Vivimos inmersos en una especie de guerra de baja intensidad ( para los que no la sufrimos directamente) entre los humanos que malviven en sociedades de pobreza extrema o violencia y quienes gozan de mayor o menor, pero suficiente, estabilidad económica y social. Unos, los primeros, apelan a su derecho a emigrar, para hacerlo hacia la sociedad mejor dotada. Y día tras día, en muchas fronteras, de USA a Canarias, Lampedusa, Oriente Medio, Ceuta estos días, el conflicto revive. Una vez más, el que llega reclama y el que recibe se queja de tener que recibir y dar. El donante forzoso sufre por dar y el receptor dolorido, sufre por recibir poco y mal. Uno aporta su derecho y enfrente de él alguien reniega por estar obligado a aceptarlo.
En El País, periódico español, y a propósito de los sucesos de Ceuta, donde más de sesenta mil jóvenes entraron nadando desde Marruecos, un lector escribía, una vez más, sobre la dualidad derecho-obligación, tan mal definida:
" El derecho a la inmigración es la gran cuestión insoluble de nuestro tiempo. La Declaración Universal de Derechos Humanos lo avala, pero creo que aún no se ha definido del todo lo que es un derecho humano. Un derecho, humano, sería parecido a un imán, que siempre tiene dos polos, norte y sur, o a la carga eléctrica, positiva o negativa, siempre en busca de equilibrio, materia y antimateria... Casi todo en el universo parece construido con entidades de signos complementarios... y así, un derecho sería como el polo sur de un imán, sin existencia real sin el polo norte que lo completaría. El derecho humano tampoco tiene sentido si no se define a la vez la obligación ( horrible voz) de quién debe ampararlo. Un viejo profesor que tuve lo explicaba diciendo que de niños teníamos derecho a merendar cada día, pero que si no hubiera padres obligados a darnos la merienda, tendríamos que coger un par de hojas del suelo y colocar en medio el derecho como si fuera una onza de chocolate... y esa sería la merienda.