Ayer, en el colmo, por ahora, del despropósito, Putin volvió a exhibir fuerza, no razón, anunciando la prueba de un misil intercontinental, con un alcance de hasta 18.000 kilómetros, con capacidad nuclear para arrasar, según sus palabras, una superficie como el estado de Texas, más que toda España, o Francia, por ejemplo . Estos datos nos recuerdan la que se llamó bomba del zar o el zar de las bombas , que la extinta Unión Soviética, infaustamente renaciente, probó en la península de Kola, y que tenía una potencia de cincuenta megatones. A este paso, tanta potencia destructiva puesta en manos de un loco o un fanático va a constituir uno de los mayores problemas de la humanidad. En un pueblín de montaña, no muy lejos del mío, se contaba que, muchos años atrás, un oso había atacado a una res y, cuando oyendo sus mugidos se acercó el pastor a defenderla, el oso se puso en pie, mostrando su tamaño, garras y colmillos, orgulloso ante la aparente indefensión de aquel pobre bípedo, armado con un par de palos y una cuerda. Curiosamente, la historia acaba con un oso enorme colgando de la cuerda en un árbol a la entrada del pueblo. El pastor y la res siguieron bien, gracias, y la piel del oso terminó luciendo, dicen, durante muchos años, en el sencillo museo de antiguallas y aperos tradicionales del poblado. Fue aquel el último oso del que se tuvieron noticias. Los actuales parecen ser más cautos. Lo que no detalla esta historia es el nombre del oso, pero rugir, rugir, dicen que rugía en ruso...