Autor Tema: El Dogma del Pecado Original  (Leído 238 veces)

Fegapa

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El Dogma del Pecado Original
« : febrero 18, 2020, 01:37:27 pm »
Hace casi un año que Petrusdoa abrió este foro sobre “EL Dogma Católico” y un poco después abrimos el tema, “¿ Pueden ser los dogmas Católicos contrarios a la razón ?”, en cual incluimos el siguiente texto de la Carta del Cardenal Newman al Duque de Norfolk sobre la infalibilidad del Papa :

“Aunque está claro en la Carta mencionada que: " hay también verdades que trascienden los descubrimientos de la razón (….) en todos los casos el motivo principal por el que un católico recibe esas verdades no es que vengan certificadas por la Historia o la Razón sino que las ha revelado Dios a través de su Iglesia, Maestra, que es su legítimo intérprete... Se aplica también esto a otras verdades en que la Razón tiene que ver más que la Historia, conocidas como Desarrollos de la doctrina cristiana; verdades que no están en la superficie del depositum apostólico –esto es, el legado de la Revelación- pero que, extraídas y formuladas por los teólogos al cabo del tiempo, llegan a ser propuestas a los fieles como objeto de Fe. Ningún católico dirá que tienen que deducirse lógicamente en toda su integridad y exactitud de lo que se creía en los primeros siglos, sino sólo esto: puesto que la Iglesia es Infalible -esto es, capaz de superar cualquier objeción excepto una contradicción directa- no hay nada que repugne a la razón al cotejar esas Verdades Desarrolladas con la enseñanza de los Padres de la Iglesia".
« Última Modificación: febrero 18, 2020, 10:37:24 pm por Fegapa »

Tinog

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Re:El Dogma de Adán y Eva
« Respuesta #1 : febrero 18, 2020, 01:52:11 pm »
Hola fegapa, petrusdoa y jaume:

   He estado leyendo y meditando lo que ustedes han expresado sobre nuestros Primeros Padres y el Dogma del Pecado Original, con las dificultades que encontramos para entender este Pecado con explicaciones racionales exclusivamente, sin haber profundizado en lo que los Dogmas de la Redención y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo nos explican en relación a esta falta de nuestros Primeros Padres, y cómo nos afectó a toda la descendencia de ellos. Por ello, he recurrido al libro del Profesor de la Universidad de Tubinga Karl Adam: "El Cristo de Nuestra Fe" de mediados del siglo XX (El Profesor Karl Adam, además de ser un Teólogo de primerísimo orden, tuvo entre sus discípulos al Papa Emérito: Benedicto XVI (otro Teólogo eminentísimo, a quién hay qué escuchar en estos temas difíciles):

                                                  Como es un texto extenso lo he dividido en 2 partes. 1ª Parte:

   'Nuestra redención por Cristo consiste en que Él es el camino hacia el Padre. Por la predicación de la verdad eterna redimió del error el entendimiento del hombre. Por gracia y amor redimió la voluntad debilitada por el pecado. Por su naturaleza divino-humana, nuestra naturaleza caída en todos sus aspectos. Tales son las nuevas fuerzas redentoras: El mensaje de Cristo, la gracia de Cristo, el ser divino-humano de Cristo...

   El pecado original y la redención: Los primeros padres (en su genética), contenían todas las posibilidades de la humanidad prefiguradas en el concepto "hombre", todas las concreciones y marcas particulares que pudieran recibir. No eran, pues, a diferencia de nosotros -sus descendientes- como primera pareja humana y padres del tronco de la humanidad, meros ejemplares de la especie, sino "hombres simplemente", totus homo. Pues bien, en esa primera pareja, vivimos todos potencialmente, en los albores de la creación, la vida del estado primitivo de gracia. En ellos fuimos llamados todos a la filiación de Dios, a la participación de la vida divina. Más aún: en ellos participamos todos ya de la vida divina... A esta unidad de vida y gracia de los primeros padres correspondió la culpa solidaria (en su descendencia), cuando ellos, por su libre albedrío infringieron el mandamiento de la prueba... . Por ellos cayó toda la humanidad de nuestra originaria relación de vida y amor con Dios. Lo que nos quedó era ya sola la naturaleza caída -natura lapsa-, un estado, por consiguiente, que, esencialmente, era un no deber-ser, pues no entraba en el plan inicial de Dios.
   La naturaleza humana quedó en adelante sin Dios, se pertenecía sólo a sí misma, era sólo pura naturaleza.

