Acerca del punto 1.
Cada vez que, en España sobre todo, se acerca una nueva reforma educativa, se disparan los debates sobre la importancia de cada una de las disciplinas del currículo ( para los no asiduos, currículo viene a ser recorrido, y aquí se entiendo como el conjunto de asignaturas que componen la fase educativa, sus contenidos y su distribución en el tiempo).
Como un coro bien conjuntado, cada colectivo de profesores de cada asignatura, clama por ella y reclama un incremento de la atención que se la presta y de los medios con que va a contar. Filósofos, tecnólogos, historiadores, físicos, matemáticos, todos a una, defienden su materia, su indiscutible y máxima importancia, sus horas y sus contenidos y, con ello, su trabajo y su salario. Otros recién llegados se unen al coro y reclaman participar en el reparto: Informáticos, diseñadores, artistas, psicólogos, y un largo etcétera que seguramente se irá ampliando en el futuro.
Todas suelen ser materias interesantes, algunas descubiertas en años recientes y de importancia creciente, como es la Informática, por ejemplo; otras son simplemente convenientes y algunas, posiblemente, un lujo que no podemos pagarnos. De la Religión como asignatura, se habla menos, y solo en círculos selectos o muy motivados. En el mundo actual, en el que papá Estado se ocupa de muchos de nuestros asuntos personales y en el que los seguros y la medicina nos proveen de remedio a muchos males, el recurso a la Religión suele verse, si no como inútil, sí como poco urgente. Y así, lo que viene sucediendo es que, poco a poco, su papel en el currículo se desvanece y termina siendo algo complementario, voluntario y, a menudo, inoperante.
El resultado es una sociedad sin principios morales o éticos , regida por un sistema de valores más bien utópicos y filantrópicos, válidos mientras la economía o la conveniencia personal los hace útiles, y tan frágiles como inconsistentes. En estos años, proliferan en millones de escaparates y ventanas de España cartelitos con mensajes como Respeto, Tolerancia, Amistad, etc, tantos que su abundancia parece proporcional a su carencia en la vida diaria, porque ¿ por qué he de respetar o cuándo o a qué debo respetar , o debo respetar a todo y a todos, debo tolerar todo o solo algunas cosas y no otras, por qué ? . A este tipo de cuestiones, aparte de las trascendentales que dan sentido a nuestras vidas y sobre todo a nuestras muertes, y que todo el mundo ha de plantearse alguna vez, hay pocas materias curriculares que den respuesta; solo se me ocurren dos: la Filosofía y la Religión. La Filosofía enseña a pensar, pero está limitada por su propia definición de amor o búsqueda del saber. Solo la Religión, las religiones, buscan respuestas definitivas a las últimas preguntas. Por desgracia para muchos, con la Religión ocurre como con las matemáticas, que solo admiten la verdad como respuesta. Así que podemos decir que solamente una religión puede ser acorde con la realidad, sea la que sea. Y ya que todo hombre se plantea las grandes cuestiones que afectan a su misma existencia, estamos obligados a proporcionarle la respuesta adecuada. Y esa es la tarea de la religión. Un hombre puede vivir y morir dignamente sin saber nada acerca del Precámbrico o de las desigualdades de Bell, pero no debemos dejarle vivir y morir sin saber qué sentido tiene su existencia y hacia donde se dirige cuando cruza las puertas de la muerte.