Autor Tema: Distinción entre escritos: Canon y Apócrifos  (Leído 1094 veces)

Tinog

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Distinción entre escritos: Canon y Apócrifos
« : octubre 28, 2015, 05:44:05 pm »
DISTINCIÓN ENTRE ESCRITOS: CANON Y APÓCRIFOS:

Si nos retrotraemos a aquellas comunidades primitivas, en los primeros dos siglos, donde los Cristianos tenían que reunirse clandestinamente y recibían los primeros textos escritos como el pan y el vino de su alma y que, a través de ellos, trataban de volver a encontrar, viviente y próxima, la inmortal presencia del Amigo: Jesucristo, visualizaremos correctamente ¡con qué avidez se escuchaba a quienes lo habían visto con sus propios ojos!; y luego, cuando hubo muerto esa generación, a quienes fueron discípulos de los Discípulos. Se estableció así una filiación directa del testimonio y doctrina tradicional, en la que participaba cada cual como en la custodia colectiva de un tesoro.
Los métodos críticos usados por la Iglesia primitiva, nos enseñan que en ella se proscribía la leyenda.  Tertuliano, el gran polemista Cristiano que escribió hacia el año 200, refiere que treinta años antes, apareció en la provincia de Asia un relato en que se veía a San Pablo convertir a una joven pagana, Tecla, la cual empezaba inmediatamente a predicar el Evangelio; pero este relato pareció sospechoso, por lo que buscaron a su autor, un Presbítero lleno de buenas intenciones a quien degradaron.

Se adivina esta severidad en lo que llegaría a ser el Canon cristiano. Es más tarde, cuando habiendo mostrado ya esos textos evangélicos todo su alcance, que se trate de proporcionarles explicaciones que adulen a intereses particulares; alrededor del Evangelio y de los textos apostólicos sobrevino toda una marea de documentos con afirmaciones dudosas, y también falsas; algunos, con habladurías y leyendas. Llamamos a este conjunto los Apócrifos.
Cabe aclarar que el término Apócrifo no se entiende necesariamente como “texto condenado por la Iglesia”, cuando su sentido exacto es: "textos no recogidos en la lista de las Escrituras". Por esto, hay que distinguir entre ellos, ya que algunos parecen haber sido, en su origen, admitidos en diversas partes de la Iglesia. Así sucede con el Evangelio según los Hebreos, que citan Clemente, Orígenes, Eusebio y Epifanio en el siglo III; y que San Jerónimo conocía al final del siglo IV y lo declaró “muy próximo al de Mateo”.  De él sólo poseemos tres fragmentos y, también nos dice, que se usó en las comunidades judeo-cristianas donde no se conocía el griego, ya que estaba escrito en arameo;  también esto ocurre con una parte del Protoevangelio de Santiago, al cual se refieren Orígenes y su maestro Clemente de Alejandría (siglo III), y del que Justino, a mediados del siglo II, también menciona incidentes relativos al Nacimiento de Jesús que, hasta entonces, sólo se habían indicado en este Protoevangelio.  Sin embargo, como ocurre con los otros Apócrifos, tienen exageraciones y detalles estrafalarios.  Por ello, San Jerónimo al final del siglo IV, cuando ya se habían ido definiendo cuáles eran los textos aceptados de Las Escrituras, calificó a los escritos Apócrifos en general, de: “mórbidos ensueños”.

Otros Apócrifos elaborados en el curso de los primera siglos correspondían a intenciones particularmente malévolas para impulsar y favorecer a sectas heréticas. El “Evangelio de San Pedro”, es uno de ellos, Serapio, Obispo de Antioquía hacia el año 200, habló de él a sus fieles aconsejándoles que no lo leyeran; era además sospechoso de Docetismo (la herejía que afirmaba que Cristo no se encarnó, sino que sólo tomó la apariencia del cuerpo humano). Otro, el “Evangelio de los Ebionitas” fue redactado para el uso de aquella curiosa secta de cristianos judaizantes, de tendencias ascéticas. Y, para acabar con esta enumeración, los de la corriente gnóstica, con sus especulaciones, donde abundan la metafísica y las legiones de potencias invisibles y fuerzas misteriosas, para probar que Cristo era otro nombre del Logos platónico; tales como uno de “Tomás”, otro de “Felipe”, y otros……
No todo es forzosamente falso en esos legendarios Apócrifos, pero casi todo aparece deformado sospechosamente. 
San Ireneo, a finales del siglo II, propuso diversos criterios o normas para formular el juicio adecuado frente a las sectas heréticas:
La primera: Los únicos libros que deben servir de norma y canon para los Cristianos son: 1.- los libros del Antiguo Testamento, 2.- los cuatro Evangelios y, 3.- los demás escritos Apostólicos (con esta regla quedaban excluidos todos los apócrifos de los gnósticos, que tanto abundaban).
La segunda: se refiere al contenido de los escritos gnósticos.  Lo único que deben admitir y creer los Cristianos son las verdades transmitidas en el símbolo Apostólico (Credo de los Apóstoles). Con esto eliminaba todos los mitos, especulaciones e inventos que traían los gnósticos de las regiones orientales o de la filosofía helénica.
La tercera:  va dirigida a los cabecillas gnósticos. Es la regla  de la tradición Apostólica, concebida como: La doctrina transmitida por los Apóstoles es la única que debe considerarse como verdadera.
Con esto, San Ireneo nos deja ver, con toda evidencia, que únicamente la Iglesia Católica posee una tradición directa por medio de una sucesión ininterrumpida desde los Apóstoles.