   ¿Podía esta humanidad ser redimida? Puesto que la culpa, radicalmente, había atacado lo más hondo de nuestro ser, sólo Dios podía librarnos de ella. No hay esfuerzo humano, no hay heroísmo creado capaz de llenar el inmenso abismo que se abriera por el pecado original entre el Creador y la criatura. La humanidad estaba relegada a distancias infinitas de Dios, a las infinitas lejanías del ser creado, a la que va adherida la mácula del no deber-ser del pecado.
   Así pues, sólo Dios mismo nos podía redimir. Más como no se trataba de la redención de individuos humanos aislados, sino la del totus homo -de la superior unidad de todos los hombres posibles- era conveniente a la sabiduría de Dios que, la redención -de una vez para siempre- se cumpliera y realizara en Un sólo hombre': Dios mismo en su Hijo unigénito.


   Doctrina de la Iglesia sobre la redención:

   'La herejía pelagiana obligó al magisterio de la Iglesia a expresarse por primera vez sobre la acción salvadora de Cristo. El pelagianismo juzgaba el pecado no en su conexión con el primer pecado de nuestros Primeros Padres, sino como acción personal libre del individuo, desligada de la corrupción original que acompaña a nuestra naturaleza. No veía, pues, el pecado de herencia en su conexión solidaria con toda la humanidad. El individuo por su propia culpa caerá en el pecado; pero puede también por su propio personal esfuerzo levantarse del pecado. Sólo necesita del ejemplo de Cristo, en el sentido de una gracia externa. Cristo fue nuestro modelo, pero nada más ... Sólo reconocía la gracia de la redención para la remisión de los pecados. En su estado inicial parece haber negado también esta gracia. Sólo la polémica de San Agustín, que insistente y enérgicamente alegaba la necesidad y universalidad del bautismo de los niños , se vio el pelagianismo obligado a admitir , por lo menos para la remisión de los pecados, la necesidad de la gracia redentora de Cristo. Contra los pelagianos se dirigió la definición del Concilio de Éfeso en su canon 10: Si quis ergo dicit, quod pro se obtulisset semetipsum oblaciones et non potius pro nobis solis, anatema sit. El concilio definió, pues, el dogma de que Cristo no sufrió la muerte por sí, sino por nosotros  (en el siglo XVI el socinismo volvió a impugnar la virtud redentora de la cruz de Cristo) ...

   Dentro del cristianismo, surgieron pocas herejías que impugnaran la doctrina cristiana de la redención. Si prescindimos de pelagianos y socinianos, solamente la teología liberal sobre Jesús y sus sucesores sostuvieron que el pensamiento cristiano de redención era una mística insostenible.

   La doctrina de la redención en la tradición eclesiástica: Las tradiciones teológicas sobre la acción salvadora de Cristo en la época postapostólica, todas parten del hecho fundamental de que Cristo murió por nosotros y qué en Él tenemos nosotros vida. Pocos dogmas cristianos fueron ya desde los comienzos confesados con tanta fuerza como el dogma de Cristo crucificado por nosotros.
   Los Padres apostólicos: No sorprende que los Padres apostólicos no se extendieran en especulaciones sobre la acción redentora de Cristo, sino que se limitaran a repetir la afirmaciones recibidas del Señor y de los apóstoles. Ignacio de Antioquía defiende contra los gnósticos judeocristianos la acción redentora de Cristo. Poco antes de su martirio escribió en su Carta a los Romanos (c. 6): "A aquel busco que murió por nosotros. A aquel quiero que por nosotros resucitó" ... (posteriormente): los apologistas recalcan con energía, frente a sus adversarios gnósticos, la redención.
   Sólo con el siglo III se aventura a salir a la luz especulaciones independientes acerca de la obra redentora de Cristo. San Ireneo de Lyón dice claramente: "Por su encarnación, Cristo se ha convertido en la nueva cabeza de la humanidad. Toda la humanidad está en Él recapitulada.. Él es compendium totius generis humani".

   La muerte de Jesús como "mysterium tremendum et fascinosum":
   Cuando Pablo viene a hablar de los consejos redentores de Dios, brota de sus labios un himno de estupor y de alabanza: "¡Oh profundidades de riquezas y sabiduría y ciencia de Dios! ¡Cuan inescrutables son sus juicios e irrastreables sus caminos" (Rom 11,33).
   Dios no es sólo misterio, sino también misterio tremendo. La redención sobre el Gólgota no puede menos que producir en nosotros ese temblor. ¡Cuán de otra manera hubiera trazado el hombre el camino que condujera a la redención! Para el minúsculo pensamiento humano, todo se hubiera hecho de modo absolutamente traslúcido y racional, sin tensiones e incomprensibilidades de ninguna clase. Con absoluta sencillez señala Isaías al siervo de Yahvé, que toma sobre sí los pecados de su pueblo. Y apenas ha dicho lo que Dios le manda decir, él mismo se espanta de lo dicho. Y cuando el espíritu de Dios no era ya tan vivo, huyeron los hombres de la imagen del horror del siervo paciente de Yahvé y se buscaron, como en el judaísmo poscanónico, una imagen del Mesías que se ajustara al sentimiento y deseos carnales. También la moderna teología liberal se horroriza ante una redención por la sangre, las llagas y la cruz. Si, en fin, tenía que haber un Mesías, tenía que ser un Mesías beatíficamente sonriente, un Mesías entre flores y niños.

