Después de veinte años de relajación educativa, durante los cuales se ha permitido y fomentado sucedáneos insustanciales de la asignatura de Religión e no han sido capaces de sustituirla siquiera por alguna que pudiera dar a los educandos una base más o menos sólida de conciencia moral y sentido del deber, hable de España, han dado sus frutos. Observen cualquier reunión, escenario en los medios, tertulia, concurso, las televisiones en general, salvo escasísimos casos, en ninguno se hace referencia a lo trascendente o las obligaciones éticas que siempre se han considerado intangibles, sustituidas por términos vagos como el respeto, entendido como aceptar todo sin filtros, la tolerancia, casi equivalente y, menos mal, la solidaridad, entendida, de facto, más como un derecho que como un deber, deber, ¿ ante quién ? en ese país, en general, ante la Hacienda pública, la Guardia Civil o los tribunales. La conciencia individual , los deberes morales, se estudiaban en las clases de Religión o en materias casi olvidadas, como la Filosofía. En estos días comienzan a aparecer muchos jóvenes adultos no bautizados, analfabetos de religión, que entran en las iglesias cristianas sin tener ni idea de lo que se guarda en ellas, y miran las imágenes como las miramos los demás en los museos. No esperen grandes cosas de esa sociedad así despojada de ideas e ideales. Ni de sus gobernantes, artífices principales de ese deterioro. La buena vida y el aprovechamiento de las oportunidades económicas sin restricciones para disfrutar lo se pueda son a menudo el objetivo vital perseguido, vivir por encima de las posibilidades, pedir créditos para veranear es ahora frecuente, y eso sí, rodearse de una coraza de derechos civiles y económicos que están fuera del alcance en un país cuyos recursos son muy limitados y con formación y destrezas profesionales que , al menos en un treinta por ciento aproximado de la población, no se logra alcanzar ni en el grado de la enseñanza obligatoria.