Majestades me han resuelto el problema de esa forma suya que parece siempre natural pero que los devotos hispanos del seis de Enero solemos catalogar por lo menos como mágica. El hecho es que desde hace una semana, día arriba o abajo, las raídas cebollitas iniciaron un lento crecimiento bien visible, las arrasadas y escuálidas coles y bróculis empezaron a desarrollar un centro foliar sano y lustroso y las acelgas o lo que quedaba de ellas a empujar hacia fuera la red que las protegía ( es un decir ) del afilado pico de mi real amigo, detalles todos muy esperanzadores ... Pero hay además otro que comentaré aparte, por su curiosa aplicación final. Hace dos o tres semanas, recorriendo la huerta, mi bota izquierda se hundió en lo que en ese momento me pareció una bien desarrollada boñiga de vaca. Como es difícil que semejante animal pase desapercibido, supe enseguida que la extrema delicadeza y elegancia de mi real visitante le obligaban a ser sumamente cuidadoso con las funciones fisiológicas habituales y tal vez sus propios pajes se dedicaban a depositar sus reales desperdicios en un lugar discreto y bien delimitado , casi secreto, lo que convertía ese lugar en el mejor testigo de su presencia y, es más, de sus hábitos alimenticios. Así un día tras otro, hasta el pasado jueves, la firma orgánica atestiguaba que el rey seguía reinando en mi huerta. Sin embargo, a partir de ese día, el monarca ha faltado a la ceremonia de la firma, hasta hoy. ¿ Allelluia tal vez ?. Si la pesadilla ha terminado, como soy hombre empeñado siempre en sacar provecho de las buenas y de las malas situaciones, he encontrado un par de ventajas y ó aplicaciones al asunto. Una, que dispongo de una pequeña cantidad de abono orgánico de buena calidad que habrá que aprovechar, y dos, que como el susodicho monarca era asiduo comensal de las hermosas calabazas de mi vecino, de lo cual tengo constancia cierta, dispongo así de buenas semillas para la próxima cosecha. Solo me queda esperar que el allelluia sea definitivo y que mi ex pavo real haya pasado a mejor vida, en el sentido literal de la frase, no sean ustedes mal pensados.
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Un amigo mío tiene en su jardín un gran depósito de plástico de unos 200 litros de capacidad que utiliza como reserva de agua para los momentos, sobre todo en verano, que ésta escasea. Me cuenta que, desde hace unos años, tiene en ese depósito unos cuantos peces de colores que utiliza como recurso para librarse de las miríadas de mosquitos que poblaban el jardín y que en su mayoría procedían de larvas criadas en ese único depósito de agua que existe en él. Así que optó por colonizarlo con tres o cuatro carpas rojas a las que alimenta regularmente y de las que disfruta viendolas evolucionar, acudir prestas cuando toca la señal de comer, con tres golpecitos en el lateral, y disfrutando de algunas características morfológicas que van desarrollando a medida que crecen. Pues bien, desde hace unos días, grandes heladas nocturnas han hecho crecer una gruesa capa de hielo en la superficie del agua del depósito, y hace dos días mi buen amigo encontró a sus peces en la superficie del agua, justo bajo el hielo, en una extraña posición, que le hizo sospechar que estaban muertos. Afortunadamente no era eso, pero mi amigo rompió rápidamente el hielo, tuvo que utilizar un hacha, y los peces, aún vivos, se ocultaron rápidamente. Pensando en lo ocurrido le comento a mi amigo que probablemente la capa de hielo impide la oxigenación del agua, el intercambio de gases con el aire, y los peces se encuentran faltos de oxígeno. Esperamos que la rotura del hielo haya resuelto el problema y los peces sobrevivan sin percances mayores al frío invierno de este año. En el intervalo me he enterado que cada uno de los peces, no más de seis, de mi amigo, tiene nombre, han sido donaciones de los miembros más pequeños de su familia, y alguno posee una historia digna de ser contada. Y con eso me explico el redoblado interés que demuestran los peques de su familia cunado aterrizan por el jardín, dirigiéndose de inmediato, apenas llegan, a saludar y dar de comer sin mesura delicatessen humanas a sus respectivos y escamosos amigos. Oxígeno no tendrán, pero seguro que en el fondo del depósito abundan los hidratos de carbono, las grasas saturadas y hasta las proteínas. Menos mal que mi amigo, buen conocedor de los poderes del sistema de sifón, drena de vez en cuando los fondos…
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Hoy, por extraña fortuna, ha amanecido un día helado pero radiante, todo azul. Ni siquiera el viento del noroeste traía sus nubes habituales desde el cercano mar Cantábrico. Ya cerca del mediodía, con la brisa ya templada por el sol, un hálito de primavera recorría el huerto resaltando las yemas hinchadas, preparándose para la próxima estación. Casi todo está en orden, cada cosa en su lugar, cada actor en su tarea. No obstante, de la que fue la pesadilla de pavo real, hoy felizmente desaparecido, quedan todavía variados testimonios. Aunque bastantes plantas se han repuesto casi milagrosamente, otras, demasiadas, que debían servirme de alimento invernal, lucen raquíticas e inútiles, apenas sin hojas, como esperando la firma del gobernador para pasar por la sala de ejecuciones. Afortunadamente para ellas, no soy amigo de hacer más daño que el estrictamente inevitable, de modo que las dejaré recorrer todo su ciclo vital, pues no necesito la tierra que ocupan y todas y cada una son, en definitiva, compañeras de viaje en esta aventura inenarrable del vivir. Y todas, con más empeño que éxito, están intentando recuperar su manto de hojas que el villano les arrebató. Hay una, un brócul de apenas veinte centímetros de alzada, con solo media docena de hojas, con sus nervaduras blancas ribeteadas de verde, todo lo que le ha quedado, que me ofrecía esta mañana una inflorescencia de apenas cuatro centímetros de diámetro. Era como uno de esos dibujos torpes y casi simbólicos de nuestros niños , que para ellos son obras de arte, ofreciendo con ternura y afecto todo lo que son capaces de hacer. Al ver ese gesto de ofrenda, de un fruto que no podré aprovechar, he sentido compasión por el pequeño brócul que, sin quejarse, me ofrecía ese diminuto , y para mí inútil, obsequio. Por ello, y en recuerdo de las vicisitudes pasadas, yo, a mi vez, le he ofrecido unos granos de abono adicionales... para que sobreviva y disfrute en lo que pueda del huerto y la acequia, del sol y las lunas, la luz de los días y la sombra de las noches, el viento y las calmas, el silencio de las madrugadas heladas, la lluvia y la nieve y el sonido de mis pasos, mi compañía y mis cuidados, pues a fin de cuentas, tan solo soy el administrador temporal de ese pequeño y maravilloso mundo que es mi huerto. Hoy la acequia, a tono con el día, lucía una hermosa corriente tachonada de brillos y azules , tal vez más de cien litros por segundo del agua fría y limpia como cristal que acostumbra a llevar en sus largos y silenciosos inviernos... Y antes de irme del huerto y encomendarlo, a él y a mí, al Dueño que cuida del huerto del mundo, me he despedido de mi pequeño brócul con un sincero " hasta mañana, que pases un buen día".