   Pero los pensamientos de los hombres no son los pensamientos de Dios.
   Sobre el Gólgota brilla en dos actos actos del del amor de Dios, aquel mysterium fascinascinosum que es Dios mismo. El que muere es Hijo de Dios. Ya hemos indicado cómo la encarnación de Cristo es pura gracia y como ella preparó el Calvario. Y lo que por el acontecimiento del Calvario se ganó para nosotros es a su vez pura gracia y amor, es decir que Dios nos aplique a nosotros la acción salvadora de Cristo, y, como obra y dolor por todos nosotros. El crucificado, en lo que es y en lo que por nosotros realiza, es para nosotros la caridad de Dios hecha visible, el mysterium fascinosum ante nuestros ojos. Esta plenitud de gracia, como la otra plenitud de horror, no pueden separarse una de otra, como también su misericordia y su justicia son una sola cosa, el Dios uno. Justamente en esta misteriosa unión de justicia y misericordia resplandece para nosotros el concepto cristiano de Dios en su unicidad y sublimidad.
   Redención y responsabilidad moral del hombre: Ahora comprendemos patentemente la superficialidad que late en el fondo de las objeciones modernas contra la doctrina cristiana de la redención ... en el pecado no se trata de un desorden puramente ético que se cumple en la voluntad del hombre, sino de un trastorno existencial que afecta al ser íntegro del hombre y destruye sus conexiones físicas y metafísicas ... el hombre "legal" dista mucho aún de ser el hombre verdaderamente bueno y puro.  Cuando semejante hombre "moral" se siente satisfecho de sí mismo y dice como el fariseo en el templo: "Señor, yo te doy gracias, porque no soy como ese infeliz publicano, ahí en el rincón del templo", demuestra no haber mirado bastante en las profundidades borbollantes de su propio ser. Le falta justamente lo más fino, el sentimiento profundo de que, medida con el solo santo, con la santidad esencial, toda su pulida moralidad tiene un tufo que la delata. ¿Acaso la última guerra mundial no nos enseña con espantosa evidencia qué demonios habitan en los hombres ... y, frente a esos monstruos de la guerra mundial que conscientemente, en plena reflexión, con libérrimo "sí" de su voluntad, acumularon abominación sobre abominación. Éste es el hombre con sus íntimas profundidades. El verdadero cristiano siente elementalmente que toda esa llamada moral es en el fondo cultura superficial.
   Le dijo una vez Pedro a Jesús: "Señor, apártate de mi, porque soy hombre pecador" (Lc 5, 9). Cuenta el profesor Jocham en su autobiografía (Briefe eines Obskuranten) que cuando su buena madre se hallaba en el lecho de muerte, no se cansaba de rezar y le invitaba también a él a que rogara por su pobre alma. Jocham pasaba entonces por su período Sturm und Drang, durante el cual se tiene todavía fe en el propio yo y en su autonomía. La orientación es puramente ética, no religiosa, y se profesa un alegre optimismo en la visión de sí mismo y de las cosas. De ahí que al joven Jocham le pareciera extraño el ruego de su madre: "Madre, ¡tú has sido siempre buena! Por lo que yo recuerdo , no sé de ti nada malo. Durante toda tu vida te has sacrificado por nosotros, no te has concedido nada a ti misma y has hecho mucho bien a los pobres. Realmente, no tienes por qué temer que Dios no te sea propicio" Su madre le miró entonces con extraños ojos y, haciendo un último esfuerzo, le señaló el crucifijo en un rincón del cuarto. "Hijo mío -le dijo- ¡si no fuera por ése!" La sencilla mujer campesina se había dado cuenta con la despierta conciencia del moribundo que toda nuestra moralidad no vale para nada, ante el solo santo. Sólo vale aquí el redentor. Sólo en su ser santo, unido con la divinidad, somos salvados nosotros. Nuestra moral necesita de la religión para ser moral. La redención no significa una mera imputación externa y mecánica del fruto de la redención, sino que significa, además de eso, que nosotros con toda nuestra existencia nos entregamos a Cristo redentor, nos instalamos existencialmente dentro de su pensar querer y obrar, nos incorporamos a Él y de Él tomamos continuamente, como los sarmientos de la cepa, nuestro impulso y movimiento. La redención, pues, no es sólo un don, sino tarea y acción; pero una acción que estriba en la seguridad objetiva de nuestra conciencia, que nos viene de Cristo; que estriba, repetimos, en la conciencia de estar, por el bautismo, salvados de una vez para siempre en Cristo.
   La redención de Cristo no es un hecho cumplido una vez y que pertenece ya a la historia, sino una realidad permanente. Es fuerza y vida, eterna regeneración y reconciliación. La Iglesia formula esta verdad en su doctrina sobre la realeza de Cristo y su eterno señorío.

