Ha pasado el verano de 2026, un estío tórrido como nunca en estas latitudes, con temperaturas record mes tras mes, con los humanos del entorno, los animales seguro que también, agazapados desde la media mañana a las últimas horas de la tarde, al resguardo del sol implacable y de los peligros bien conocidos de la deshidratación y el golpe de calor. Mi acequia se ha portado bien, siempre ofreciendo, mañana tarde y noche, su tributo de agua refrescante y a menudo limpia, notable factor de éxito, que eso de la limpieza no es fácil de conseguir entre tanta actividad agropecuaria intensiva. Hoy, casi a finales de Septiembre, pasado el equinoccio, casi todas mis plantas, seguramente cansadas de tanto esfuerzo, han tocado retirada, han de dejado de producir nuevas flores y frutos, y empiezan a permitir que el oidio blanquee las orlas de las hojas y que las avispas merodeen incansables recogiendo los azúcares de la última uva que queda sin recoger. Un ambiente general de reposo empieza a apoderarse de mi huerto y por las mañanas el rocío empapa la hierba y adorna de perlas líquidas las grandes hoja de las calabazas, únicas supervivientes que parecían no sentir las presiones de los calores pasados. Cuando , dentro de unos días, las cosechemos, junto a sus parientes, los últimos pequeños melones y sandías que las acompañan siempre, se acabará el ciclo agrícola anual. Como en los festivales de música actuales, acabado el frenesí de la orquesta, habrá que desmontar el escenario, limpiar los suelos, recoger los desechos y, una vez más, volver a la primera página del libreto de la obra que, con más ilusión que éxito, ejecutamos cada año. Y volver a interpretar la misma sinfonía anual, con los mismos músicos y el mismo director de orquesta, se supone.
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