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Se dice que la generosidad obtiene siempre su premio o, al menos, a menudo. Y hoy me refiero al pequeño brócul o brócoli, que en esto del campo cada uno llama a sus plantas por su nombre, el que le adjudica. Es el de mi post anterior, indultado por su inocencia y su buena voluntad, que hoy, aún casi sin hojas, presenta una inflorescencia notablemente mayor, como si me quisiera agradecer, con su esfuerzo por crecer, la oportunidad de sobrevivir que le di. Pero eso me crea un pequeño, insignificante, pero atroz dilema: me lo como cuando llegue su momento o lo dejo para simiente. Pero, ¿ cómo devorar un ser al que le has perdonado la vida y, en caso contrario, cómo dejar para simiente a un ser defectuoso y sin el desarrollo adecuado ?. Y es que hasta estas cuestiones aparentemente insignificantes presentan alternativas, como si la propia vida fuera una continua sucesión de opciones , a menudo contrapuestas, entre las que es necesario optar, en un ejercicio permanente de libertad y esfuerzo por encontrar y tomar la decisión adecuada. Y eso sin contar con las dificultades que el tiempo y la meteorología, la edad y la salud, las emociones, las situaciones familiares y sociales imponen al sujeto a la hora de decidir. En un quehacer aparentemente tan sencillo como la agricultura familiar, el sencillo huerto de frutas y verduras, ocurre exactamente lo mismo: planeo labrar la tierra el lunes, pero en su lugar tal vez haya que fumigar los manzanos urgentemente, si planeo quemar restos de poda el martes, habrá que decidir si el viento no producirá situaciones de riesgo grave a una plantación vecina; si regar el miércoles por la tarde, después de una mañana de caudal jubiloso en la acequia, transcurrirá la tarde con apenas un hilo de agua; si podar el jueves , tal vez convenga reparar antes el tejadillo averiado o las tijeras de poda o la toma de agua ; si fumigar el viernes urgentemente algún tipo de planta, se habrá terminado el producto adecuado en la tienda ... Afortunadamente el sábado amanecerá radiante y templado , perfecto para terminar los trabajos pendientes , si no fuera porque, precisamente ese sábado, es el último día para presentar la declaración de la renta ... Claro que todo esto parecen solo ejemplos, pero tan reales como la vida misma, esta especie de examen permanente que pasamos los humanos en el que las cuestiones y problemas son casi siempre los que no esperamos. Yo llevo años y años haciendo el mío, y aún debo estar pendiente de aprobarlo, porque sigo encontrando esas preguntas sin respuesta clara todos los días
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En la parte de mi huerto que linda con la acequia, una línea de unos veinte o veinticinco metros , planté hace unos años una fila de coníferas ( de cuyo extraño nombre, ¿piceas? casi nunca me acuerdo, ), coníferas que han prosperado rápidamente, gracias a la valla que las defiende de paseantes y curiosos y a las aguas de la acequia que discurre a menos de un metro de sus pies. El caso es que sus altas ramas, a pesar de las podas, constituían ya una muralla de sombra para los demás árboles de la zona , mis tres higueras gemelas, tres en uno, tres cerezos semienanos y algún pino raquítico en edad de crecer sin conseguirlo. Todos, sin excepción, afectados por la falta de luz . Así que estos días los he dedicado, con alguna ayuda , a podarlas generosamente y a quemar los restos, unos cientos de kilos de troncos resinosos , ramas y hojas olorosas, en la habitual pira primaveral donde van a morir todas las ramas, ramitas, brotes y hojarasca residuales del año agrícola anterior. El día de la quema es casi una festividad laica en mi huerto. Se comienza preparándola con la petición de permiso en el ayuntamiento, que lo concede para quince días, y con unas condiciones establecidas por ley que vienen a prevenir cualquier incidente previsible en estos casos: limpieza de la zona y sus aledaños, ausencia de viento, disponibilidad de agua a mano... Cumplidas todas ellas, el incendio controlado se inicia pronto, antes de las diez de la mañana y se continúa lo largo del día con el aporte sucesivo de cargas de combustible, de modo que el fuego no sea demasiado potente como para ser peligroso, pero tampoco tan débil que haya que renovarlo a menudo. A eso de las tres de la tarde cesa el aporte y la hoguera arde un tiempo hasta agotar todo el combustible ligero y productor de llama. Luego queda un cono de materiales carbonosos y carbonizados que sigue quemándose lentamente durante unas horas más dejando, al final del día, un montón de cenizas blancas y humeantes. A las cinco, por ley, debe terminar la operación y los restos son cubiertos y mojados para asegurar el fin de cualquier combustión posterior. Como se ve, todo tan pulcramente diseñado que, si se cumple y salvo fuerza mayor, se excluyen casi todas las posibilidades de incendios no deseados. Las cenizas que resultan, mezcladas con el compost del año, serán después un excelente abono para la próxima cosecha. Y esto del fuego agrícola me recuerda la situación de este mismo país hace treinta años, decenio arriba o abajo: pasaba yo mis vacaciones en un pueblecito de montaña y por las tardes veía volver a los apriscos a rebaños y pastore,s en un desfile bucólico al que solo faltaba el detalle de la música ambiental ... y le sobraba otro que paso a describir... Mientras el rebaño desfilaba hacia el pueblo, el pastor ( más de una vez ) iba encendiendo pequeños fuegos a lo largo del sendero, de modo que al ir oscureciéndose la tarde, el camino de regreso se poblaba de pequeños ( por fortuna) incendios en la hierba y matorrales de los pastos. Por entonces, esta costumbre se justificaba, al parecer, por la conveniencia de renovar los pastos por el fuego ¿?. Naturalmente, por pura probabilidad, en alguna ocasión presenciaba algún que otro incendio vespertino en los bosques cercanos, como no podía ser de otro modo. Hoy, por fortuna, existe un rígido control que suele evitar estos trances, aunque siempre quedan algunos locos pirómanos contra los que es difícil luchar. Y pasados unos días, si no llueve, volveré para quemar lo que aún queda pendiente y con esa hoguera, si arde bien, se quemarán los últimos restos del año que terminó. La nueva generación está ya esperando su turno y los brotes primaverales inundan las ramas de todos los frutales, promesas vivas de un verano feliz. Hasta la procesionaria del pino , puntual como todos los años, ha anclado otra vez su nave pirata camuflada de hermoso y sedoso nido en la rama más alta, pero me temo que terminará naufragando, como suele ocurrirle casi todos los años, apenas me percato de su presencia...
