«Papá, me quieren matar por ser cristiana»: los últimos minutos de Deborah Yakubu, joven mártir en Nigeria
El mensaje incriminatorio
Esta fue la persecución que llevó a Deborah a una muerte espantosa, inhumana y "satánica", lo que ocurrió realmente aquel 12 de mayo, cuando un trivial altercado en WhatsApp llevó a un grupo de veinteañeros a apedrear y prender fuego a una compañera de clase. Cuando llamó a su padre por teléfono, Deborah ya estaba en una celda de seguridad, donde los guardias de la universidad solían encerrar a los ladronzuelos que se encontraban merodeando por el campus.
La habían llevado allí para protegerla y arrebatarla de las manos de sus verdugos, que se habían reunido a primera hora de la mañana para tenderle una emboscada y matarla.
Rev. P. Ynaraja 1 agosto 2022
Resumen de la entrevista al Padre Deborah Yakubu:
"Esa semana hubo varios exámenes", cuenta su padre. "Deborah y sus compañeros habían abierto un grupo en WhatsApp en el que hablaban de los cursos, los exámenes y el material necesario para realizarlos".
El día antes del asesinato, una compañera le había preguntado cómo había conseguido sacar tan buenas notas en el último semestre, y ella le había contestado por mensaje con la naturalidad y sencillez propias de una mujer joven, pero ya dotada de una fe madura. "Todo gracias a Jesús".
"Casi todos sus compañeros eran musulmanes y se sintieron ofendidos por esa respuesta, así que le dijeron que retirara esas palabras y se disculpara", explica su padre. Pero Deborah se negó, diciendo que no había hecho nada malo, "que creer en Jesús no es un delito en Nigeria y que no tenía intención de pedir perdón".
Por supuesto, llovieron los insultos, las proclamas religiosas y las amenazas de muerte, hasta el punto de que Deborah se vio impulsada a enviar un mensaje de voz en el dialecto hausa que, traducido, suena así: "Buen Dios, no nos pasará nada. El propósito por el que se creó este grupo es enviar ejemplos de exámenes pasados, no divulgar información innecesaria. Y además, ¿Quién es el profeta Mahoma?".
Una acusación de blasfemia en el norte islámico de Nigeria, al igual que en Pakistán o Afganistán, equivale a menudo a una sentencia de muerte.
La situación se precipitó entonces de forma rápida e inesperada: la multitud rompió el cordón policial, prendió fuego a la garita, sacó a Deborah a rastras y comenzó a golpearla salvajemente con piedras y palos, sin piedad, porque los blasfemos, según la sharía, no la merecen. Tras apedrearla, arrojaron neumáticos sobre su cuerpo y la quemaron.
Los más entusiastas de la multitud, convencidos de que estaban captando un momento glorioso, lo filmaron todo con sus smartphones, y uno de los asesinos, presa de una euforia diabólica, mostró triunfalmente a la cámara la caja de cerillas con la que había prendido fuego al cuerpo de la joven cristiana. El fanatismo religioso Musulmán habla con estos hechos.
El país más poblado y rico de África, dividido casi perfectamente por la mitad entre cristianos y musulmanes (cada grupo tiene unos 100 millones de creyentes), es noticia cuando Boko Haram lleva a cabo un atentado suicida, cuando el Estado islámico -aquí llamado Iswap- orquesta un secuestro masivo, cuando bandas de musulmanes fulani asaltan pueblos cristianos en el Middle Belt, arrasándolos. Cuando una de las muchas masacres motivadas por el odio religioso y la sed de poder es tan atroz que no puede ser ignorada.
Pero en Nigeria, sobre todo en el norte, hay una persecución cotidiana menos llamativa, una discriminación rastrera que empuja a los cristianos a vivir casi en la clandestinidad, a cuidar cada palabra, como si no tuvieran derechos civiles como todos los demás.
Por extraño que parezca, no fue la minoría cristiana que vive en Sokoto la que salió a la calle por miles, protestando, coreando consignas y saqueando edificios, sino la comunidad islámica, furiosa porque la policía se había atrevido a detener a dos de los muchos asesinos que habían apedreado y quemado a Deborah:
Los jueces aún no han decidido si los ponen en libertad, pero al padre de Deborah no le importa el juicio: no asistió a la primera vista y no le importan las siguientes. Es más, ni siquiera quiere presentar cargos: dice su padre en una entrevista : "¿Qué puedo hacer? Tienen más de 30 abogados. Se han declarado inocentes, ni siquiera lamentan haber matado a mi hija. ¿Cómo puedo esperar obtener justicia de un tribunal humano en estas condiciones? Solo Dios puede hacer justicia".
El Padre de Devora dice literalmente: "Todavía tengo a la gente que la mató delante de mis ojos. Me siento triste, pero no quiero vengarme. No puedo hacer nada, pero sé que Dios existe y rezo para que se ocupe de todo. No lo entiendo, solo Él tiene todas las respuestas. Mi Deborah no hizo nada malo, pero la mataron. Lo dejo todo en manos de Dios. Él se ocupará de todo".
El Parlamento Europeo se negó a condenar este crimen, por la oposición de la izquierda y gracias a la abstención, entre otros, de Ciudadanos.