Cadenas causales en un supuesto universo cíclico, una sucesión de infinitos universos sin principio ni fin...
Trataremos aquí, una vez más, del asunto de la teoría de los infinitos universos sucesivos, en cadenas causales infinitas, cadena-efecto, sin primer eslabón, inicio perceptible, en las que sus eslabones, los universos individuales, por definición, serían siempre causados, son efecto, del anterior y a su vez causa del posterior. Llegados a esa situación de límites infinitos e indefinidos, plantearemos si la condición previa "estar siempre causados o ser efecto del eslabón anterior" es una condición completa, realista y lógica. La experiencia del mundo real nos indica que, hasta donde podemos experimentar, y aplicar el cómo de las condiciones de ese mundo real, la aparición de cada eslabón-universo nuevo considerado, siempre supone un cambio en las condiciones generales del universo visto como un todo. No es lo mismo un eslabón nuevo en un universo cadena después de unos pocos eslabones previos que de un n enorme, ya que al menos la información total, incluyendo el número de eslabones que han formado parte del fenómeno , ha variado, y se habrá creado información nueva y tal vez otra destruida. Por otro lado, el fenómeno físico o paso de causa a efecto y su inverso , es en nuestro mundo un fenómeno físico, y exige, en cualquier caso, un intercambio de energías y, como mínimo, algún incremento de entropía. Eso demuestra que el devenir cíclico resulta difícilmente sostenible, o no es válido en un universo como el nuestro, puesto que la variación de las condiciones generales en las que se produce la aparición de nuevos efectos y nuevas causas no favorecen precisamente la reversibilidad que garantizaría su viabilidad. Como ejemplo simple, vemos hasta en el caso de una cadena física habitual que no es lo mismo fabricar el eslabón segundo a partir del primero que el que hace el número un trillón desde el anterior, por la sencilla razón de que tal vez no quede nadie para construirlo ó que la degradación del material que forma la cadena ,envejecido, haya perdido toda resistencia. Por tanto, podemos afirmar que, desde el punto de vista de la realidad ( entropía del universo) ó desde la lógica ( van cambiando las condiciones de partida de cada suceso efecto), resulta arriesgado suponer que exista alguna cadena de causas infinita cuyos eslabones sean, contra la experiencia constante, siempre y en las mismas condiciones, reproducciones aceptables del anterior. Y siendo infinitos, casi todo lo aceptable tenderá a cero... Y siendo inválida la premisa, no debemos proseguir con el resto. Ni el mundo real ni el escenario racional lógico admiten causas infinitas uniformes y además, sin una inicial. En una demo simple, o se agota el mecanismo del montaje, o el material se degrada o se acaba la energía disponible del operario montador. Es la maldición de cualquier infinito físico conocido que pudiéramos plantear como posible.
Sin embargo, hasta algún físico renombrado insiste en plantear un tiempo sin inicio, un universo cíclico, infinitamente renacido de sus propias cenizas. Y cuando lo suponemos físico y cíclico, sin inicio, recaemos en causas y efectos, eslabones, necesariamente del tipo ya considerado. Y sería osado pretender que un proceso irreversible y degradable en sus partes, a lo largo de cada ciclo, se torne no degradable, infinitamente recuperado, termodinámicamente reversible, al final de cada ciclo de degradación. La razón exige que cada ciclo sea menos eficiente que el anterior y, transcurridos infinitos, justamente los que ya hubiera realizado nuestro supuesto universo cíclico y sin principio, deberíamos vivir en un universo estabilizado en la irreversibilidad total, curiosamente la misma decadencia que pronostica y observa nuestra Termodinámica más experimentada. Usando la imagen de la cadena infinita, cada eslabón, finalizado su ciclo de existencia, arrugado y envejecido tras eones de evolución, adquiriría, según esta teoría, la apariencia y la esencia de un nuevo eslabón nuevo y reluciente, dispuesto a emular las proezas de sus predecesores. Pero hay un detalle que lo impide: cada partícula elemental del nuevo universo debe portar la información, las cicatrices, de su vida anterior, información que no existía en su comienzo y que es distinta en cada ciclo, y creciente en los venideros. Y en el crecimiento de la información hasta el infinito puede residir otra clave muy eficaz para desmontar esta hipótesis . Utilizando otro argumento, sabemos que el incremento de entropía se puede asociar al incremento del desorden, lo que equivale a asimilar entropía a desorden. Y observemos: suele haber muchas menos disposiciones ordenadas que desordenadas o, lo que es lo mismo, es mucho más probable o más sencillo de obtener una disposición desordenada que otra ordenada. Por eso , el universo parece preferir caminar hacia el desorden, como puede demostrarse vaciando una preciosa gotita esférica, perfecta, ordenada, de tinta, en un vaso de agua. Una vez disuelta, se establece el desorden en la mezcla de agua y tinta, y se tiene un conjunto envejecido, desordenado. Y entonces, los adictos al universo cíclico explicarán, las razones por las que, después de alcanzado el máximo desorden, en su maravilloso y hasta milagroso universo cíclico, gratis et amore, sin tasas, sin penalizaciones, se elimina el incremento de entropía, se elimina el desorden, se recupera el orden inicial, la clara separación entre agua y tinta, se reúne una vez más la tinta en una nueva gota esférica perfecta y las demás características de algo renacido y, voilá, he ahí un nuevo y espectacular Big Bang. Y aquí, nuestros lectores y ellos supondrán, sin duda, que hace falta algo en la ecuación, algo que se llama trabajo, energía disponible para realizarlo, y si el universo fuera un reloj, un buen ejemplar de eso que llamamos relojero que diera cuerda a ese reloj oxidado y corroído por ese, su universo, en su fase final. Nota: Prueben a ordenar una habitación desordenada sin trabajar en ello. Sin trabajo añadido al sistema no hay forma de disminuir la entropía, salvo milagros cuánticos u otras hipótesis más hipotéticas que frecuentes. Hasta ellos deben imaginar al relojero, del que a menudo reniegan, dando cuerda, o cambiando las pilas, a menos que el universo sepa cómo hacerlo él mismo, objetivo difícil, si además se tiene como relojero al azar. Y en la por hoy última hipótesis sin relojero: el almacén de cuerda infinita y automática necesaria a ese reloj debería estar exento a su vez del cumplimiento de todas las leyes conocidas de la física, la experiencia y hasta de la lógica, lo que, a su vez, sería otro milagro genial, casi del mismo orden de magnitud que la fabulosa fluctuación de la nada de S.Hawkins que, según él en su momento, dio origen al todo. En resumen, los partidarios de universos cíclicos no se plantean creer en un necesario y oportuno relojero creador y mantenedor, pero acaban proponiendo una profusa serie de milagros en contra de la lógica y de todas las leyes conocidas. Permítanme sospechar que lo que no gusta es tener un relojero que pueda hacer preguntas incómodas y. aún menos, poner normas y límites a nuestros deseos.