Autor Tema: Diario de la acequia de mi huerto  (Leído 325 veces)

piem135c

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Re:Diario de la acequia de mi huerto
« Respuesta #15 : octubre 02, 2020, 01:15:11 pm »
El verano (boreal) se ha ido y con él los soles agobiantes , las tormentas de polvo y el canto obsesivo de las cigarras en los secarrales. Y con el otoño han llegado las uvas, los rojos pimientos dulces o picantes, las hermosas manzanas vestidas de mil colores. Tendidas en el suelo donde nacieron, duermen las orondas calabazas a la espera de la ya próxima recolección. Todo el huerto respira quietud y plenitud.
Allá arriba, en la cabecera de los ríos, entre peñascos y pinares, han cerrado ya las compuertas de los embalses y las aguas han vuelto a su estado natural. Por mi acequia discurre ahora, que apenas se riega, un agua limpia, suave y tierna, como recién creada. Hermosa, aunque triste. Triste, porque sigue sin vida, brillando en las noches bajo la luna, susurrando sus viejas canciones de solo un par de notas reiteradas y profundas, acariciando los muros y arrastrando leves nubecillas de arena por los fondos, pero ausentes las pequeñas luciérnagas de sus orillas, los tímidos luciones paticortos, las ranas croadoras, sus pececillos de plata, todos los viejos amigos que tuvo y ya no están...

piem135c

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Re:Diario de la acequia de mi huerto
« Respuesta #16 : octubre 06, 2020, 03:52:09 am »
Se termina el ciclo. Estos días alguien ha eliminado todas las hierbas y hierbajos de las orillas de mi acequia mediante el expeditivo método del herbicida, supongo, dada la radical limpieza efectuada. Esto de los herbicidas, como los insecticidas,  es bastante curioso. Si acudes a una tienda especializada en productos para el agricultor, encontramos toda una batería de ellos, cada uno enemigo mortal de una o varias especies de animalillos o plantas parásitos , tan eficaces y silenciosos como letales. Cargado con mi máquina pulverizadora, reumático y bajito , debo parecerles un gigante relativo y relativista que imparte vida y muerte ( excepto la suya propia ), casi a voluntad.
En cierta ocasión cayó en mis manos un manual con un estudio pormenorizado de los efectos y los riesgos de los productos fitosanitarios más utilizados. El panorama era tan lúgubre que, de pronto, caí en la cuenta de que el estante de mi pequeño almacén huertano, visto a la escala de sus potenciales víctimas, debería parecerles un inmenso arsenal que guardaba muerte en potencia para miles, millones de pequeños ciudadanos de mi huerto.
Tanto fue así que, desde entonces, solo los utilizo en casos extremos. Ayer mismo, por la tarde, bajo una fina lluvia, vi a algunas de mis queridas judías verdes ( lo que queda de ellas en Octubre ), ahora casi negras, cargadas con millares de pequeños pulgones oscuros, cebándose en las más delicadas, las hojas aún tiernas y las pequeñas vainas. Y tengo que elegir. O la planta que me alimenta o el pequeño insecto que se alimenta, como yo mismo , de ella. Aún no lo tengo claro pero cada vez me inclino más a utilizar medios más inocuos. Estoy pensando en experimentar con un fuerte chorro de agua que los expulse de la planta, aunque, bien mirado, viene a ser casi lo mismo : para comer unos, deben morir otros. Maravilloso perro mundo.