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Esta primavera, tiempo de siembras y plantaciones, mi huerto conoció una novedad digna de reseñarse. Todos los años, uno de los mayores trabajos a realizar es la lucha contra las malas hierbas, que pululan incansables, asociadas a todos los demás cultivos. El fenómeno más notable es el que se produce apenas se filtra el agua del último riego. Un par de días más tarde, la zona húmeda se reviste de innumerables plantitas recién nacidas, apenas unos milímetros de alzada, reclamando todas su lugar bajo el sol. Naturalmente yo no estoy por la labor de aceptar ese reparto y suelo , cuando puedo, terminar con el problema de manera rápida y eficaz. Pero no importa, una semana más tarde volveré a regar y también de nuevo aparecerá una nueva generación verde esperando su oportunidad. Como el fenómeno es recurrente, tengo que pensar que las semillas vienen con la propia agua de riego en su mayor parte, de modo que, sin un filtro adecuado, el problema no tenía fin... hasta ahora. Este año, la mayor parte de mis plantitas útiles han nacido en campos de plástico negro, perforado para darles acomodo, con su sistema de riego incluido y que, al privar de luz al suelo de debajo, impide prosperar a las hierbas dañinas.
Los resultados vienen siendo espectaculares, si exceptuamos el precio del plástico, naturalmente, pero como me han asegurado que dura al menos cinco años, dividiremos el coste anual por esa cifra para tranquilizar mis aprensiones. Por lo demás, el tamaño de las plantas, libres de sus competidoras, ha sido notablemente mayor, y los frutos, también. Además, al estar el suelo aislado del ambiente, no se produce tanta evaporación, y las necesidades de agua y riego han sido mucho menores. Algún inconveniente debe tener, pero por ahora y a primera vista no le veo muchos. Estoy pensando en extender el sistema a los árboles, cubriendo un círculo en torno al tronco que los libere de la hierba permitiendo un riego y abonado más aprovechados. Los grandes beneficiados del sistema parecen haber sido los caracoles y babosas, que han proliferado escandalosamente bajo la protección de los plásticos, creando verdaderos campos de refugiados en las zonas más protegidas y ocultas, permanentemente húmedas y tibias. Pero solo hasta que los descubrí una mañana desayunándose mis fresas y otra madrugada royendo las hojas de mis lechugas. Ya se que también son un poco sus fresas y sus lechugas de siempre, pero ¿ qué quieren que les diga ?, también yo se y saben ellos que, haga lo que haga y elimine los que elimine, ellos seguirán siendo mayoría en mi huerto, donde estoy siempre en escandalosa minoría. Menos mal que aun no se ha democratizado la agricultura. Mientras yo me debato en estas pintorescas y alimenticias lides, la acequia sigue imperturbable su trajín diario, pero un tanto preocupada por el descenso de la demanda de agua de mi huerto. Como a veces hablo con ella, he podido explicarle el asunto y creo que me ha comprendido. Así, además, le he dicho, llevarás más agua, tendrás más vida y serás más útil a otros, que estas cosas, amiga mía, son las que, en definitiva, justifican nuestra existencia y alimentan nuestra felicidad. También la mía.
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Muere la tarde en la terraza que se abre sobre mi huerta a los cuatro puntos cardinales. Ya no hay sol , y en la azulada oscuridad creciente que llega del Este, allí arriba, muy arriba, hacia el sur , se iluminan de rojo las cimas de una serie de cúmulos enlazados creciendo desde la semioscuridad del suelo. Como el día ha sido caluroso , húmedo y sin viento, espero verlos crecer hasta formar una tormenta veraniega, que a esas horas es todo un espectáculo de luz, sonido y, si se tercia, de efectos especiales. Desde mi hamaca, los pies en alto, me dispongo a asistir al desarrollo de un documental en vivo y en directo, en 3D pero sin gafas supletorias , pantalla superpanorámica de dimensiones cósmicas, y todos los efectos adicionales que se puedan imaginar : trillones de píxeles, mil millones de colores, sonido estéreo, viento, temperatura cambiante con la escena, rayos y truenos y, tal vez, lluvia y granizo. Génesis y desarrollo de una tormenta vespertina, creo que sería un título adecuado. ¿ Alguien puede superarlo en calidad y precio ?.
