Tengo un viejo y solitario amigo, ambos adjetivos le sirven, sobre todo el segundo. Ni padres, ni esposa, ni hijos, ni familiares próximos, ni amigos actuales que le conozca. Cuando le veo, siempre va o viene del mismo lugar: la biblioteca pública, donde consume en la lectura todo su tiempo libre, o casi todo. Come lo que sabe cocinar, poco, y está , por su delicada salud, sometido a frecuentes análisis, tratamientos ambulatorios y visitas al médico. Es, por ahora, un raro ejemplar de una generación en la que las salidas profesionales y familiares eran menos ambiguas y complejas que las que ahora idean algunos de los ideólogos opinadores que gobiernan sin saber de lo que gobiernan. Y este hombre es raro en su soledad radical, porque la mayoría de sus coetáneos acabaron matrimoniando, criando sus hijos y formando un hogar en compañía de otro ser humano y, entre ambos, llevando adelante la ardua labor de preparar a otra generación para la vida. Y la mayoría de ancianos que conozco, aún en la viudez, suelen contar con familiares, hijos sobre todo, hermanos, que les sirven de apoyo y compañía, en mayor o menor grado. Pero ahora, las nuevas generaciones parecen ordenar, es un decir, su vida de otros modos: no matrimonian, se emparejan temporalmente, se reemparejan una o más veces, sustituyen, estadísticamente demostrado, hijos por mascotas, del hámster al gran danés, y a menudo no tienen esposo o esposa, a veces ni cónyuge, sino más bien, un ambiguo, pareja, de género y sexo protegidos por la ley de secretos inviolables. Y con estos condicionales, la rareza de mi viejo y solitario amigo de hoy será, en un futuro nada distante, lo común. En las ciudades inmensas del futuro, se construirán grandes barrios para ancianos, con pequeños apartamentos individuales, casi cubículos al modo de celdas apícolas, y en cada uno, un humano, que tal vez tuvo cinco parejas inestables , cinco perros, produjo un hijo, en un descuido, admitirán, que confiaron al Estado al nacer, y dedicados, en todo su tiempo libre, que será mucho, a rumiar su don más preciado: la soledad. Como mi raro, viejo y solitario amigo de ahora, pero a millones. Y seguramente con una Cáritas en cada calle, desbordada, intentando llegar más allá de sus posibilidades, como ahora mismo.