Anoche, mi butaca consistió en un escueto corredor de granito de diez centímetros de anchura, limitando un largo jardincillo urbano , donde hube de guardar el equilibrio durante casi una hora para no dañar las plantitas del entorno, mientras presenciaba el desfile de carrozas de los Reyes Magos, que anuncia el final hispano de las fiestas navideñas. Cada país tenemos nuestras tradiciones y en España, como en los países hispanos ( deberíamos ser uno ), tenemos como media docena, así que podemos ser muy tolerantes a la hora de admitir alguna más sin problemas, sobre todo si van asociadas a premios, regalos y dulces, como es el caso. Como los Reyes Magos vienen, primero, para adorar al Niño Jesús, como lo saben casi todos los peques , y después, durante la noche pasada, a repartir regalos a los que se han portado al menos medianamente bien, pues las calles estaban repletas de niños gritones, saltarines y excitadísimos coreando el nombre de cada Rey, cuando desfilaba ante ellos en la cima de enormes carrozas tiradas por caballos engalanados o, en mi ciudad, por enormes tractores de una firma de vinos conocida, repartiendo como anticipo de los grandes regalos, dulces, caramelos y chuches, que los llaman ahora. Lo que me llamó la atención fue que, además de corear el nombre de los tres reyes, también lo hacían, visiblemente emocionados, a sus personajes televisivos favoritos y, entre ellos, me extrañó que Pepa Pig, la cerdita Pepa, se llevara la palma. En España decimos que del cerdo se aprovecha todo, hasta los andares, que ya es aprovechar, pero Pepa Pig fue ( tal vez con los siempre deslumbrantes caballos de monta ), un personaje notable. Tampoco faltaron deslumbrantes grupos de danzantes de las academias de baile, más bien danza clásica, que pululan en la ciudad , que a cientos dieron una nota de color, vida y armonía al desfile. Lo cerraron las comparsas de gigantes y cabezudos y el remate final. el verdadero rey de la fiesta, para los niños tan importante como los mismos Reyes Magos, si no más, pues sin su colaboración no sería posible la gran fiesta de encontrar de mañana, casi siempre en el balcón o cerca de una ventana, los paquetes de regalos que traen sus Majestades desde el Oriente soñado. Aunque supongo que todos hemos adivinado de quién se trata, y no pensaba desvelarlo, voy a hacerlo por si alguien, somnoliento tras una noche de trasiego, no cae en la cuenta: el gran coche de bomberos, con su enorme escala extensible, la que permite a los pajes reales subir a todos y cada uno de los balcones, todas y cada una de las ventanas, a dejar los regalos y, de paso, recoger y llevarse, como propina agradecida, las copitas de anís, los mazapanes, los bombones y las bolsas de pienso para los camellos, que también tienen su mérito...