Se habla mucho de las virtudes y, entre ellas, con ser todas importantes, hay un grupo que suelen ser citadas y comentadas de mil maneras, mientras que, en el extremo opuesto, encontraremos algunas mucho menos populares, Hoy escribiremos algo sobre una de éstas últimas, muy relacionada con el tema que nos ocupa. La seguridad, mejor la falsa seguridad, la del ser humano mal informado , pasa por sus horas más bajas, pendiente, aquí, en Asia, en América y en cualquier otro lugar del mundo, del virus que acecha detrás de cualquier transeúnte con el que te cruzas, del tendero que te sirve la compra o del mismo sanitario agotado que lleva atendiendo a sus pacientes desde primeras horas de la mañana....Y sin embargo, para un cristiano, aunque ser humano también, la situación de seguridad no ha variado sustancialmente. El cristiano se sabe en las manos de Dios en todo momento, Se sabe en las manos de su Padre, que como el mejor de los padres, solo mira por el bien de sus hijos. Sin embargo, esto no debe darnos una idea falsa de la situación. Dios es también el Padre que nos recomienda practicar las virtudes, y entre ellas una muy ligada al tema de la seguridad. Se llama prudencia, y es una virtud que modera nuestra conducta adaptándola a las condiciones de cada momento. El que no la practica se llama y es un imprudente, y Dios, normalmente, no obrará un milagro cada vez que nos comportemos , y sobran mil posibles ejemplos, imprudentemente. Por eso, ese buen Padre nos recomienda que obremos con prudencia y, obrando así, esperemos su protección. El pasado domingo asistí a la misa dominical en una celebración especial en la que tomó su primera comunión un niño, con una asistencia notable de fieles. No obstante, prudentemente, solo se ocuparon los lugares autorizados, dos personas por bancada y todos los que ví llevaban sus mascarillas correctamente, incluido algún niño próximo a mi sitio. El celebrante lavó prudentemente sus manos antes de darnos la comunión, y la prudencia rigió el acto hasta donde me fue posible comprobar. Prudencia cristiana. Nada más lejos de las actitudes de muchas gentes que en calles y plazas, terrazas y bares, prescinden de las medidas de prudencia y hablan, ríen, a veces vociferan, fuman y , sin mascarilla o con ella mal colocada escupen a diestro y siniestro sus emisiones salivales potencialmente peligrosas. Imprudencia pura y dura, pero ¿ cómo pedir prudencia en quienes, a veces, ni siquiera han oído hablar de que exista esa virtud o que, sabiendo que es algo ligado a la tradición del mundo cristiano, solo por ese rasgo, prescinden de ella ?. Probablemente esta imprudencia está llevando hoy a un país como España, a los índices más altos de contagios y enfermedad, en una posible segunda oleada de esta pandemia , que ya está cobrándose la vida de numerosos enfermos. Y todo ello o en gran parte, debido a los imprudentes, que además no suele ser necesario buscar; se te cruzan en el camino constantemente. Y es que los necios, los imprudentes por no saber o no querer saber , abundan. Ya lo leemos en la parábola de las vírgenes necias y las prudentes. Pidamos no engrosar las huestes de éstas últimas, a las que , finalmente, se les cerró la puerta...