Después, ha habido un poco de todo. El argumento ha tenido sus momentos de suspense, cuando un fuerte viento en las cimas de los cúmulos, tal vez por encima de los cinco mil metros, ha comenzado a arrastrar hacia el Este la masa de nubes más elevada, desgajándola de las corrientes ascendentes que la nutrían. Pero unos minutos más tarde, restablecida la calma, se reanuda el proceso. Pronto una gigantesca protuberancia blanca como la nieve comienza a crecer en el centro de la formación nubosa, como un monstruoso hongo atómico de pesadilla o mejor como una inmensa coliflor inofensiva y refrescante, rodeada, mucho más abajo, de las oscuras cortinas nubosas de su cohorte de nieblas. Luego, cuando su cima alcanza zonas más altas , allá por los diez mil metros, se corona de cirros helados y entonces, de pronto, el relámpago nace en su seno, desatando toda la violencia acumulada en sus enormes corrientes de viento internas, sus fenómenos eléctricos aun poco conocidos, sus condensaciones masivas, sus explosiones de granizos, lluvias y nieves. Retumba el trueno y nos llega como el saludo de un amigable monstruo lejano que nos reconoce al pasar de largo esta vez... Y entonces aparece uno de esos efectos especiales que dan tanta calidad a los productos de este canal de televisión que a diario nos ofrece la Naturaleza. El de hoy ha sido un rayo. No un rayo normal, si es que existe tal cosa, con principio y fin en la nube o en el suelo, no. Hoy ha habido un rayo que ha salido de la nube y ha desaparecido en el aire, a, calculo a ojo, tal vez un kilómetro de la pared nubosa, en una zona diáfana, sin nubes ni nieblas, después de una trayectoria prácticamente horizontal, desvaneciéndose en una Y , como la lengua bífida de una serpiente. Tan solo una vez creo recordar otro caso similar, en una nube enorme, solitaria, de base muy alta, avanzada la tarde, por tierras de Lleida, desatando sus iras en cientos de rayos, algunos de ellos de esta guisa. Poco después ha cesado la actividad y, como ocurre a menudo, descargada la energía, todo se resuelve en unas cortinas de lluvia y un poco de viento refrescante en la oscuridad creciente. Y entonces me he dado cuenta de que todos los habitantes de mi huerto me han acompañado en mi espectáculo, y al mismo precio que he pagado yo. Lo se porque de pronto he sentido el enorme silencio que me rodeaba. Ni siquiera podía oir el continuo y suave murmullo de mi acequia... y me he imaginada a los pulgoncillos, las mariposas de la col, los caracoles, los grillos, asomados al borde de las hojas o desde las ramas o sus escondites, admirando conmigo en la tormenta el poder y la belleza del mundo que nos acoge. Solo entonces, unos minutos más tarde, se ha reanudado la sinfonía de ruidos nocturnos habitual en los veranos de mi huerto. El hermano grillo ha dado la señal de partida y todos, un tras otro, le han seguido. Cuando , ya noche cerrada, he salido del huerto, todos los sonidos de la noche estaban en marcha. Y yo me pregunto ¿ cuándo duermen ?.
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Ayer subí a mi huerto a terminar de plantar las cebollitas de primavera que aún quedaban por hincar. En un momento dado tuve que subir a la pequeña terraza donde guardo algunas herramientas y utillajes varios. Entonces vi, con incredulidad, que un gran ladrillo que yo había colocado sobre la cubierta del agujero de una antigua chimenea, hoy en desuso, había sido lanzado al suelo y roto en cien pedazos. Me resulta difícil imaginar al violencia del viento necesario para mover ese ladrillo desde su estable posición, pero he de confesar que estos sucesos no son demasiado raros. Nunca, en mi ya larga experiencia campestre, he visto un viento así, pero sí que he notado efectos viollentos que, parece que siempre, suelen ocurrir cuando no estoy. Hace años, un vendaval en la comarca me dejó una picea con unos 20cm de tronco, doblada, y así sigue, ahora con más de 40 cm. En otras ocasiones, algunos ladrillos que coloco aquí y allí para dar apoyo o seguridad a plásticos o tablas, suelen aparecer removidos, volcados o desplazados, pero el de ayer era especialmente grande y pesado. No se cómo lo hace, pero algunas ráfagas de viento tienen que ser especialmente violentas y, en la oscuridad de las noches, que imagino , deben dar. sencillamente, miedo. Además estos días han aparecido varios cuerpecillos de gazapos, conejos pequeños, devorados, entre las yedras. Supongo que la pareja omnipresente de milanos están haciendo su agiosto aunque ahora sea noviembre, entre la numerosa población de conejos que pulula por la zona. Sea como sea, parece que las noches de mi huerto no son tan tranquilas y pacíficas como me gustaría imaginar. Mejor dormir en casa.
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Los huertos y el campo en general saben poco de noches tranquilas. Es más, creo que las noches son cualquier cosa menos tranquilas. Los asesinatos de gazapos que cuentas, seguro que se perpetran de noche, , cuando la víctima cree que el asesino duerme. Unos amigos míos han colocado cámaras de vigilancia en sus huertos , de esas que se activan con el movimiento de algo cercano, y es una delicia revisar sus grabaciones, casi todas nocturnas. Una de ellas muestra un jabalí cruzando la escena a la carrera mientras sus ojillos brillan porque mira hacia la cámara, en otra un corzo pasta tranquilo cerca de ella, y entre las diurnas hay varias de pajaritos curioseando la misma máquina, o picoteando la rama de al lado, o el gato del vecino acercando su hocico al objetivo, sin respeto alguno hacia la tecnología que le observa, etc etc. Pero el caso más notable de estos días procede de uno de ellos, al que le estaban robando manzanas. Al examinar la grabación, ha detectado que los ladrones son una pareja de vecinos, de una casita aislada y próxima, y que los muestra recogiendo manzanas con toda tranquilidad en una caja mientras miran al árbol con mirada inocente, suponemos que para ver cuántas están próximas a madurar, listas para la siguiente ocasión. Ahora el problema del robado está en cómo se lo dice a los autores del robo, si les presenta o no la grabación, les pide la devolución de la mercancía, lo deja pasar o los denuncia, etc. Si sé algo más, piem, espero comunicártelo.Y de paso, puedes reforzar la puerta o la valla de tu huerto.
