Tristeza desde y en la butaca: llevamos más de una semana atentos a las pantallas, pequeñas o grandes, al menos en España, y en buena parte de Europa, pendientes del espectáculo visual y trágicamente humano de miles de niños y jóvenes huyendo de Marruecos y entrando a la fuerza en Ceuta, ciudad hispana del norte de Africa. Por cierto, Ceuta era ciudad luso española desde 1580, incorporándose a la Corona española en 1640. Entraron , se calcula, más de setenta mil, desde niños y niñas de hasta diez años hasta relativos jóvenes de más de treinta, a nado o con sencillo flotadores, dejando en el intento cerca de un centenar de ahogados, hasta hoy. Los medios modernos hacen que este tipo de sucesos se conviertan, a la vez que en noticia obligada de cualquier hora del día, en laboratorio y exposición de imágenes y secuencias audiovisuales de inmenso valor. Cefas guarda en su memoria, entre otras, la tierna imagen de un soldado español, sus órdenes eran asistir a los que iban llegando desde el mar, acompañando y atendiendo cariñosamente a un muchacho que escasamente tendría ocho o nueve años , llorando, y del que solo se puede tener compasión. Habría que preguntarse que odioso monstruo le incitó a entrar en el agua para dirigirse a un futuro que todavía hoy puede ser trágico para él, lejos de su familia, sin medios de subsistencia más allá de los que pueda proporcionarle la asistencia social española. Otra imagen impactante son las filas interminables de niñas y jovencitas a la espera de alimento y alojamiento en un colegio habilitado al efecto. La secuencia de reportajes sigue día tras día en todos los informativos y la imagen más representativa podría ser la de una playa y el mar adyacente tapizados de flotadores, camisetas, sandalias y calzado playero y, en la arena, cientos de jóvenes y niños esperando... habría que suponer, la llamada de sus padres que son quienes tienen o tenían el derecho y el deber de su custodia y educación. Si abandonan ese deber, ¿ protestarán después si el país receptor asume a estos niños y niñas, aún inocentes, como ciudadanos propios, y les da su educación y su cultura, una familia y un apellido nuevos ?. Al día de hoy, pasados ya diez , todavía quedan cientos, si no miles, de ya no menores, vagando por las calles o atendidos en centros de acogida, a la espera de resolver su situación problemática.