   La realeza del Redentor
   La "bajada" de Cristo a "los infiernos". Es dogma de fe de la Iglesia que, después de la muerte del Señor, el alma humana de Jesús bajó al limbo. A decir verdada, este artículo no entró en el símbolo de la fe hasta el siglo IV. Al negar Apolinar de Laodicea el alma humana de Jesús, que era sustituida por el Logos, los Padres se refirieron en primer término a la bajada de Cristo: el "descendit ad inferos", para demostrar así la existencia de su alma humana. El nombre de limbo o "pre-infierno" procede de la escolástica que ponía antes del infierno el lugar de los justos del Antiguo Testamento. Pero los reformadores, a fin de poner la victoria de Jesús sobre el demonio, mantuvieron el concepto antiguo de "infernus", en el sentido de que el Señor Jesús había ido al infierno, lo destruyó personalmente y ligó así al diablo. Lutero mismo aceptó decididamente esta opinión (cf. Loofs, Dogmengeschichte, p.781). El dogma de la Iglesia quiere decir que el alma humana de Cristo unida con el Logos, después de su separación del cuerpo, descendió a las almas de los justos precristianos y les llevó la buena nueva de la redención. Literalmente, es cierto que el dogma sólo habla de un descendit ad inferos y haría pensar puramente en el hecho de que Cristo murió realmente. Con el descendere, los judíos de entonces entendían sólo el hecho de la muerte, la bajada de las almas al Seol o Hades a juntarse con los padres allí reunidos. Según esto, nuestra fórmula sólo habría querido expresar la verdad de que Cristo, en su muerte, no fue arrebatado de la tierra al cielo, sino que durante el triduo anterior a su resurrección descansó, como verdadero difunto, en cuanto al cuerpo, en la sepultura.
   Pero si se mira más a fondo la tradición bíblica y eclesiástica, hay que entender el descendit en sentido más profundo, es decir, como expresión de la regia soberanía de Cristo sobre los muertos. En su carta a los efesios (4, 9), escribe Pablo: "Y que subió, ¿qué quiere decir sino que antes también bajó a las partes inferiores de la tierra?" El apostol, pues, sigue un procedimiento de argumentación rabínica, deduce de un ascendere un descendere. Una alusión velada al descenso a los infiernos parece haberla hecho el Señor mismo, Mateo (12,40) trae el logion: "Como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del monstruo marino, así estará el hijo del hombre tres días y tres noches en el seno de la tierra", hubo de estar, no el cadáver de Jesús, sino Jesús mismo, su alma viva, pues Jonás estuvo en el vientre de la ballena no muero, sino vivo. Muchos teólogos se refieren a la palabra de Jesús al buen ladrón: "Hoy estarás conmigo en el paraiso" (Lc 23, 43). Pero habría que demostrar que Jesús entendió por paraíso el limbo o pre-infierno. Otros hallan una alusión semejante en Mt 27,52: (A la muerte de Jesús) "resucitaron muchos cuerpos de santos que habían dormido".'

                                                                       Continúa en la 2ª Parte, final ....
 
   
 


« Última Modificación: marzo 05, 2020, 05:59:39 pm por Tinog »

Fegapa

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Re:El Dogma del Pecado Original
« Respuesta #2 : febrero 18, 2020, 11:52:22 pm »
DOCUMENTO DE LA SANTA SEDE.

http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_con_cfaith_doc_20070419_un-baptised-infants_sp.html

COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL

LA ESPERANZA DE SALVACIÓN
PARA LOS NIÑOS QUE MUEREN SIN BAUTISMO*


El tema del destino de los niños que mueren sin haber recibido el Bautismo ha sido afrontado teniendo en cuenta el principio de la jerarquía de las verdades, en el contexto del designio salvador universal de Dios, de la unicidad y el carácter insuperable de la mediación de Cristo, de la sacramentalidad de la Iglesia en orden a la salvación y de la realidad del pecado original. En la situación actual de relativismo cultural y de pluralismo religioso, el número de niños no bautizados aumenta de manera considerable. En esta situación se hace más urgente la reflexión sobre la posibilidad de salvación para estos niños. La Iglesia es consciente de que esta salvación se puede alcanzar únicamente en Cristo por medio del Espíritu. Pero no puede renunciar a reflexionar, en cuanto madre y maestra, acerca del destino de todos los seres humanos creados a imagen de Dios y, de manera particular, de los más débiles y de aquellos que todavía no tienen el uso de la razón y de la libertad.