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Era el día de la cosecha del maíz. Pero no se hagan ilusiones ni se imaginen un trajín que no existe. Esto es lo que escribí en mi cuaderno de bitácora. Mi maizal, este año, ha consistido en cuatro plantas , cuatro, de la variedad comestible cocida, comprada exprofeso para probar sus cualidades en una región donde es prácticamente desconocida. A una mazorca por planta, he recogido tres porque una se ha malogrado por no se qué razones. Y como suelo tener tiempo suficiente si lo busco y soy aficionado a medir y calcular, me he puesto a contar los granos de la más desarrollada. Con cuarenta círculos a un promedio de quince granos por círculo ( usando de media el equidistante de los extremos ), he obtenido un resultado de seiscientos granos de maíz, nacidos, todos, de uno solo. Buena marca. Hay una escena del Evangelio cristiano en la que Jesús de Nazaret , hablando del trigo, propone un máximo rendimiento de ciento por uno, y me pregunto si hubiera hablado del seiscientos por uno en un entorno en el que el maíz hubiera sido conocido...
Mientras admiro el poder de generación de este cereal, siento que mis dos grandes cerezos se agitan inquietos sin apenas viento, como si quisieran llamar mi atención al respecto. Y es que, llevan razón, a lo largo de la vida productiva de algunos árboles, y el cerezo es una buena muestra, de una sola semilla de cereza pueden surgir, a tres gramos por cereza, treinta kilos de frutos anualmente durante más de treinta años. Eso nos da la increible cifra de casi una tonelada de fruta por árbol , un millón de gramos, trescientos treinta y tres mil frutos nacidos de uno solo que fue sembrado en su momento, varias o muchas veces el rendimiento del maíz...
Llegado a este punto, y abrumado por el peso de los números, he decidido cambiar de tema y recoger mis calabazas, que ya lucen sus amarillos cuerpos orondos sobre un suelo sin hojas donde los tallos rastreros parecen las venas de una mano muerta... Eso sí, cada planta, cada semilla, sólo me ha producido , como mucho, dos o tres calabazas. Ahora bien, como cada una de ellas, este año , está pesando casi veinte kilos, la tentación de volver a sacar la calculadora o el lápiz, se vuelve irresistible... veinte kilos por dos frutos son cuarenta kilos, cuarenta mil gramos, procedentes de una semilla de medio gramo... eso es un rendimiento de ochenta mil por uno, lejos del cerezo pero muy digno para un solo años de trabajo...
Decidido a proclamar rey del rendimiento a uno de estos candidatos, reparo en una diminuta mosca de la fruta posada en mi mano, la drosofila, que estropea mi fruta madura, ayuda a avinagrar mi vino y pulula a millones en las tardes de otoño, cálidas y tranquilas, de mi huerto...
Arranco la hoja donde he garabateado mis números y mis errores, escribo: coronación pendiente, y la clavo con una chincheta en el tabloncillo de corcho de detrás de la puerta
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Traigo aquí un comentario en mi diario, de hace unos años, ahora que el dinero europeo, dicen, llega a mi país, España, para ayudar a su recuperación. Y lo único que veo es recuperar aceras y reventar calles para volver a cerrarlas…
He vuelto de un largo viaje. De entre todas las cosas, vivencias, visiones, reflexiones , anécdotas que ocurren en un viaje, sea de placer o de trabajo, hoy traigo una que quiero comentar delante y al lado de mi querida acequia, que he encontrado como siempre, si acaso un tanto crecida para el momento casi invernal que vivimos por aquí, hemisferio Norte, paralelo cuarenta y algo, a solo unos días del final del año.
El caso es que, en mi viaje, he cruzado buena parte del Levante español, esa franja de tierra que va de Murcia a Port Bou y que baña el Mediterráneo. Mientras viajaba hacia el norte , en concreto por la provincia de Alicante, pude admirar la belleza del paisaje y la luminosidad de sus cielos. Pero, mientras oía por la radio las noticias que estos días han ocupado buena parte de los noticiarios sobre las inundaciones del Ebro en su cuenca media y baja, también me admiraba de la terrible sequía que asolaba aquellos campos que desfilaban ante mí. Cientos, miles de árboles muertos por la sed, campos asolados, esterilizados por el sol y el calor, pluviómetros que , me comentó alguien, apenas habían recogido unas decenas de litros por metro cuadrado en alguna zona en todo el año... un panorama desolador que apenas palían algunos embalses depauperados y las desaladoras de la costa que atienden a las poblaciones y las urbanizaciones turísticas de la zona .
El hecho es que en esos días, un caudal de más de dos mil metros cúbicos por segundo inundaba las orillas del Ebro para terminar, una vez más, en el mar, sin beneficio alguno... solo perjudicando a los ribereños que aun estos días trabajan en salir del atasco de agua y barro que cubre sus pueblos y propiedades.
Hubo una vez, allá por el año 2005, creo, una propuesta para aprovechar los excedentes del Ebro para trasvasar agua a las cuencas de Levante y paliar sus sequías crónicas, mejorando a la vez sus capacidades agrícolas , industriales y turísticas, no se en qué orden.
El hecho es que este río, a lo largo de este mismo invierno, ha sufrido dos o tres avenidas con picos de 2000 m3/seg en su zona media . Calculando un caudal medio disponible para ese trasvase de la mitad, 1000 m3/seg durante quince días de avenida , resultan ( redondeemos a 100.000 segundos por día), 1000 x 100.000 x 15 días = 1 500 000 000 m3 de agua ( 1 500 hectómetros cúbicos ), en avenidas dañosas. Un embalse ya grande, puede albergar 100 Hm3 de agua, por lo que los citados mil quinientos podrían rellenar quince hermosos embalses de 100 Hm3 o treinta de 50 Hm3.
De hecho, en las cercanías de mi huerto , a unos treinta kilómetros hay un embalse de 30Hm3 y unos kilómetros más allá un segundo de otros 25 Hm3, con los que se riegan más de 200 km2 ( incluido mi huerto) , y se atienden las necesidades de más de 200.000 habitantes, y aun se remite agua al propio Ebro para otros usos en la cuenca.
Ni imaginar puedo lo que semejante cantidad de agua podría suponer trasvasada al Levante, donde, menos de agua, disponen de abundante sol y agradables temperaturas todo el año. Agua cambiada por riqueza. Pero no, el plan de trasvase se rechazó, no diré por quienes, hace unos años, y tal vez por la misma época, otro plan, creo que de promoción de empleo, se dijo, dedicó abundante dinero, esfuerzos y trabajo a mejorar infraestructuras tales como aceras y viales que bien podían haber durado veinte años más sin problemas, en un ejercicio de derroche de dinero inútilmente arrojado a la nada.
