En Educación, entendida como la técnica para sacar del humano sus mejores cualidades, deberíamos, los humanos, haber llegado, como se ha hecho en buena medida en Ciencia en general, a un consenso casi universal. Pero no nos hagamos ilusiones. La humanidad , además de sus innegables cualidades innatas, posee unas cuantas dificultades del mismo calibre. Una de las más importantes es la carencia de un conjunto específico, de nuestra especie, de certezas, de axiomas básicos, capaz de generar un código de valores universales que contuviera los conceptos esenciales del sentido del mundo, de la vida y los preceptos fundamentales a respetar y compartir. Se sabe, por ejemplo, que las golondrinas, una especie muy conocida, tienen un comportamiento específico bastante rígido en cualquiera de sus hábitats. Son emigrantes anuales, estacionales, llegan en primavera, anidan a base de barro y saliva, devoran insectos y, llegado el otoño, vuelven a sus lugares de invernada. Educar a una golondrina sería, con estas premisas, algo sencillo. No encontraríamos en nuestras aulas golondrinas carnívoras, ni rapaces, ni granívoras, ni nocturnas, ni amantes del frío. Tomen un grupo humano de su zona y comparen con otro de los antípodas. Probablemente, para un alien, ni siquiera los tomarían por la misma especie, en una primera impresión... Ni el color, ni el vestido, ni las tradiciones culinarias, culturales, musicales, religiosas, sociales, serían muy parecidas y, entre nosotros, a veces, ni las creencias básicas sobre el mundo y la vida coincidirían notablemente. ¿ Cómo elaborar un proyecto educativo común si los elementos vitales, más allá de los puramente biológicos, son tan divergentes. Somos una especie única en lo biológico pero diversa en lo que es específicamente humano, en la cultura y el uso de la razón. Justamente, el objetivo de la educación. He ahí el nudo gordiano en el que se estrellan nuestros mejores esfuerzos. Y cuando uno viaja a un país lejano y observa a sus habitantes respetando preceptos cuando menos peculiares y siguiendo singulares normas milenarias de escasa racionalidad, y adorando, todavía, siglo XXI d.d.C., estatuas de oro o escayola de multitudes de dioses, diosecillos y genios protectores de casi cualquier ente definible, sea sol, luna, agua, pan, oficios, o el mismo viento del desierto, a los que ofrecer fervorosamente sus donativos, se toma conciencia de las dificultades a las que aquí nos referimos. Para empezar, solo una revolución en la educación racional previa , en la infancia, podría roturar tanta ignorancia y disponer las mentes para recibir y hacer fructificar una educación universal , que hiciera de todos los seres humanos, una comunidad de afines. Pero teniendo en cuenta las divergencias existentes , por poner un solo ejemplo, entre los planteamientos y conceptos fundamentales del cristianismo y el islam o el budismo, caemos en la cuenta de que solo un milagro de proporciones inauditas podrá lograrlo. Afortunadamente, por estos pagos creemos en los milagros.