Es sabido que la enseñanza tradicional recurría a la teoría del limbo, entendido como un estado en el que las almas de los niños que mueren sin bautismo no merecen el premio de la visión beatífica, a causa del pecado original, pero no sufren ningún castigo, ya que no han cometido pecados personales. Esta teoría, elaborada por los teólogos a partir de la Edad Media, nunca ha entrado en las definiciones dogmáticas del Magisterio, aunque el mismo Magisterio la ha mencionado en su enseñanza hasta el concilio Vaticano II. Sigue siendo por tanto una hipótesis teológica posible. No obstante, en el Catecismo de la Iglesia Católica (1992) la teoría del limbo no se menciona; se enseña por el contrario que, en cuanto a los niños muertos sin el bautismo, la Iglesia no puede más que confiarlos a la misericordia de Dios, como se hace precisamente en el ritual de las exequias previsto específicamente para ellos. El principio según el cual Dios quiere la salvación de todos los seres humanos permite esperar que haya una vía de salvación para los niños muertos sin bautismo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1261). Esta afirmación invita a la reflexión teológica a encontrar una conexión lógica y coherente entre diversos enunciados de la fe católica: la voluntad salvífica universal de Dios / la unicidad de la mediación de Cristo / la necesidad del bautismo para la salvación / la acción universal de la gracia en relación con los sacramentos / la ligazón entre pecado original y privación de la visión beatífica / la creación del ser humano «en Cristo».

La conclusión del estudio es que hay razones teológicas y litúrgicas para motivar la esperanza de que los niños muertos sin Bautismo puedan ser salvados e introducidos en la felicidad eterna, aunque no haya una enseñanza explícita de la Revelación sobre este problema. Ninguna de las consideraciones que el texto propone para motivar una nueva aproximación a la cuestión puede ser utilizada para negar la necesidad del bautismo ni para retrasar su administración. Más bien hay razones para esperar que Dios salvará a estos niños ya que no se ha podido hacer por ellos lo que se hubiera deseado hacer, es decir, bautizarlos en la fe de la Iglesia e insertarlos visiblemente en el Cuerpo de Cristo.

Para terminar, una observación de carácter metodológico. El tratamiento de este tema se justifica dentro del desarrollo de la historia de la inteligencia de la fe de la que habla la constitución Dei Verbum -n. 8-, y cuyos factores son la reflexión y el estudio de los creyentes, la experiencia de las cosas espirituales y la predicación del Magisterio. Cuando en la historia del pensamiento cristiano se ha comenzado a suscitar la pregunta sobre la suerte de los niños muertos sin bautismo tal vez no se conocía exactamente la naturaleza y todo el alcance doctrinal implícito en esta cuestión. Solamente en el desarrollo histórico y teológico que ha tenido lugar en el curso de los siglos y hasta el concilio Vaticano II se ha caído en la cuenta de que esta pregunta específica debía ser considerada en un horizonte cada vez más amplio de las doctrinas de fe, y que el problema puede ser repensado poniendo en relación explícita el punto en cuestión con el contexto global de la fe católica y observando el principio de la jerarquía de las verdades mencionado en el decreto Unitatis redintegratio del concilio Vaticano II. El documento, tanto desde el punto de vista teológico-especulativo como práctico-pastoral, constituye un instrumento explicativo, útil y eficaz para la comprensión y la profundización de esta problemática, que no es solamente doctrinal, sino que va al encuentro de urgencias pastorales de no poca relevancia.


Introducción

1. San Pedro exhorta a los cristianos a estar siempre preparados para dar razón de la esperanza que hay en ellos (cf. 1 Pe 3,15-16)[1]
. Este documento trata del tema de la esperanza que los cristianos pueden tener acerca de la salvación de los niños que mueren sin haber recibido el Bautismo. Explica cómo se ha desarrollado esta esperanza en los últimos decenios y en qué base se apoya, de tal manera que se pueda dar razón de ella. Aunque a primera vista este tema puede parecer marginal respecto a otras preocupaciones teológicas, cuestiones muy profundas y complejas se encuentran implicadas en el desarrollo del mismo; urgentes necesidades pastorales hacen necesaria esta explicación.

