Podríamos definirlo como otra cara del relativismo, en tanto en cuanto sus saberes, sus credos, sus códigos, están creados en relación al hombre, a la persona humana, y en definitiva al yo, como último eslabón existencial. Pero ocurre que el yo es, en sí mismo, un sujeto poco útil a la hora de establecerlo como referencia y coronarlo como eje del mundo. Pocas entidades hay, en efecto, como el yo, tan proclives al cambio, a la duda, la soledad, la angustia, y siga con todas las emociones mal controladas, los sentimientos más dispares y habremos descrito casi un retrato de la musa de la relatividad. Como primera aplicación práctica de esa deificación del yo, algunos movimientos filosóficos y hasta religiosos ( aunque odien esa palabra), han tomado como santo y seña lo que llaman la felicidad, entendida como el estado de ánimo en el que el individuo considera cumplidos todos sus deseos y alcanzados sus logros suficientemente. Se recurre a los principios de Psicología más evidentes, se aderezan con principios filosóficos adecuados, entremezclando escuelas y maestros y se acuña un nuevo, en realidad muchos, modelos de pensamiento y ritos que , aseguran unánimes, nos conseguirán la felicidad. Aparecen así desde iglesias y confesiones de ámbito mundial, líder iluminado incluido, hasta movimientos sociales, escuelas de felicidad y grupos organizados dispuestos a conseguir para sus asociados la felicidad y, no lo olvidemos, para sus organizadores, a veces, la opulencia. Una vez iniciada la actividad, el adicto consigue de inmediato los beneficios que el deporte, la gimnasia, la asistencia comunitaria y la autosugestión siempre producen. Sin embargo, en una segunda lectura, y transcurrido un tiempo, el individuo empieza a percibir que siguen en el aire las grandes preguntas y las cuestiones fundamentales que, en su momento, le llevaron a esa vía, pero que no han conseguido resolver. EL motivo es, en principio, evidente: ni el yo personal ni la felicidad personal poseen entidad suficiente para erigirse en objetivo principal de la existencia. La dedicación prioritaria al yo genera egoísmo , y la felicidad personal resulta insuficiente y hasta insultante cuando miramos a nuestro alrededor. La felicidad, si quiere ser completa , debe buscarse y encontrarse en una referencia absoluta, invariable en el tiempo y la circunstancia, que permanezca estable y sea capaz de concederla. El yo egoísta nunca lo conseguirá. La pareja la mejorará, la familia, aún más, la tribu, el grupo social, todavía mejor, y así hasta el absoluto. Hasta la referencia por definición estable, inamovible, absoluta en el espacio y el tiempo, en la sabiduría, la bondad y el amor, referencia que tanto asusta a algunos y que saben aprovechar pocos, aunque siempre tenemos a nuestra disposición, Dios. Por eso, cuando asistamos a alguna de las innumerables charlas y cursos promesa de felicidad, esperemos unos minutos , escuchemos atentamente y si se nos ofrece ser felices apoyados en nosotros mismos, sospechemos. Tal vez nos sea útil algún consejo de índole médica o deportiva, algún ejercicio para nuestros músculos doloridos, pero no esperemos verdaderas soluciones. Apoyémonos en Dios, estable e infinito, no en nosotros, mudables y finitos, eso sí, apoyados, pero esforzándonos como si no lo estuviéramos. Tranquilos poniendo nuestros problemas en las manos de Dios, pero esforzándonos como si dependieran de nosotros. El quiere que nos esforcemos, y El se ocupa de las soluciones. Como un padre que anima a su pequeño hijo a acercarse, tambaleante, a él, mientras le espera con sus brazos abiertos.