La Tecnología, ese poderoso monstruo insaciable, regido por otro monstruoso cerebro, la IA, ha seguido a lo largo de 2019 y sigue, evolucionando, en 2020, a su propio ritmo, ese ritmo desenfrenado que la caracteriza, y que vuelve obsoleta en quince días nuestra última adquisición. Es inútil comprarse hoy día una computadora o TV último modelo. El lunes siguiente, la misma compañía que nos vendía el lunes anterior su modelo exclusivo , lanza el siguiente, que añade al anterior tres funciones vitales que lo diferencian sustancialmente del anterior ( el nuestro). Por eso, el mundo actual está lleno de gentes frustradas y resentidas, lanzadas, si no saben controlarse, a un ritmo suicida de compras y ventas aceleradas... El mundo del automóvil, por poner un ejemplo , ha sufrido durante la segunda mitad de 2019 los avatares de la invasión del mercado por los coches de última generación, clásicos de líneas imposibles, eléctricos, purasangre o híbridos, semiautomáticos, automáticos o autónomos, que de todo hay. Una panoplia que vuelve agotador el esfuerzo por encontrar el más adecuado a nuestro trabajo y el más deseable a nuestro asesor de imagen, novia, novio, esposa o esposo. Un vehículo del que va desapareciendo, poco a poco todo aquello que tuvimos que aprender sobre él en nuestra época de estudiantes: no tiene motor de explosión con su bonito ciclo de Carnot, no tiene embrague, no le puede fallar el carburador o la bujía, ni la puesta a punto del encendido, ni el embrague ni el filtro del combustible, no usa gasolina ni gasoil, ni gas ni siquiera agua, pero habla, por no se qué extraño encantamiento que diría Don Quijote, y dice que el ente que lo habita, humano o no, se llama Alexia o Siri o cualquier otro nombre, pero habitualmente mujer, y se expresa en un tono amable, un lenguaje tierno y cálido , a veces maternal. Pero ocurre que, cuando al coche actual, de pronto le desaparece el volante y algún pedal, perdemos todo control posible y entramos en la autovía , paralizados, ciegos, mudos y sordos, gobernados desde alguna remota sala de mando tecnológica, tal vez un pupitre informático autónomo, sin control humano, localizado en Shangay o en Denver, en Almonte o en Guanajuato, siempre al otro lado del mundo, que es donde se toman las decisiones importantes de nuestros viajes: virar a babor 37.33º, ralentizar motor a 1200 W, limitar amperaje a 12A, apagar intermitente izquierdo, todo en una centésima de segundo, mientras a la vez nos acaricia el oído con el tema final de la Sinfonía del Nuevo Mundo. El coche está pasando a ser una sala en la que viajamos conectados con todo el mundo, en un lugar de trabajo u ocio, según decidamos, para escuchar, mientras tanto, música ó leer, jugar nuestro juego favorito, copiar algún párrafo para nuestra tesis

, o simplemente descabezar un ratito de sueño . O al menos eso es lo que nos suele contar el folleto del vendedor. El capítulo siguiente de esta película de miedo, que aún no se atreven a publicar anunciará, es posible, que ya no es necesario llevar pasajeros, puesto que el ente vehículo-inteligencia los sustituye ventajosamente y sin pérdidas emocionales o decisiones impulsivas e ilógicas. El triunfador y único ente superviviente de nuestra carrera con la IA bien podría ser ella misma. A lo peor nosotros terminaremos siendo solo historia, si es que se digna escribirla, pero a veces es tan penosa que la Gran IA decidirá, tal vez, destruirla. Si yo fuera ateo, pero ateo convencido y confeso, que no es el caso, podría llegar a esa conclusión, pero no siéndolo, lo escribo frente a, no dentro, de uno de esos vehículos autoguiados, autoalimentados y autotodo con cierto sentido de humor y una buena dosis de ironía, que son armas exclusivamente humanas y a la vez aspectos programáticos que la IA no podrá interpretar. Eso nos permitirá dominarla. O eso espero.