piem135c

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Re:Diario de la acequia de mi huerto
« Respuesta #17 : octubre 14, 2020, 05:48:43 am »
Hoy he descubierto, inesperadamente,  la influencia que también tiene en mi huerto el muy próximo, verdadero y nunca discutido efecto invernadero.  Y creo que es porque he recordado que una vez, siendo niño, nuestro profesor nos contó que , si la tierra fuera del tamaño de un huevo de gallina, los seres vivos habitábamos sobre la parte sólida, proporcionalmente tan gruesa o delgada , según se mire, como su cáscara. Debajo, todo era fuego. La semejanza me dio un poco de miedo durante unos días pero, visto que todo seguía igual, me tranquilicé y llegué a olvidarlo. Hoy he recordado y comprobado que esos fuegos internos, aunque lejanos para nuestro modo de valorar distancias, están presentes de algún modo.
Esta mañana , bien avanzado el otoño, he echado un vistazo, una vez más, a mi pequeño invernadero, un habitáculo autoconstruido con perfiles cuadrados de hierro de 12 mm y plásticos, donde germinan mis semillas más delicadas y cuido, como en un pequeño hospital, a las plantas más hermosas, a las recién llegadas y, en definitiva, a las más necesitadas.
Encima, sobre la placa ondulada que suele intentar el vuelo siempre que el viento se muestra implacable,  parte de la lluvia de ayer estaba atrapada en preciosos cristales de hielo matinal que he tenido que desalojar previamente. Aunque ahora mi invernadero está casi vacío, tengo dentro, al abrigo del viento del noroeste que sopla desabrido y a ráfagas desde el mar Cantábrico , unas habas germinando y, recogidos en pequeñas cajas, durmiendo su ancianidad,  unas cuantas docenas de tomates, verdes o amarillos, que maduran lentamente; hoy he recogido tres o cuatro ya enrojecidos, listos para cocinar. Y no me explico cómo pueden hacerlo mientras sobre ellos desfilan cada día, en el otoño gélido y sin sol de este año, borrascas y vientos, heladas y, por esta vez, hasta  las primeras nieves. Tiene que ser el tenue calor que sube desde el interior de la tierra el que cada día y cada noche mantiene mi invernadero, con o sin sol, bien aislado del exterior, latiendo lentamente, pero vivo. Del mismo modo, las bodegas que rodean mi huerto, donde guardan los vinos mis vecinos, mantienen invariables sus diez o doce grados, sin que los modifiquen visiblemente las variaciones estacionales, que en el exterior pueden ser desde los diez grados centígrados bajo cero a los cuarenta, en lo más florido del verano.
Y es que, si conseguimos aislarnos de la turbulenta superficie de nuestro mundo y nos refugiamos en la cáscara de este huevo cósmico que habitamos, casi todo se vuelve relativo, el frío y el calor, la tormenta y la calma. De las entrañas ardientes de la madre tierra sube hasta nuestras bodegas y hasta mis tomates parte de su enorme calor y mantiene el invernadero, si no caliente, sí lo suficientemente templado como para permitir que la vida continúe. Por eso, casi escondidas en su rincón, las pequeñas habas también han despuntado mostrando al aire, eso sí, con cierta timidez,  sus hojuelas. Y otros miles de semillas que no alcanzo a ver dormitarán también en él, esperando al sol de la primavera, agradecidas, cómo no, a este sencillo, discreto y siempre presente, efecto invernadero. 

« Última Modificación: octubre 14, 2020, 10:10:20 am por petrusdoa »

piem135c

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Re:Diario de la acequia de mi huerto
« Respuesta #18 : octubre 21, 2020, 01:19:49 pm »
Hoy, por razones que no vienen al caso, he tenido que ir a hacer unas labores en un viejo olivar, o al menos eso es  lo que parecen anunciar muchos de sus árboles.. No hay en él acequias ni ríos, tan solo, en un lateral, hacia el este,  una gran charca profunda y oscura , casi un pozo, donde mana un agua fría, gris e inmóvil, casi muerta. En primavera se atreve a adornarse, coqueta, con un par de escuálidas ranas y alguna libélula tornasolada y, durante todo el año sirve, práctica y benevolente, para saciar la sed de los rebaños de ovejas y algunas cabras que deambulan por la zona..
Hay en ese olivar casi noventa hermosos árboles, de todas las edades, la mayoría de más de cien años, algunos probablemente con más de quinientos, como lo anuncian sus troncos nudosos, gruesos y retorcidos y su enorme copa,  preñada de pequeños frutos madurando al escaso sol  otoñal.
No se riegan, beben de las lluvias y de la humedad que encuentran sus largas raíces muchos metros bajo tierra , allí donde fluye en secreto el agua de la charca antes de nacer a la luz. Los hay generosos de fruto y de sombra y , como entre los humanos, otros,  remisos a dar otra cosa que trabajo y esperanzas.
A alguno que tiene el tronco muy dañado, apenas una corteza en torno a la nada del hueco central, le estoy permitiendo desarrollar un nuevo vástago. En cuatro o cinco años, ese hijo de sí mismo, clon de clon, lo sustituirá. El viejo tronco, como una ropa usada, desaparecerá en las entrañas de cualquier estufa de salón mientras de sus mismas raíces brotará su nueva forma vital, un joven olivo con otros cinco siglos de expectativa de vida. Maravillosa inmortalidad la de este árbol . Conoció a mis antepasados  cuando ya era un olivo viejo y en su forma renacida podrá conocer a mis descendientes cuando ya ni siquiera exista memoria de mí. Aunque tal vez, en algún gen perdido en sus células, una pequeña secuencia recite un recuerdo agradecido a Petrus, el bípedo que muchos años atrás le permitió sobrevivirse a sí mismo.