Durante estos últimos días la política española está siendo sacudida por movimientos súbitos, en horas, inesperados y de consecuencias imprevisibles. Empezó con un movimiento en Murcia, amagando con una moción de censura, que poco después se colapsaba, pero que aún no se ha resuelto del todo. Casi inmediatamente después se producía otro movimiento parecido en otra comunidad, aparentemente originado por el temor a que lo ocurrido en la primera se extendiera a la segunda. Se presentan recursos ante la Justicia pero se renuncia a ellos casi simultáneamente. Inmediatamente después, todo un vicepresidente del gobierno renuncia a su puesto para presentarse a las elecciones regionales de la capital de la nación... en una cascada de decisiones y contra decisiones que asemejan al país a un tablero de ajedrez cuando, en los estertores de una partida, los contrincantes apuran rápidamente sus opciones calculadas, en un búsqueda frenética de la victoria. Lo notable es que los grupos humanos solemos actuar con cierta lentitud, acomodada a nuestra natural dificultad para procesar eventos de consecuencias complejas, en contraste con la rapidez con que estos días se están materializando decisiones de este tipo con una rapidez asombrosa... Aún cuando se cuente con un grupo de asesores dedicados al tema, para decidir asuntos importantes suele seguirse un cierto protocolo que podemos resumir en: 1.- Aparición de indicios que parecen exigir decisiones al respecto; 2.- Examen detallado del problema y sus soluciones; 3.- Reuniones de expertos y preparación de informes y 4.- Reunión con la dirección para análisis, discusión y decisión . Concluido este protocolo, es el jefe quien, tras madura, se supone, reflexión, toma la decisión que crea conveniente. En muchos casos, el jefe decide aparcar el problema esperando que la propia naturaleza lo resuelva o presente la solución inaplazable. No es el caso. En el que hoy nos ocupa, tengo la impresión de que el proceso se está desarrollando de modo automático y casi sin solución de continuidad entre los diversos pasos. Y de ahí a suponer que no son los humanos los que lo están dirigiendo, solo queda otro paso. Imaginen un partido de fútbol del siglo XXII. Los jugadores llevan incorporado un auricular en el que alguien les dicta el próximo movimiento, algo así como:: Avance rápido a 45º a la izquierda... parada al borde del campo... centrar por alto hacia el punto de penalty... avance rápido hasta el borde del área propia ... esperar lanzamiento ,,, subir al centro del campo... Estará claro que el informante no es el entrenador, si añado que cada uno de los veintidós jugadores está recibiendo las instrucciones que les corresponden en cada momento. Estaríamos en el entorno de un mundo gobernado por las máquinas y en concreto por una inteligencia artificial que procesa, de modo casi instantáneo y en paralelo toda la información de los 22 jugadores presentes en el campo. El partido perfecto, aburrido, pero real o al menos posible muy pronto. La IA podría encargarse de hacerlo, lo mismo que puede hoy ya encargarse de la conducción de un vehículo. Y esto es lo que puede estar ocurriendo ya hoy en el tablero político. Que en las sedes centrales de los partidos, las IAs estén sopesando , en turnos de 24 horas diarias, todas las informaciones políticas disponibles, analizándolas, aplicándoles peso y oportunidad y evacuando periódicamente recomendaciones de acción u omisión para obtener el máximos rendimiento. Y que sus dueños estén siguiendo, atentos, sus recomendaciones, porque son las que, manejando cientos de variables simultáneamente, pueden conducirles al éxito en el asunto diario y , cuando proceda, en las urnas. ¿ Por qué no ? A los humanos siempre nos ha tentado aquello del "seréis como Dios" ( Génesis,3,5) bíblico , y algunos hoy tal vez lo crean posible y hasta próximo. La IA nos tienta, mientras parece llevarnos a una situación de poder controlador sin límites, que nos permita manejar el universo a nuestro antojo . Tal vez para recordarnos que esta percepción es errónea, se nos ha enviado un mensajero, un aviso, en forma de una IA diminuta, una pastilla de realidad viral , de la que estamos tomando a la fuerza una dosis diaria desde hace algo más de un año, sin que , por ahora, se haya notado mucha mejoría. Esperemos y pidamos que no se nos aumente la dosis para hacernos entrar en razón. Es lo que haríamos nosotros ante una infección que no cede.