Todos los documentos que pueden encontrarse en los Padres de los primeros siglos muestran con qué cuidado se aplicaron a discernir entre las tradiciones que eran irrefutables de las que lo eran menos.  Un curioso manuscrito, copiado en el siglo VIII, llamado el “Canon de Muratori”, del nombre del coleccionista que lo descubrió en Milán, en 1740, copia la lista de los libros que la Iglesia de Roma tenía por sagrados en los alrededores de 180 - 190. Explica con mucha precisión que no había que incluir en esta lista, por ejemplo, el Pastor de Hermas, por ser “demasiado reciente y no apostólico”, y que rechazaba las seudoepístolas a los “Laodicenses” y a los “Alejandrinos” “atribuidas a San Pablo para sostener la herejía de Marción (quien oponía sistemáticamente al Antiguo y al Nuevo Testamento; al Dios de los judíos con Jesús de Nazaret)”.  Ahora bien, lo que aparece netamente en ese texto, es que ya en esa época (finales del siglo II), la lista era, en líneas generales, la misma que la de hoy: figuran allí los dos grupos fundamentales, los cuatro Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, de una parte, y trece epístolas paulinas de otra. Puede, pues, decirse sin ningún temor, que ciento cincuenta años después de la muerte de Jesús, lo esencial de los libros que nos lo hacen conocer estaba ya fijado por una tradición crítica.
 
En el siglo IV, esta lista se amplía y asegura definitivamente, como lo muestran, vgr. San Cirilo de Jerusalén, ordenado obispo en 348; de él se conservan sus Lecciones para Catequizar, escritas en  347 - 348 antes de ser ordenado obispo, en ellas indica lo que debemos creer y aceptar:
"Las verdades contenidas en el Credo", ….
Y nos enuncia los libros que debemos aceptar, diciendo que los “debemos estudiar diligentemente”… y “no tener nada que ver con los Apócrifos”.   
Estos Libros, son:
22 Libros del Antiguo Testamento:
   5 Libros de Moisés (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio),
   2 de: Jueces y Ruth,
   5 Históricos (Reyes -1, 2, 3 y 4, contados como 2), Pralipemenón, Esdras y Ester),
   5 en versos (Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los Cantares),
   y 5 Proféticos (Isaías,  Jeremías, Baruc, Ezequiel y Daniel).
26 Libros del Nuevo Testamento  (falta el Apocalipsis de San Juan):
   “Cuatro únicos Evangelios, los otros están escritos falsamente y son dañinos … los Maniqueos (Gnósticos) escribieron el Evangelio de Tomás, el cual, tocado superficialmente con título de Evangélico, corrompe el alma de gente simple” …,
   “Reciban también el libro de los Hechos de los Apóstoles”…,
   “y en adición a estos, las siete Epístolas Católicas, de: Santiago (1), Pedro (2), Juan (3), y Judas”….,
   “y, para sellar toda la labor de los Discípulos, las Catorce Epístolas de Pablo. Todo lo demás deséchenlo como foráneo. Y los libros que no se lean en las Iglesias, no los lean ni en lo personal, como ya nos han oído decirles”….

Además de lo que publicó San Cirilo de Jerusalén, los siguientes Catálogos han sido descubiertos: del año 359 para África, del año 363 para Frigia, del año 367 para Egipto -publicado por Atanasio-, y del año 382 -Concilio Romano del Papa Dámaso-.  Cuando en 397 en Cartago, el Concilio que dominó San Agustín, publicó otro, el más notorio, no hizo más que sancionar básicamente la misma tradición antigua, y la lista que dio fue exactamente la que el Concilio de Trento (1546 - 1563) afirmaría frente a los Protestantes (con la sola diferencia de la Epístola a los Hebreos, que el Concilio de Trento atribuyó a San Pablo y que el de Cartago presentaba como anónima). Desde esta fecha existe el Canon cristiano del Nuevo Testamento  (El decreto sobre las Escrituras Canónicas del Concilio de Trento, fijó en veintisiete de ellas: los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, catorce Epístolas de San Pablo, una de Santiago, dos de San Pedro, tres de San Juan, una de San Judas, y el Apocalipsis de San Juan; a siete de ellos se les denomina hoy “Deuterocanónicos”, porque la Iglesia en sus inicios no había fijado su atribución al Autor  que después indicó determinantemente el Concilio de Trento).
« Última Modificación: octubre 28, 2015, 05:58:01 pm por Tinog »