Mi acequia sabe ahora que el agua que a ella y a sus vecinas les sobra durante todo el invierno, éste algo más , ha estado cayendo al Ebro, y los días pasados ha contribuido a empeorar las cosas, ahogado cerditos en sus granjas, inundado garajes, sótanos, bajeras, campos de alcachofas, de fútbol, sembrados, cortado carreteras...
No te preocupes, le digo, llevando tu agua solo haces una cosa: cumplir con tu deber, y eso está y estará siempre bien. ¿ Donde está el problema ? me pregunta. El problema está en aquéllos que , sabiendo y pudiendo, no ponen los medios para paliar el mal allá donde se sufre. Que sabiendo que hay ciudadanos sedientos , y que les pagan su sueldo y su chófer, no toman las medidas para que no pasen sed y puedan vivir de sus campos arruinados, mientras en otra parte el agua que ellos necesitan se vierte inútil en el mar.
Hoy recuerdo con pena los cauces de ríos secos, los árboles muertos, los canales inútiles y los campos asolados por la sed, mientras miro sin verla el agua dulce que sigue resbalando por mi acequia camino del mar
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Por desgracia, este año y esta primavera. mi querida acequia ha muerto. Ser acequia tiene una hermosa ventaja vital: se puede morir, pero también se puede revivir, sin alterar con ello ninguna ley biológica. Mi acequia está muerta desde el mes de marzo. Muerta porque, allá en el otoño del año pasado, como todos los otoños, un ente llamado confederación hidrográfica del Ebro, que supongo gestiona los caudales como dueña y señora, vació los embalses en previsión de que el benigno invierno y la primavera futura volverá a llenarlos, que es lo que suele ocurrir. Pero este año, no. Este año, simplemente, no ha llovido. Por eso, desde marzo, mi acequia ha dejado de fluir. Incluso los niveles freáticos de la comarca, al ponerse en marcha los pozos de la zona para paliar la falta de riegos, ha descendido tanto que, la mayoría, han quedado inservibles. Y ahí está mi acequia, reseca e inerte, esperando el milagro de la lluvia. Mientras tanto, recurro a la escasa agua almacenada en mis bidones de reserva, nacida de recoger el agua de lluvia de los tejadillos, apenas un par de metros cúbicos, un mero símbolo frente a una necesidad muy real y exigente. Por eso hoy, donde hubo judías ,cebollas, melones , sandías, tomates y pimientos, lucen unos escuálidos planteles, casi testimoniales, mantenidos vivos de milagro. De vez en cuando, para evitar la muerte de los frutales, la misma autoridad que se llevó el agua en otoño para garantizar, supongo, la vida en el delta de la desembocadura del Ebro, allá en el Mediterráneo catalán, esa misma autoridad permite, ha permitido por ahora, un par de riegos puntuales, solo para árboles... Ayer llovió en mi huerto y la comarca. El agua de lluvia colmó mi depósito plástico de un metro cúbico, que andaba escasamente en la mitad y concedió un aplazamiento de quince días a la muerte de mis plantas, a base de riegos al pie, medidos y comedidos, un par de veces por semana, a partir de ahora, finales de junio, bajo los soles agostadores del verano hispano. Y mientras mi acequia pugna por revivir, y mis plantas se preguntan si vivirán mañana, supongo, malpensado que es uno, que los responsables e esas muertes anunciadas, podrán saborear felices, sus cervezas vespertinas en lugares veraniegos frescos y musicales, ajenos a las desdichas que, el próximo otoño, pueden repetir. Y no, esta primavera no cantan los ruiseñores en mi huerto, ni hay nidos de verdecillas en mis yedras, ni los mirlos cantan sus extrañas melodías en los anocheceres... Por ayudar al que lo precise, pues no hay puntos con agua en el entorno, he puesto un plato cerámico con agua fresca, bebida y baño pajaril, bajo un nectarino. Lleva solo unos días instalado, y empieza a estar concurrido. Y no les cobro nada. Este verano, será gratis. Se que ni el ruiseñor ni la verdecilla ni el mirlo me lo van a agradecer, pero lo hago , en el fondo, por pura amistad. Y cada día que los visito, muy consciente de mi impotencia para solucionar sus pequeñas vidas, pido al verdadero Dueño del huerto, de la acequia y de las poco generosas nubes de este año, que mueva las voluntades, vientos y meteoros que sea necesario para aliviar los sufrimientos de sus criaturas, al menos de las inocentes, pero también, al menos un poco, de las menos inocentes...
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Ayer, alguien, vía Whats App, me remitió una foto del diario El Español, 17 de agosto de 1957, cuyo pie de página dice: Temperaturas de cincuenta grados en algún lugar de La Mancha, comarca en el corazón de la Península Ibérica. De donde se deduce que calor, calor, también había entonces. No obstante, comentando este documento con un conocido, advertimos ambos que entre esas fechas y ahora hay una enorme diferencia, diferencia que resumiré en una sola y sencilla frase, que Piem135c podría ratificar: reforzando la idea de que están desapareciendo especies y muchos seres vivos de nuestro civilizado entorno industrial, ahora, en nuestros campos, apenas se ven saltamontes ni insectos en general. Extinguimos lo vivo poco a poco ?.