2. En nuestros tiempos crece sensiblemente el número de niños que mueren sin haber sido bautizados. En parte porque los padres, influenciados por el relativismo cultural y por el pluralismo religioso, no son practicantes, en parte también como consecuencia de la fertilización in vitro y del aborto. A causa de estos fenómenos el interrogante acerca del destino de estos niños se plantea con nueva urgencia. En una situación como ésta las vías a través de las cuales se puede alcanzar la salvación aparecen más complejas y problemáticas. La Iglesia, que custodia fielmente los caminos de la salvación, sabe que ésta sólo se puede alcanzar en Cristo mediante el Espíritu Santo. Pero en cuanto madre y maestra no puede renunciar a reflexionar sobre la suerte de todos los seres humanos, creados a imagen de Dios[2], en particular de los más débiles. Los adultos, dotados de razón, conciencia y libertad, son responsables de su propio destino en cuanto aceptan o rechazan la gracia de Dios. Pero los niños, que no tienen todavía el uso de la razón, la conciencia y la libertad, no pueden decidir por sí mismos. Los padres experimentan un gran dolor y sentimientos de culpa cuando no tienen la certeza moral de la salvación de sus hijos, y las personas encuentran cada vez más difícil aceptar que Dios sea justo y misericordioso si excluye a los niños, que no han pecado personalmente, de la salvación eterna, sean cristianos o no. Desde un punto de vista teológico, el desarrollo de una teología de la esperanza y de una eclesiología de la comunión, juntamente con el reconocimiento de la grandeza de la misericordia de Dios, cuestionan una interpretación excesivamente restrictiva de la salvación. De hecho la voluntad salvífica universal de Dios y la mediación de Cristo, igualmente universal, hacen que se juzgue inadecuada cualquier concepción teológica que en último término ponga en duda la omnipotencia de Dios y, en especial, su misericordia.

3. La teoría del limbo, a la que ha recurrido la Iglesia durante muchos siglos para hablar de la suerte de los niños que mueren sin Bautismo, no encuentra ningún fundamento explícito en la revelación, aunque haya entrado desde hace mucho tiempo en la enseñanza teológica tradicional. Además, la idea de que los niños que mueren sin bautismo se encuentren privados de la visión beatífica, idea que ha sido considerada durante tanto tiempo doctrina común de la Iglesia, suscita numerosos problemas pastorales, hasta tal punto que muchos pastores de almas han pedido una reflexión más profunda sobre los caminos de la salvación. La reconsideración necesaria de estas cuestiones teológicas no puede ignorar las consecuencias trágicas del pecado original. El pecado original comporta un estado de separación de Cristo que excluye la posibilidad de la visión de Dios para aquellos que mueren en este estado.

4. Reflexionando sobre el tema del destino de los niños que mueren sin bautismo, la comunidad eclesial debe tener presente el hecho de que Dios, propiamente, es más el sujeto que el objeto de la teología. La primera tarea de la teología es por tanto la escucha de la palabra de Dios. La teología escucha la palabra de Dios, contenida en la Escritura, para comunicarla con amor a todos los hombres. No obstante, acerca de la salvación de los que mueren sin Bautismo, la palabra de Dios dice muy poco o nada. Es necesario por tanto interpretar el silencio de la Escritura sobre este tema a la luz de los textos que tratan del designio universal de salvación y de los caminos de la misma. En resumen, el problema, tanto para la teología como para la pastoral, es cómo salvaguardar y armonizar dos grupos de afirmaciones bíblicas: las que se refieren a la voluntad salvífica universal de Dios (cf. 1 Tm 2,4), y las que conciernen a la necesidad del Bautismo como la vía para ser liberados del pecado y conformados con Cristo (cf. Mc 16,16; Mt 28,18-19).

5. En segundo lugar, teniendo presente el principio lex orandi, lex credendi, la comunidad cristiana tiene en cuenta que no hay ninguna mención del limbo en la liturgia. Ésta comprende la fiesta de los Santos Inocentes, venerados como mártires, aunque no habían sido bautizados, porque fueron muertos «por Cristo»[3]. Ha habido un importante desarrollo litúrgico con la introducción de los funerales por los niños muertos sin bautismo. No rezamos por los condenados. El Misal Romano de 1970 introdujo una misa funeral por los niños no bautizados cuyos padres deseaban presentarlos para el Bautismo. La Iglesia confía a la misericordia de Dios a los niños que mueren sin Bautismo. En la Instrucción sobre el Bautismo de los niños de 1980 la Congregación para la Doctrina de la Fe ha reafirmado que «en cuanto a los niños muertos sin Bautismo la Iglesia sólo los puede confiar a la misericordia de Dios, como hace en el rito de los funerales por ellos»[4]. El Catecismo de la Iglesia Católica (1992) añade que «la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: “Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis ” (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños muertos sin Bautismo»[5].

