Hace unos días se celebró el recuerdo de los santos mártires del siglo XX. Cuando decimos esto en España, asalta nuestra mente de inmediato el recuerdo de nuestra guerra civil, que el actual gobierno agita incansable para, supongo, permítanme una gotita de ironía, satisfacer su inagotable sed de justicia y reparación. En la misa vespertina de nuestra catedral, el Obispo recordó que los mártires cristianos lo son por seguir a Cristo, no por seguir el dictamen de ningún partido o ideario político. En la iglesia española los muertos cuyo delito fue ser cristiano se cuentan por miles, y es justo que los recordemos celebrando su triunfo sobre el mal y la muerte conquistando con ella, sufrida por Cristo, la vida eterna. Ciertamente, las víctimas de la guerra, muertos, heridos, damnificados, fueron prácticamente todos los ciudadanos, y si sumamos a los muertos los desaparecidos, encarcelados o exiliados, alcanzaremos algunos millones. Un número inmenso para un país , entonces, de unos veinticuatro millones de habitantes. Para todas la víctimas, y casi todos hemos conocido o aun conocemos a alguna, familiar, amigo o convecino, siempre hemos tenido los cristianos hispanos un recuerdo y una oración.