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Mientras la acequia de Piem muere o, más bien, sigue muerta, en la península ibérica lleva lloviendo al menos un par de semanas, borrasca tras borrasca, como en un intento de paliar la sequía que la abrumaba. Hace unos días, paseando por el campo, acerté a encontrar un pequeño saltamontes, el Willy de la abeja Maya, por si algún niño me leyera. Como no parecía asustado por mi zapato, a punto de pisarlo, le empujé un poco, sin resultado; estaba muerto. No se ven saltamontes entre las hierbas, ni, me decía ayer un amigo agricultor aficionado, se han visto nidos nuevos ni apenas pájaros este pasado verano, y tampoco atropellas insectos en las carreteras como años ha, cuando aún había que lavar los parabrisas después de cualquier viaje nocturno. No sé si Piem podrá seguir contando los avatares de su acequia, y sus pequeñas aventuras con los habitantes de su huerto; me temo que las aguas de muchos huertos como el suyo se irán a los depósitos de las grandes ciudades, para cubrir, filtradas, depuradas, desinfectadas y vitaminadas, las que llaman necesidades del urbanita, un litro de cerveza por día, dos duchas diarias y tres lavadoras semanales, trescientos litros cada día, piscinas y spas aparte. Mientras tanto, las patatas, los tomates, los puerros y las zanahorias crecerán en cestas hidropónicas regadas cien veces con la misma agua re tratada otras cien, los cereales serán sintéticos y los bosques, todos ya ardidos, se verán solo en documentales 3D en salas acondicionadas con viento artificial, aromas sintetizados de pino silvestre, lavanda y tomillo y, para redondear el ambiente, un par de aullidos del también extinto lobo. No importará, nadie añorará la belleza de la Tierra cuando tenía vida y vegetales silvestres, cuando bajo cada piedra del sendero bullía un mar de pequeños pobladores, cuando , todavía, la acequia de Piem se miraba, presumida, en el espejo de sus aguas.
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Después de un año de sequía inesperada y casi absoluta, en el que hemos regado con cuentagotas y recogido en unidades lo que siempre habíamos recogido a cientos o miles, el invierno se muestra un poco más benévolo. A veces llueve, cosa que no solía hacer desde hace muchos meses, y poco a poco las tierras recuperan su tono típico invernal, crece la hierba bajo las escarchas y, espero, mis manzanos empiezan a contabilizar su necesarias horas de frío para poder brotar dentro de un par de maeses con nueva lozanía. Pero a pesar de la lluvia, temo que oscuros designios estén conspirando para , primero, negarnos el agua de riego y, segundo, cobrarnos por ella lo que nunca se habían atrevido. Las autoridades del gremio agrícola, entre las que menudean los urbanitas y ecologistas , grandes conocedores del agro a través de la pantalla del Pc, con el apoyo de las mesnadas de verdes, verderones y amigos de Gaia de todos lo pelajes, han empezado a intervenir en todos los planes, planos, estructuras, sistemas de riego, dispositivos, embalses, acequias y repartidores de caudal, para recrear otra cosa, aún sin nombre, pero hecha a imagen y semejanza de lo que ellos creen que es el agro. Y aquí estamos, con mi acequia seca este invierno como lo estuvo en verano, cortados los suministros que durante siglos la mantuvieron viva todo el año, como si los derechos de agua, antes sagrados, hubieran decaído sin remedio, como si las fuentes que la nutrían, que siguen donde estaban, se negaran a alimentarla. El Estado metomentodo, los políticos del mismo apellido, deciden por nosotros, los dueños del agro, los poseedores centenarios de derechos al agua, que ahora deberemos comprarla, si se deciden darnos algo, al precio que ellos fijen, siempre, eso sí, prohibiendo siquiera insinuar lo contrario, pensando en el bien de los ciudadanos, y sobre todo en nosotros, los que, a golpe de azada y serrucho, labramos, podábamos y regábamos para que todos pudiéramos comer. En resumen, la historia de mi acequia puede estar tocando a su fin, una nueva generación de agricultores, usuarios de IAs , tomarán el mando y, en unos pocos años, sembrarán las huertas de maquinaria robotizada, de tractores autoguiados y de tuberías interminables suministradoras de fluidos alimenticios administrados gota a gota, miligramo a miligramo, a cada planta, vegetales de ADN perfectamente controlado, en suspensión acuosa con PH rigurosamente neutro. Sin pinzones, verdecillas menudas , robustos verderones, ruiseñores, abubillas, codornices, perdices, milanos ni espinetes disfrazados de erizos. Sólo maquinaria e informática y, casi se me olvida, ambas en inglés:, fyfty fyfty.
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Ha llegado la primavera, pero ¿ qué digo?, la primavera lleva ya semanas en vigor... ¿ que en qué se nota? , pues en este país, España, y a unos ochenta kilómetros del mar Cantábrico, mar frío y tumultuoso, en algunos detalles: en el calendario, que muestra el día 17 de Abril, y en el cielo que, por vez primera ,hoy , deja lucir el sol entre nubes y algunas gotas de lluvia pasajera, en la temperatura, que no siempre está haciendo honor a la estación, al menos a mediodía y, finalmente, en el cambio de hora, ese invento surrealista que consiste en adelantar y retrasar el reloj en dos fechas del año, de manera que, en teoría, se pueda aprovechar mejor la luz solar y rebajar en algo la factura energética. En realidad, a mi huerto y a su acequia esos detalles administrativos les traen sin cuidado. Su calendario es un continuo sin fechas concretas donde un día sucede al anterior con una ligerísima variación en sus parámetros, sobre todo horas de luz y temperatura, con las que miden y regulan su metabolismo. Tanto es así que recuerdo algún año de primavera invernal, con frío y hasta nieve, de heladas tardías y poca, poquísima luz bajo la pertinaz cubierta de nubes , en el que los seres de mi huerto, impertérritos, nacieron a su tiempo y crecieron brevemente , para morir enseguida de frío, en el que las yemas de los árboles florecieron y se marchitaron sin provecho y hasta las golondrinas ( este año aún no las he visto) volaron inútilmente bajo la lluvia en busca de algo que dar a sus polluelos. Este año ha llovido mucho y muchos días, pero los hombres del tiempo siguen, tenaces, augurando siniestros episodios de calor creciente y sequía triunfante, Pero no se me fíen. Esto del pronóstico está sujeto a las leyes de la probabilidad y estas leyes , si tienen algo de ciertas, es que son inciertas, lo que conlleva una contradicción esencial que las invalida como tales, así que no llegan a leyes, ni siquiera a reales decretos ni a ordenes ministeriales tampoco, de modo que las dejaremos en recomendaciones . Con leyes o sin ellas, mis amigos los pájaros han empezado a aterrizar en mi huerto, mirlos , jilgueros (goloritos) , verdecillas ... y a tomar posiciones: aquí voy a poner el nido, por allá voy a comer y detrás de esas yedras dormiré mientras tanto ( creo que es su programa diario casi completo). Lo que ignoran como siempre es que yo tengo también mi programa, que incluye un paso que coincide con el de ellos, ese que dice "por allá voy a comer", porque resulta que el "por allá" se refiere a los mismos lugares, la media docena de cerezos que blanquean mi huerto con el deslumbrante manto de flores con se suelen adornarse por estas fechas.