6. En tercer lugar, la Iglesia no puede dejar de estimular la esperanza de la salvación para los niños muertos sin Bautismo por el hecho que ella «ruega para que nadie se pierda»[6], y ruega en la esperanza de que «todos los hombres se salven»[7]. A la luz de una antropología de la solidaridad[8], reforzada por una comprensión eclesial de la personalidad corporativa, la Iglesia reconoce la ayuda que puede dar la fe de los creyentes. El evangelio de Marcos narra precisamente un episodio en el que la fe de algunos ha sido eficaz para la salvación de otra persona (cf. Mc 2,5). Aun siendo bien consciente de que el medio normal para alcanzar la salvación en Cristo es el Bautismo in re, la Iglesia espera que existan otras vías para conseguir el mismo fin. Puesto que, por su encarnación, el Hijo de Dios «se ha unido en un cierto modo» a todo ser humano, y puesto que Cristo ha muerto por todos y «la vocación última del hombre es efectivamente una sola, la divina», la Iglesia sostiene que «el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de ser asociados, del modo que Dios conoce, al misterio pascual[9]» (Gaudium et spes 22).

7. Finalmente, al reflexionar teológicamente sobre la salvación de los niños que mueren sin Bautismo, la Iglesia respeta la jerarquía de las verdades y por tanto empieza por reafirmar claramente el primado de Cristo y de su gracia, que tiene prioridad sobre Adán y el pecado. Cristo, en su existencia por nosotros y en el poder redentor de su sacrificio, ha muerto y resucitado por todos. Con toda su vida y su enseñanza ha revelado la paternidad de Dios y su amor universal. Si la necesidad del bautismo es de fide, la tradición y los documentos del Magisterio que han reafirmado esta necesidad tienen que ser interpretados. Es verdad que la voluntad salvífica universal de Dios no se opone a la necesidad del bautismo, pero también es verdad que los niños no oponen ningún obstáculo personal a la acción de la gracia redentora. Por otra parte el bautismo se administra a los niños, que están libres de pecados personales, no sólo para liberarlos del pecado original, sino también para insertarlos en la comunión de salvación que es la Iglesia, por medio de la comunión en la muerte y resurrección de Cristo (cf. Rom 6,1-7). La gracia es totalmente gratuita en cuanto es siempre puro don de Dios. La condenación, por el contrario, es merecida, porque es la consecuencia de la libre elección humana[10]. El niño que muere después de haber sido bautizado es salvado por la gracia de Cristo mediante la intercesión de la Iglesia, incluso sin su cooperación. Nos podemos preguntar si el niño que muere sin Bautismo, pero por el cual la Iglesia expresa en su oración el deseo de salvación, puede ser privado de la visión de Dios sin su cooperación.


Nota : Los realzados en negrita son míos.
« Última Modificación: marzo 07, 2020, 10:27:14 pm por Fegapa »

Tinog

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Re:El Dogma del Pecado Original
« Respuesta #3 : febrero 23, 2020, 07:37:35 pm »
 Hola fegapa, petrusdoa y jaume, concluyo aquí lo que les indiqué en la Respuesta ·1:               


   2ª Parte, y final sobre lo que indica el libro: El Cristo de Nuestra Fe de Karl Adam respecto al Pecado Original:

   'Con mayor claridad que estos textos, propone el dogma el pasaje de 1 Petr 3, 18 ss: "Porque también Cristo padeció una vez por nuestros pecados, el justo por los inicuos, a fin de conducirnos a Dios, muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu. Y en ese espíritu marchó a predicar a los espíritus que estaban en prisión, aquellos que en otro tiempo no creyeron, cuando los estaba esperando la paciencia de Dios, en los días de Noé, al tiempo de construirse el arca, a la que pocos, es decir ocho almas entraron para salvarse por el agua". El pasaje es realmente difícil. Se hallan en él elementos mitológicos (al igual que ocurre, sí se toman los textos literalmente, en otros pasajes del libro del Génesis). Por los espíritus encerrados en la cárcel sólo pueden entenderse las almas de los que perecieron en el diluvio. hay que suponer que muchos de los que en los días de Noé rechazaron la predicación de la penitencia llegarían aún, ante el terror del diluvio, a arrepentimiento y penitencia y como arrepentidos y penitentes serían acogidos en el Seol. A estos anunció Cristo la redención. Pero como quiera que en el Seol no estaban sólo estos penitentes convertidos en el diluvio, sino todos los que desde Adán se habían vuelto a Dios, no hay duda de que el mensaje de salvación fue llevado por Jesús a la humanidad entera precristiana que muriera en la penitencia. Esto por lo menos admite unánimemente la tradición cristiana. Ésta entiende, pues el texto de Pedro en el sentido de un mensaje de redención que llevó Cristo no solo a los penitentes del diluvio, sino a todos los justos precristianos (y, yo me pregunto: en el mundo actual en el que la secularización y la confusión de tantas gentes de buena voluntad, pero alejados de la verdad predicada por Cristo ¿no estarán incluidos, además, estas "tantas gentes" de la época post-cristiana?; de esto, agrega Karl Adam): Por razón de la universal voluntad salvífica de Dios y de la universalidad de la redención, la reflexión teológica tuvo que llegar a la idea de que Cristo no solo había redimido a los que en tiempos precristianos quisieron salvarse, sino que fue redentor de la humanidad entera.
   No pocos Padres hicieron resaltar precisamente esta finalidad de la bajada "a los infiernos". Cristo habría querido vencer así definitivamente la muerte y el infierno. También Lutero abrazó esta opinión. Que la predicación de Cristo a los muertos no fue sólo conminación de castigo, sino también mensaje de salvación para los penitentes, sólo lo sabemos por la tradición de la Iglesia. No pocos Padres la atestiguan. Y su testimonio puede seguirse hasta muy cerca de la época cristiana primitiva. Así, ya Ignacio de Antioquía llama la atención sobre el mensaje de salvación a los difuntos: "¿Cómo podremos nosotros vivir fuera de Aquel a quien los mismos profetas, discípulos suyos que eran ya en espíritu, esperaban como a su maestro? Y por eso, el mismo a quien justamente esperaban, venido que fue, los resucitó de entre los muertos" (ad Magn. 9, 2). Tertuliano (de Anima 55) llama a los profetas y patriarcas "apéndices" de la resurrección del Señor. De manera semejante juzgan Clemente de Alejandría, Orígenes, Metodio de Olimpo y otros ... en el ser mismo y misión de Cristo radica el hecho de que su predicación ad inferos tuvo que ser un mensaje de salvación. Cristo, desde luego, no vino al mundo como juez, sino como salvador. Una parte de los Padres orientales llegó incluso a extender este mensaje de salvación a los réprobos mismos. Aquí aparece la doctrina origenista de la apocatástasis o "restauración" en el sentido de una última y definitiva gratificación de todos los hombres, aún de los condenados. Los occidentales, en cambio, bajo la dirección de San Agustín, limitaron la acción redentora del descenso ad inferos a los que murieron en la penitencia, así del Antiguo como del Nuevo Testamento. Santo Tomás de Aquino junta la opinión de: Cristo descendió al verdadero infierno de los condenados con la doctrina de que Él liberó o redimió a los justos del Antiguo Testamento que esperaban su advenimiento; en el infierno (según las interpretaciones del Antiguo Testamento) viven (las almas) tanto de los justos como (de) los pecadores difuntos. Lo que unos y otros tienen de común es el estar apartados del Dios vivo. Santo Tomás no conoce aún el concepto del limbo o pre-infierno. Para fundar su su doctrina, defiende la opinión  de que Cristo tomó todas las formas de castigo que proceden del pecado. Sin embargo, en su Suma Teológica rechaza semejante sufrimiento de castigo por parte de Cristo. Según la nueva opinión (de él), el alma de Cristo bajó a los infiernos sólo "en cuanto al lugar", sólo para liberar a los otros del castigo, no para sufrirlo allí ella (el alma de Cristo) misma. Es, pues, tradición eclesiástica que la muerte redentora de Cristo aprovechó también a los penitentes y justos que vivieron antes de Cristo, a los que redimió salvándolos por su bajada a "los infiernos". Esta representación o idea espacial ... para dar a entender (hoy) la doctrina cristiana (no corresponde a) nuestra confesión del descenso a "los infiernos" (que) no está ligada a esta representación espacial. Hoy sabemos que el cielo no está arriba, ni el infierno abajo. Nuestro dogma quiere únicamente decir que la muerte de Cristo fue también muerte redentora para el mundo de los penitentes precristianos (¿y post-cristianos también -añado yo-?). En el texto de Eccl 24, 32 se ponen en boca de la sabiduría estas palabras: "Yo penetraré todas las regiones bajo la tierra, y visitaré a todos los que duermen y alumbraré a todos los que esperan en el Señor".... En el dogma cristiano está borrado todo lo fantástico y mitológico. En el fondo del dogma hay claras y profundas ideas. Y estas claras ideas fluyen de la certeza cristiana de que Cristo, y sólo Él, es señor de vivos y muertos.

   La resurrección de Cristo:
   Por su bajada a "los infiernos", Cristo se mostró señor y redentor del mundo "de abajo", de los penitentes. Por su resurrección y ascensión reveló su gloria sobre todos los seres de la tierra y de más allá de la tierra. Resurrección y ascensión son la justificación y sello de su vida y de su muerte, de sus pretensiones y de sus sentencias, el solemne amén a su obra redentora divinohumana.'


   He querido mostrar ampliamente lo que este gran profesor y teólogo, Karl Adam expone sobre la redención y su significado respecto al Pecado Original de nuestros Primeros Padres, para que podamos nosotros irnos aclarando sobre toda la ola de opiniones y controversias que en el mundo actual existen ... son difíciles, yo añadiría, imposibles de explicar sin la luz que nuestra fe católica nos proporciona.

 
     
« Última Modificación: marzo 05, 2020, 06:06:07 pm por Tinog »