Aquel verano, y desde hacía semanas, mi huerto tenía un problema. Había más gente de lo habitual en su entorno, más paseantes y visitas sin motivo aparente en busca, decían, de caracoles o flores y plantas medicinales y, lo más raro, ocurrían desapariciones repetidas: desaparecían tomates maduros, uvas recién maduradas, algún melón , dos pimientos aquí y cuatro peras allá, en un goteo diario poco explicable. Me costó resolverlo, pero hoy, por fin, treinta de agosto, he bajado unos cuatro kilos de hermosos tomates maduros de mi huerto y desde hace unos días, todas las uvas penden lozanas, sin novedad, en sus sarmientos. Los fantasmas ladrones, si eran tales, de estas semanas pasadas parece que me conceden un respiro y, por fin, los frutos maduran donde antes todo era tristeza y verde esperanza ( ese color parecido al del tomate inmaduro que no consigue llegar a plenitud ). Como escribí, la investigación parece haber dado sus frutos. Definitivamente, no parece que fueran corzos, jabalíes, pájaros o cualquier otro animalito más o menos simpático los autores de los desaguisados. Pero he de reconocer que sí ha intervenido un fantasma amistoso , al que tengo que presentar. Estaba yo el otro día cavilando sobre el asunto mientras iba y venía entre calabacines, calabazas y tomates cuando, de pronto, un lejano ladrido desvió mi vista hacia las casas del pueblo y, más allá, el cementerio, entre las colinas que cierran mi particular sky line, como se dice ahora, más prosaico que otros , pero muy querido para mí... y otro fantasma, éste amigo, entró sin avisar en mi mente. Recordé a mi abuelo, con el que compartía cada año las mañanas estivales de vacaciones en este mismo huerto y del que aún queda en pie algún árbol centenario. Mi querido abuelo tuvo, en su día, problemas parecidos en otro huerto mucho más próximo a las casas del pueblo, y me había contado cómo los resolvió. Ciertamente, en aquellos años, la naturaleza era mucho más rica y abundante en vida animal que hoy, requemada de herbicidas e insecticidas y abrumada de carreteras, vehículos, humos y contaminación, y los corzos, zorros, hurones, conejos, liebres, perdices y codornices ( por nombrar amigos y enemigos juntos ) campaban a sus anchas casi todo el año por huertas y sembrados, viñas y barbechos, sin más control que los eventuales disparos de media docena de cazadores empedernidos. El huerto de mi abuelo contaba, además, con otros peligrosos enemigos reconocidos, la mayoría convictos y confesos, que éramos la media docena de primos de entonces, dedicados, en verano, a recorrer calles y campos volcados en todo tipo de actividades lúdicas y campestres que no fueran trabajar o hacer algo útil . Y los muchachos ( los llaman mocetes por estos lares ) comen muchísimo, casi tanto como se mueven. Pues bien , algunos años más tarde, en un momento de cariñosa franqueza, mi ingenioso abuelo me reveló , sentados de noche a la fresca en la puerta de la calle, cómo consiguió en su día ahuyentar los fantasmas juveniles o no tanto de sus huertos. Era un método sencillo, elemental, que acabo de utilizar y hoy, por fin, mi huerto está defendido de la misma forma ( no puedo desvelarla si mi abuelo no me lo permite ) y todo , o casi todo, ha vuelto a la normalidad. A sus medidas de defensa secretas he añadido, por mi cuenta, una puerta de fuertes ramas de conífera, bien atadas con alambre, justo en el punto por el que los fantasmas podían entrar con cierta libertad. Me queda la duda de si los fantasmas depredadores vuelan, pero creo que, en general, los míos solo caminan y, es más, añadiría que sobre dos pies. Y ¿ quién sabe? A lo mejor la puerta ha sido suficiente para ahuyentarlos. Esto de las puertas ha sido siempre muy utilizado. Por algo será.