Y por eso, y bien a mi pesar, hombre urbanita, ecologista de pro y amante de los animales, tengo que tomar algunas medidas, esas medidas que no consisten en medir , sino en hacer o en impedir que otros hagan o dejen de hacer determinadas cosas.
Para mi satisfacción , en esta discusión sobre si yo como o ellos comen, y a falta de acuerdo, que no suele haberlo, este año dispongo de unos buenos aliados: varios cernícalos, un halcón peregrino, un par de mochuelos y algún autillo que, estratégicamente colocados en las ramas de los cerezos disuaden a los raterillos alados de comer demasiadas cerezas, digamos que lo más que pueden hacer es atragantarse con un par de ellas, justo antes de darse cuenta de que un terrorífico par de pupilas los tienen controlados y parecen dispuestas y a punto de atacarles. En otra ocasión les contaré cómo consigo semejantes colaboradores y cómo espero mantenerlos a mi servicio fielmente año tras año, sin necesidad de recurrir a jaulas, caza furtiva o esclavitud, ni siquiera a alimentarlos. También dispongo de un gato horroroso, de pelaje leonado atigrado que permanecerá, si no hay demasiado viento, atento a cualquier movimiento sospechoso en el árbol, y veré si también puedo reclutar una lechuza, que es animal elegante y muy visible, aunque parezca que siempre anda adormilado y ajeno a lo que ocurre a su alrededor. No puedo contarles mi secreto en primavera, porque las noticias vuelan ( como ellos), y si se enteran los mirlos, que andan siempre cantando lo que saben, es posible que mis medidas pierdan toda su eficacia. Y yo quiero comerme mis cerezas. Ya les contaré.
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Este año, piem tiene agua en su huerta, y su acequia la lleva permanentemente, como en sus mejores tiempos. No sé si lo he contado, pero hace unos meses tuve que enviar una nota a la autoridad de estas aguas para recordarle que este río, que ha dado el ser a mi acequia, aunque procede de otro mayor, siempre ha llevado las aguas que surgen espontáneamente a unos cuatro kilómetros agua arriba de mi huerta, en unos manantiales en los que, de niño. abundaban peces diversos y hasta ratas de agua. No se qué ocurrió con mi mensaje, enviado justamente unos días antes de la junta anual de regantes, pero a partir de esas fechas, mi acequia no ha vuelto a secarse. Llevará más o menos agua, pero no ha repetido el horrible espectáculo de mostrar sus fondos terrosos y secos. Es más; los mensajes que el guarda nos envía regularmente recordando las normas y los horarios de riego, tiene buen cuidado de advertir que, pase lo que pase, el río siempre llevará un caudal mínimo que , copiando el texto de mi misiva, garantice el riego de verduras en la zona del pueblo. Y me alegro de haber contribuido a conservar los viejos derechos con los que se construyó el entorno agrario y se produjeron alimentos durante siglos, en el mismo ambiente y lugar donde hoy tengo mi huerto. La no muy abundante agua del manantial sigue ahí garantizando la vida a mis plantas y a los escasos animales que aun la pueblan. Esta misma mañana, mamá pata, con tres o cuatro retoños, navegaban río abajo aprovechando la corriente camino del embalse terminal. A estas horas de la tarde, a su patosa velocidad de un par de kilómetros por hora, ya habrán llegado.
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( transcripción de piem135c)
He pasado la jornada en mi huerto. El diario de a bordo señala que he llegado al puente a las
10.20 horas, revisado el estado general del buque , pasado revista a la tripulación y señalado el rumbo y las tareas para el resto de la jornada. Algunas de éstas son sencillas y benéficas, como baldear las cubiertas, o el riego, ya muy necesario en estas fechas, prácticamente todavía en verano, con el astro rey dominando el cielo tiránicamente, hora tras hora, absorbiendo de cada ser vivo, si se le deja, hasta la última gota de agua. Otras tareas son menos agradables y algunas, penosísimas. Por citar la peor en el huerto, angustiosa y un si es no es delictiva, citaremos la ejecución, por envenenamiento masivo, de varios miles de pequeños súbditos de las hormigas , más bien sus rebaños, a los que tienen la enojosa costumbre de apacentar en los brotes más tiernos y lozanos de cada frutal y cada hortaliza. Hoy les ha ido bien, no porque el capitán les haya olvidado, sino porque otros menesteres lo han mantenido ocupado. Hemos sufrido una avería en el cuarto de máquinas , una de esas averías sencillas de diagnosticar ( el arrastre del cortacesped no funcionaba ) pero difíciles de reparar en pleno mar, quiero decir campo, que viene a ser lo mismo, lejos de talleres, cajas de herramientas, utillaje y manual de reparaciones ... Afortunadamente para ellos, eso lo ha tenido embadurnado de aceite mineral, grasa oscura y maldiciones varias casi toda la tarde... Cuando ha sonado el Eureka ya era demasiado tarde para emprender el prolijo protocolo previo a una de esas micro ejecuciones masivas a que obligan ciertas profesiones, como la pesca o la agricultura, así que las potenciales víctimas, esta vez mis queridos pulgones, esos seres tan diminutos como resistentes , disfrutarán de una prórroga inesperada, una noche de amigable compañía, ellos siempre se cuentan por miles, ni siquiera creo que conozcan el singular, bien protegidos por sus celosas guardianas, y mejor provistos del jugoso néctar de su especie preferida . Ellos suelen preferir las apacibles noches de mayo, tibias y sin viento, altas las estrellas y arrullados por el murmullo de sonidos de la primavera, y por encima de todos , en la negrura , el solo magnífico del ruiseñor cantando a su amada en la sombra del laurel junto a la acequia. ¿ Que qué néctar preferiría yo si fuera pulgón ? ¡ Qué pregunta, joven grumete ! Si yo fuera o fuese pulgón, ya estaría cenando en el cerezo... o mejor, borre eso; si fuera pulgón estaría estudiando un máster para hacerme hormiga , que es un oficio mucho más seguro .